Otro día más



Se acerca y me abraza, siento su aliento arañar mi cuello y sus brazos serpentear por mi cuerpo buscando rincones que ya no existen. Me da asco, no más que otros, sin embargo le sonrío y me dejo desvestir insinuante.

El dinero ya lo guardé hace tiempo, es algo que aprendes rápido, siempre se cobra por adelantado.

Le bajo la bragueta como si abriese un cerdo en canal. Sin que se dé cuenta le coloco un preservativo con la boca y dejo que me penetre. Jadea unos pocos segundos.

Enciendo un pitillo para quitarme el mal sabor de boca que deja la miseria y le digo adiós sin mirarle, el humo macera el dolor.

Mi hijo sale cabizbajo del armario donde estaba escondido. No hay palabras, el silencio es tan denso como el cemento.

El mundo por un beso



¿Por qué siempre que tomaba la decisión alguien decidía jugar a los héroes? Allí estaba Mark, cenando a la luz de las velas en un restaurante carísimo, tratando de besar a Jennifer mientras un grupo de fantoches disfrazados y con los calzoncillos por fuera se dedicaba a golpearse y a lanzarse rayos. ¡Estaba ya harto de Nueva York, lleno de supervillanos y superhéroes!, aún no sabía cómo la ciudad se mantenía en pie. La gente aclamaba a sus salvadores sin mirar hacia los edificios medio derruidos que dejaban tras de sí.
Y él solo quería besar a Jennifer.
Pero era imposible entre tanto caos. Así que se fue al baño, se cambió, se puso el traje y la máscara, y se fue dispuesto a conquistar el mundo, era la única forma de que le dejasen tranquilo y pudiese al fin besar a Jennifer.

Odio adulto



-Vengo para ayudarla a salir de aquí.
El sonido de aquellas palabras, pronunciadas por un adolescente a medio hacer que asomaba la cabeza por una rendija del suelo, voló distorsionado por el sótano oscuro hasta llegar a la mujer que yacía al fondo en una postura casi imposible. El huracán había arrasado el barrio, y ahora los pocos que quedaban en pie andaban a la búsqueda de supervivientes.
-¡Gracias a Dios que me has encontrado! –Exhaló Wanda con un hilo de voz apenas audible y entrecortado por los sollozos.
José, que acababa de cumplir los trece años, se sintió todo un hombre con su descubrimiento. Por fin iban a ver como él también podía ser útil, estaba harto de que se burlasen de los gallos que le salían al hablar, de que si tenía ya pelo en las piernas… “¡A ver qué decían ahora!”, pensó con orgullo.
-¡Voy a bajar! –gritó de un modo acelerado al tiempo que descendía entre aquel caos de cascotes y objetos desparramados. Cuando alcanzó a Wanda esta lo miró un poco decepcionada:
-Pero si eres un crío –susurrró-, vas a necesitar ayuda.
¡Un crío… Un crío! Al oír esas palabras José sintió como la furia le invadía, un fuego infernal le subió de los pies a la cabeza quemándole por dentro, tuvo que apretar puños y dientes para no contestar. Se giró para esconder su ira, le costó unos segundos poder volverse sin aparentar la cólera que le consumía y se limitó a responder con un lacónico: “Iré a buscar a alguien más”, se volvió por donde había venido y comenzó a trepar sin pronunciar una sola palabra.
Al salir al exterior se dirigió hacia el grupo que seguía buscando supervivientes mientras pateaba las piedras que encontraba en el camino. Un hombre, ya mayor, le vio venir a lo lejos y le gritó: “¿Qué tal, ha habido suerte?”. José bajó la cabeza y sonrió con odio.
-No, por aquí no hay nadie.

Mañana será otro día




Vuelven a dejarlos debajo de sus camas, cada noche, después de la última campanada que marca el fin del día. Las lecciones de la guardería no se olvidan: a guardar, a guardar, que mañana hay que jugar. Todo limpio y ordenado, guardan sus juguetes en cajas bajo las camas. Siempre todo limpio y ordenado, afilan los juguetes y les limpian la sangre, no dejan ni rastro, que mañana hay que jugar.