martes, 26 de junio de 2018

Merlín, la Madrastra y el espejo

-¡Quieres dejar en paz al espejo Reina mía! Deja de insultarle que no te ha hecho nada.
Quien así habla no es otro que el duende servidor de la malvada madrastra de Blancanieves, que por cierto se llama Grimhilde, la madrastra, no el duende, no se me vayan a confundir.
-Si es que es que se cachondea de mí, me deforma y me pone orejas y lengua de cerdo. Si no fuera por la maldición de los siete años de mala suerte ya lo habría roto en mil pedazos.
-Pero qué dices Reina mía un espejo no hace eso, déjame ver.
La reina le entrega al duende aquel extraño espejo traído desde los confines del espacio y el tiempo por el mago Merlín. Y el duende contempla asombrado cómo aquel artefacto le devuelve su mismo rostro, aunque deformado y burlesco, con ojos y morro de cerdo unas veces, otras con orejas de burro y lengua de perro, unas veces gordo y otras flaco, con ojos saltones o labios extremadamente gruesos. Una faz cambiante como las olas del mar, igual que la suya y sin embargo diferente, nunca igual. A todo esto, por qué Merlín está con la Reina Grimhilde es una historia que contaremos en otro momento.
El susodicho Merlín, desde su laboratorio y sin parar de reír, contempla la escena y escucha la conversación a través de una extraña bola de cristal, que proyecta la imagen sobre una pared blanca en la que ahora podemos ver como en el salón de la Reina una tercera voz proveniente del espejo se une a la desopilante escena:
-¿Quieres que Siri cambie los filtros aleatorios?
 


viernes, 1 de junio de 2018

La llegada


-Me pones mucho nervioso, tu dar miedo a mí.
El pobre inmigrante, aterido de frío, envuelto en una manta y con la mirada en el suelo no se atreve a levantar la cabeza, como si bajando la vista pudiese espantar los males que le acechan. Su viaje a sido largo y extenuante hasta llegar a la costa de este país occidental del que no diremos su nombre porque podría ser cualquiera, cualquiera que reciba ahora inmigrantes desde África, o cualquiera que los vaya a recibir en un futuro. Cualquiera que quiera guardar su confortable estilo de vida apartando la miseria en sus fronteras como el que barre fuera la suciedad de su hogar.
Mohamed, que así le llamaremos, no llega a los veinte años y a pesar de estar bastante escuálido es bien parecido. Acaba de llegar en una patera atestada con otros como él, hombres, mujeres y niños, todos buscando un futuro, ni siquiera un futuro mejor, solo un futuro. Bueno, pues Mohamed ha sido llevado a una habitación aparte por tres agentes de la autoridad y claro, está asustado, ya ha enfrentado antes el mal que habita en el ser humano, el viaje no ha sido un camino de rosas. Solo diremos que Mohamed adivina las intenciones de esos tres pares de ojos libidinosos, y que un hombre como él no puede quejarse de lo que le van a hacer, ellos son la autoridad aquí. Tendrá que vivir con ello pase lo que pase, será un roto más en la tela de su espíritu, solo espera que no sea el roto que la acabe de desgarrar.
-Vamos, Mohamed, acércate, no tengas miedo, no te vamos a comer.
Mohamed lee en sus rostros la verdad, que sí, que le van a comer, pero saberlo no hace que duela menos.

viernes, 11 de mayo de 2018

Me pones mucho


-¿Cuántos le pongo?
-Mucho.
-¿Mucho?
-Sí, mucho, me pones mucho.
-Disculpe, le he preguntado cuántos le pongo, no cuánto le pongo.
-¡Ah! Disculpa. ¿Y de qué me tienes que poner?
-¿Pero usted no ha venido a comprar?
-La verdad es que no, pero si lo consideras necesario compraré algo, ¿qué vendes?
-Vendo fruta, lo tiene usted delante de sus narices.
-Disculpa es que solo tengo ojos para ti, me pones tanto…
-¡Y dale con eso! O me compra algo o paso de usted y atiendo a otra clienta.
-¡Jo, si te pones así te compraré algo! ¿Qué es eso de ahí?
-¡Pues qué va a ser, plátanos! ¿Pero usted de dónde ha salido?
-No lo sé, qué más da, eres tan guapo…
-Y dale con eso, quiere dejarlo ya.
-Es que no puedo.
-Pues vaya lío que tiene usted.
-Verdad que sí.
-Bueno, volvamos a los plátanos, ¿cuántos le pongo?
-Mucho, me pones mucho.

Merlín, la Madrastra y el espejo

  -¡Quieres dejar en paz al espejo Reina mía! Deja de insultarle que no te ha hecho nada. Quien así habla no es otro que el duende ...