jueves, 19 de septiembre de 2019

Nostalgia

El sonido del teclado de una máquina de escribir me llevó hace años hasta unos chicos del Rastro sobre cuyas cabezas se leía: “Dame un tema y te daré un poema”. Quizás aquello solo era un síntoma de la precariedad de los tiempos, en cualquier caso me animé a intercambiar una pequeña donación por sus versos:
No te rindas, no ceses de debatir,
Todo está de gente muda a rebosar
Que siempre permite a los demás mandar,
Que solo abre la boca para llorar,
Nunca para escuchar, luchar y construir.

Aquel simple poema me inspiró la vocación de la abogacía. Hoy lo he encontrado mientras buscaba las llaves del Mercedes. He sentido nostalgia de aquel joven idealista que era yo. He quemado el horrendo poema mientras sonreía, he encendido un puro cubano y he salido dispuesto a disfrutar de mi descanso anual en el yate de un adinerado cliente.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Rebelde

Había soñado con ser un abogado indomable y salvar a la gente a través de las leyes, representar a cualquier desfavorecido hasta conseguir justicia; sin embargo, el caciquismo del sistema había convertido en algo consuetudinario sus derrotas en los tribunales. Con todo, él no cejaba en su empeño, en su minúsculo despacho estudiaba cada caso hasta el mínimo detalle mientras un viejo cactus absorbía las radiaciones del monitor, o al menos eso le dijo aquella pobre mujer que solo pudo pagarle con la planta.
Se puso la toga para entrar a la sala, otro juicio de un humilde contra las multinacionales que todo lo pueden, otra posible victoria de la injusticia que produce el dinero. Se levantó los bajos de los pantalones y se aseguró de llevar un calcetín de cada color antes de entrar. Esa pequeña rebeldía siempre le recordaba que la lucha aún no había terminado.

jueves, 20 de junio de 2019

Cuestión de economía


-Cuando acabes la dejas fuera.
La jefa de grupo se dio la vuelta y cerró la puerta con la eficacia con la que hacía todo. No se distinguía por su amabilidad precisamente, siempre daba la orden exacta, ni una palabra más ni una palabra menos: “limpia la habitación”, “recoge la mesa”, “barre el salón”. Era su carácter. Así pues me dispuse a hacer mi tarea y terminé de limpiarla y adecentarla. Cuando terminé la saqué fuera y la coloque en la fila, junto al resto de abuelos y abuelas babeantes que colocábamos durante horas al sol para tratar de reducir el gasto en la residencia.

Olvido


Cuando acabes la dejas fuera”, me dijo mamá cuando me vio jugando en la cocina con la perra. No le gustaban los animales y había accedido a regañadientes tras mucho insistir entre papá y yo. Por eso no entendí su disgusto cuando la encontró chamuscada en el horno. Bueno, quizás fue porque se me olvido sacarla a la calle.

domingo, 26 de mayo de 2019

Manual de felicidad


Lisa y yo íbamos a la misma clase, ella era pobre como las ratas y yo vivía en la abundancia. Y, sin embargo, la envidiaba. No, no la envidiaba, la odiaba. Odiaba su felicidad.
Se levantaba a las seis de la mañana para preparar el desayuno y la comida de su padre enfermo. Por las tardes jugaba en un equipo de balonmano y aun así le quedaba tiempo para estudiar y sacar buenas notas.
Mientras, yo pasaba las tardes con la play, me esforzaba lo justo y solo sacaba aprobados.
Llegaba al insti sonriendo, siempre parecía feliz, olía a miseria a kilómetros, colonia barata, libros de segunda mano,  ropa con remiendos y, por supuesto, toda del Alcampo o el Lidl, nada de marcas.
Yo quería ser como ella.
Por eso quemé la tienda de informática de mis padres y le di la llave de mi casa al más chungo de mi clase, le dije cuando podía ir a robar, cuando no había nadie.
Al principio todo fue un éxito, mis padres se llevaron el disgusto de su vida, no podían creer en su mala suerte. Pero todo salió mal, tenían unos seguros increíbles que les cubrieron de oro, montaron otra tienda en un barrio pijo y ahora vivimos incluso aún mejor.
Pero no me rindo, tengo otro plan y esta vez no puedo fallar.
No puedo fallar.
Quiero ser feliz.

jueves, 25 de abril de 2019

El Pilla Pilla


Temblamos ateridos dentro del río, escondidos tras unas rocas mientras los demás tratan de encontrarnos. Juan me tapa la boca para que no hable y me molesta, una cosa es que, como dice mamá, sea cortito y otra muy distinta que no sepa jugar. Es el juego de siempre, el pilla pila. No entiendo por qué esta vez van armados y con perros.

El Tren


Temblamos cada mañana cuando el tren pasa junto a la ventana de nuestra habitación, silencioso, inquietante. Poco antes en el andén situado a poca distancia contemplamos atónitos como se realiza el sorteo, solo mi hermano pequeño y yo podemos verlo. De vez en cuando alguno nos devuelve la mirada y nos escondemos asustados. E invariablemente unos instantes después el tren arranca y el maquinista conduce a los desafortunados, justo pasando delante de la ventana de nuestro cuarto con sus ojos de fuego, al castigo eterno del infierno.

Nostalgia

El sonido del teclado de una máquina de escribir me llevó hace años hasta unos chicos del Rastro sobre cuyas cabezas se leía: “Dame un tem...