jueves, 25 de abril de 2019

El Pilla Pilla


Temblamos ateridos dentro del río, escondidos tras unas rocas mientras los demás tratan de encontrarnos. Juan me tapa la boca para que no hable y me molesta, una cosa es que, como dice mamá, sea cortito y otra muy distinta que no sepa jugar. Es el juego de siempre, el pilla pila. No entiendo por qué esta vez van armados y con perros.

El Tren


Temblamos cada mañana cuando el tren pasa junto a la ventana de nuestra habitación, silencioso, inquietante. Poco antes en el andén situado a poca distancia contemplamos atónitos como se realiza el sorteo, solo mi hermano pequeño y yo podemos verlo. De vez en cuando alguno nos devuelve la mirada y nos escondemos asustados. E invariablemente unos instantes después el tren arranca y el maquinista conduce a los desafortunados, justo pasando delante de la ventana de nuestro cuarto con sus ojos de fuego, al castigo eterno del infierno.

lunes, 15 de abril de 2019

El fin


Tengo que acabar el relato hoy, no importa la hora pero debe ser hoy, he de corregirlo, he de corregirlo sea como sea... Tres días atrás, tras finalizar el último volvió a ocurrir lo de siempre, casi al instante de terminarla la historia se volvió real.
Todo empezó unos meses atrás, me dieron descargas eléctricas como parte del tratamiento de la esquizofrenia, eso activó algo que desconozco y desde entonces cualquier cosa que escribo se hace realidad. Lo empecé a sospechar con el segundo cuento: Estados Unidos invadió México porque el presidente se había enamorado de cierta actriz. En el siguiente fui más prudente y comprobé como un joven se hizo famoso unos minutos al trepar por un edificio de trece plantas solo para poner un cartel en lo alto denunciando que su vecino le robaba el correo.

Con este as en la manga encontré el valor que siempre me había faltado y me divorcié, de mi mujer y de su padre, una pareja de lo más opresiva. Desde entonces me ha tocado la lotería varias veces y vivo rodeado de lujo y mujeres hermosas que me tratan como a un rey. Pero todo cansa, así que decidí disfrutar de placeres menos inocuos e ir un paso más allá para sentir el placer de la venganza: mi suegro fue descuartizado por un clan mafioso que lo confundió con un soplón; días después mi mujer fue secuestrada y me piden un rescate millonario que, por supuesto, no voy a pagar.
Pero mientras escribo el final de esta historia las palabras que surgen de mi teclado toman vida propia, por más que borro, corrijo y empiezo de nuevo, la historia siempre surge igual en el monitor: mi mujer escapa llena de odio y reclama su venganza.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Imagina


Ojala nuestra historia fuese como la de Indiana Jones, saltar en paracaídas sobre las pirámides de Egipto en una noche sin luna para recuperar la máscara funeraria de Tutankamon. Pero la historia que traemos es mucho más sencilla, mas cotidiana, es la vida de alguien que madruga de lunes a viernes, desayuna corriendo para coger el metro de una gran ciudad donde viaja aplastado de un extremo a otro, de la zona obrera donde puede permitirse alquilar un piso pequeño, hasta la zona rica donde edificios enormes de cristal y acero parecen querer aplastar a quienes se acercan a ellos. Allí le esperan las oficinas de una multinacional a la que sus empleados le importan menos que las plantas que las adornan. Eso sí, la empresa se empeña año tras año en convencer a sus empleados de que pertenecen a un grupo maravilloso que, cual supehéroes de tebeo, contribuirán a una mejora tal del mundo que ríete tú de la invención de la electricidad.
Atraídos por esta imagen ilusoria de felicidad los empleados son devorados por un sistema creado para usarles como pañuelos de papel. Sin embargo, nuestro héroe no está nada convencido de toda esta red de quimeras tejida a su alrededor, nuestro héroe cobra alrededor de mil euros al mes y tiene dos hijos adolescentes, su mujer murió hace un año y recibe otros quinientos euros de pensión de viudedad. Así que con mil quinientos euros y mucho tesón trata de llegar a fin de mes todos los meses del año, que no es poca cosa. Es por esto que cuando le hablan de esfuerzos no le queda más remedio que poner buena cara y hacer horas extras sin cobrarlas, necesita el trabajo casi más que cualquier otra cosa en el mundo.
Cuando llega a casa escucha a los políticos mentir, lo mismo que mienten los jefes de su empresa, todos ofreciendo lo que no van a dar, todos haciéndole miembro de un club en el que vale todo para cualquiera menos para él, todos prometiendo sueños imposibles.
Y piensa si puede uno ser feliz así.
Tarda en responderse, porque él es lento, “Tortuga” le llamaban sus amigos en el instituto. Pero siempre ha creído que ser lento es bueno porque no se precipita, porque le hace disfrutar del viaje, no solo del destino. Y piensa y piensa durante un buen rato, sin móvil, sin música, sin televisión, sin ni siquiera una radio sonando de fondo, porque el ruido y las imágenes le distraen.
Y sueña, sueña en lo que querría ser, lo que querría hacer. Y recuerda lo que fue, lo que pasó, lo bueno y lo malo, lo que soñó, lo que alcanzó y lo que se quedó en el camino. Y descubre que ya es feliz, que su particular estrella siempre ha estado ahí con él, guiándole en el camino, un camino sin destino, sin retorno, con baches y peligros, pero “su” camino; descubre que la felicidad no está ahí fuera, si no en él y en los suyos, su familia, sus buenos amigos, en vivir cada momento, no como si fuera el último, sino como si fuera el primero, como si fuera único, como si no fuese más que el comienzo de otro momento único.
Y por eso es nuestro héroe, porque es feliz a pesar de todo.
¿Te imaginas poder hacer tú lo mismo?

viernes, 8 de marzo de 2019

Química versus Fe

Esas alas de plástico servían para volar, o al menos eso creyó él cuando se las ató a la espalda y se dispuso a saltar del edificio en llamas decidido a salvar a todos cuantos pudiese. Y creerlo le dio el poder de volar.
Con lo que no contó es con que el plástico se derrite con el calor.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Hogar dulce hogar


Cuando se ausentaba de casa todo era distinto, el color de las paredes revivía, los muebles sonreían, hasta la cocina se encendía para preparar comida caliente para todos. El día transcurría feliz y tranquilo hasta el crepúsculo. Entonces él volvía del trabajo o de tomar unas copas, la temperatura bajaba, el silencio y el miedo invadían todo saturando la atmósfera de desasosiego, y mamá y Felicia temblaban de pavor. Así que aquel día cuando introdujo la llave para abrir, la puerta blindada se salió de sus goznes y le cayó encima. Por un momento la casa pareció flotar al exhalar un suspiro de alivio.

El Pilla Pilla

Temblamos ateridos dentro del río, escondidos tras unas rocas mientras los demás tratan de encontrarnos. Juan me tapa la boca para q...