Amistad



“Amén”, esa palabra es lo último que recuerdo de la muerte de mi amigo Fernando. Eso, y un tío vestido con camisa blanca, y traje y corbata negros a lo Pulp Fiction reflejado en el turbio espejo de los aseos del Bar Tomasito apuntando a la sien derecha de mi amigo. Le descerrajó un disparo mientras pronunciaba esa palabra para cerrar el momento, “amén”. Una vez oí que los mafiosos imitaron al Padrino tras la película, supongo que ahora los pistoleros copian a los personajes de Tarantino. Me quedé helado al abrir la puerta del baño y ver aquello, fue un shock, solo acerté a darme la vuelta, cerrar con cuidado y largarme de allí no fuese a dispararme a mí también por error. Estas cosas parece que solo pasan en el cine, pero no, si pagas bien también suceden en la realidad, tras la puerta de aquel baño quedó inerte en el suelo la prueba de mi inversión.

Pánico



Vuelve a pedirme que le empuje porque no se atreve a saltar del avión. Las baterías antiaéreas nos disparan y a nuestro alrededor atronan las explosiones. Nadie está hecho para esto, es una locura, pero Juan menos aún. Cada batalla he de colocarme a su lado para que no salga corriendo y abandone el ejército, ya he visto morir a demasiados amigos fusilados por cobardía.
Le empujo y salto tras él, nuestros paracaídas se abren de modo automático mientras las cargas siguen explotando entorno nuestro. Entonces le veo sacar el cuchillo de su funda y empezar a cortar las cuerdas.

Infelices para siempre



Que todo vuelva a ser como antes joder, lo necesito o me voy a volver loco. Cada esquina y cada objeto me recuerdan a ella: el insufrible Carlos Herrera de por las mañanas, los restos del olor de su perfume, el Sálvame de Telecinco… Necesito volver atrás, donde cada despertar no era un dolor y cada noche una angustia, cuando tornar a casa era como arribar a puerto seguro tras la tormenta.
Llego a casa del trabajo, la veo sentada frente al televisor zampándose un tarrina de helado, y vuelvo a soñar con cuando vivía solo y ella aun no estaba en mi vida.

Odio



Por fin pudo recordar el rostro de su madre, la maestra, la madre de Sánchez. La odiaba. El dolor ocultó aquella cara… hasta que mandó a ambos a la lona con aquel puñetazo lleno de odio y empezó la cuenta...
…uno…
…dos…
...tres…
“Hazlo otra vez… si te atreves.” Decía ella golpeando sus manos con la vara.
…cuatro…
“Puntos cardinales.”
…cinco…
“Continentes.”
…seis…
“Media docena.”
…siete…
“Pecados capitales.” Juró cumplirlos todos mientras aquella maldita mujer le tiraba de las patillas.
…ocho…
“Obras de misericordia.”  Para olvidar.
…nueve…
“Planetas.”
…y diez…
Segundos de vida le quedan a tu hijo. AMÉN.

Muñeco roto



“Bienvenido a la república” rezaba en la puerta de nuestra casa, era nuestro refugio, nuestra república del amor, un amor que reinaba como esa Amidala de La guerra de las galaxias, elegido libremente por nosotros.
Empujé la puerta con melancolía, la cerradura rota y yo sin ánimo para cambiarla, dentro estaban todos nuestros recuerdos, revueltos, desordenados, quizás como nuestro amor, Zaima, caótico, azaroso; eras como un huracán que arrastraba todo a su paso y yo era feliz dejándome llevar, un muñeco roto en tus manos, hasta que empezaste con la religión, ahí no pude seguirte, eso era mucho para mí, me había costado mucho librarme de sus prejuicios como para volver a ellos, dolían demasiado esas heridas de sacerdotes libidinosos.
Luego vino la policía, entraron en nuestra casa, la registraron, me interrogaron, y te vi en una grabación de móvil apretar el botón y estallar rodeada de niños. Yo no estaba allí, pero la bomba también acabó conmigo.