Inspiración


Cuando aquella mañana Luisa leyó en el periódico lo del concurso de relatos sus dedos se fueron solos hacia el teclado del ordenador, tanto que parecieron llegar unos segundos antes que ella.
Ahora estaba allí, en aquella silla de cinco ruedas, tal y como mandaban los cánones de la salud, frente a una pantalla, también a la altura justa para no dañarse ni la espalda ni el cuello, que le mostraba una página de Word de un blanco inmaculado.
Y con la mente también en blanco.
Pero eso no duraría mucho, a ella le gustaba escribir, siempre tenía alguna idea, incluso llevaba a todas partes consigo una libretita donde las apuntaba. No recordaba donde había puesto la dichosa libretita y no pensaba levantarse, pensaba seguir allí, en aquella silla, hasta que viniese la idea y la pudiese escribir: ella siempre tenía alguna idea.
Sonó el teléfono. No lo iba a coger, no quería que nada la distrajera. Cesó el ruido del aparato y comenzó a tronar el móvil. No importaba, tampoco iba a contestar, el que fuera ya dejaría un mensaje si era importante, en caso contrario tampoco se perdía nada.
Las horas pasaban y Luisa se revolvía inquieta en la silla sin moverse, sin ninguna idea que redactar en aquella pantalla en blanco que la aturdía con su monótono e imperceptible parpadeo.
Miró por la ventana y contempló como el crepúsculo se derramaba sobre el barrio, quizás la aventura que buscaba estaba detrás de aquellos cristales. Pensó en ello y desechó la idea, no era la historia que buscaba. Se concentró en imaginar algo realmente interesante.
Le rugieron las tripas y sintió la punzada del hambre, sin embargo su determinación era tal que abandonó al instante la idea de levantarse a preparar algo de comer.
El sueño la acosó sin medida hasta vencerla, y cuando despertó no vio el dinosaurio que le hubiera gustado para encontrar la inspiración necesaria.
Ya no era importante el concurso, ya casi lo había olvidado, lo importante, lo verdaderamente importante, era su determinación de permanecer allí, sentada en aquella silla frente a aquella pantalla, para no dejar pasar a la musa en cuanto se presentase y así poder plasmar en el ordenador aquel maravilloso cuento fruto de una inspiración tan trabajada.

Infeliz


Alejandro nunca fue feliz. No es que no hubiese querido ser feliz, es que no pudo, nació imposibilitado para serlo, él jamás lo supo y hubiera sido aún más desdichado de lo que ya fue de haber conocido su destino aciago. Su problema radicó en una incapaz natural para disfrutar de lo que tenía sin mirar a su alrededor y ansiar algo más, algo nuevo y distinto: no pudo evitar olvidarse de disfrutar el momento mientras imaginaba con envidia lo dichoso que le podría hacer cualquier otra cosa.
Siendo niño, en el Parque de Atracciones, sus ojos se iban hacia la montaña rusa mientras montaba en los coches de choque, le pedía a su padre un helado nada más conseguir el algodón de azúcar, y deseaba con todas sus fuerzas haber ido al zoo en lugar de pasear entre las atracciones.
De joven fue incapaz de acabar una carrera pensando que cualquier otra hubiera sido mejor. Más tarde fue de empresa en empresa anhelando una nueva actividad, hasta que los cambios fueron tantos que confundía el trabajo. Se estabilizó en un empleo que le aburría sobremanera.
Se casó, y en la noche de bodas, cuando se acostó con su mujer, dejó de desearla mientras soñaba con la camarera del hotel: la abandonó esa misma noche. Sólo podía interesarse por las mujeres a las que nunca había poseído.
Sin que él fuese consciente la miseria y la envidia se hicieron dueñas de su vida: pretendió a la mujer de su amigo y al perro de su vecino; se consumió de celos ante la alegría de los presentadores de televisión y la pluma de los periodistas; suspiró por la valentía del bandido y la cárcel del preso; anheló sin medida la libertad del soltero y la familia del casado; se consumió ante la altura del jugador de baloncesto y la pequeñez de los enanos de circo. Codició cualquier cosa que no tuviese.
Llegó a tal punto su angustia que ambicionó sobre todas las cosas la paz del muerto, y tan fácil le pareció el camino que se dispuso a suicidarse como único remedio a los males que le poseían y que no comprendía.
Mientras volaba desde el décimo piso del edificio donde trabajaba envidió por última vez y sin límites la suerte de los que tenían toda una vida por delante.

Hola, soy tu menstruación

—Hola, soy tu menstruación,
—¡Joder! Menudo susto me has dado tía. ¿Qué haces en mi coche? ¿Quién has dicho que eres? ¿Qué eres mi qué?
—Tu menstruación.
—¿Tu eres tonta o qué, no ves que soy un tío? ¿Cómo has entrado en mi coche?
—Responderé en orden a tus dudas: no, no soy tonta, soy tu menstruación; veo perfectamente que eres varón; y he entrado por la puerta.
—No me jodas, ¿Dónde está la cámara? Seguro que hay una cámara oculta, ¿O te envía la guarra de mi exmujer para gastarme una de sus bromas pesadas? Esto no me puede pasar a mí, ¡Joder! ¿De qué psiquiátrico te has escapado? ¿Señor, por qué me tienen que tocar a mí todos los tarados de este mundo? Primero fue mi madre que se desnudaba por las escaleras de la casa; luego mi ex, insufrible con su “ya no me quieres” y sus llantos cada vez que le daba la espalda en la cama; después mi jefe y sus manías para las reuniones: “Hay que entrar en la sala con el pie derecho” y “Silencio, uuuuuhhhhhmmmmmm”, recitando un tantra antes de empezar; y ahora esta chiflada de rojo diciéndome que voy a tener la regla.
—Oye, oye, tío listo, que a mí este trabajo me jode tanto como a ti y yo no ando por ahí insultando a todo el mundo, ¡Faltaría más! Mira, yo tenía que avisarte y ya lo he hecho, si me crees bien, y si no pues mira, tú verás.
—Eso, eso, yo ya me doy por avisado. Genial tía, has cumplido tu trabajo y lo has hecho de coña, ahora ya puedes ir anunciando el advenimiento rojo de incauto en incauto.
—Vale tío, ya me voy, ya pillo la indirecta, no hace falta que empujes. Sólo necesito que me firmes el comprobante de que te he avisado.
—Venga vale… A ver… Sí… Todo en orden, no me compromete a nada. Bien, aquí tienes tu papelito firmado, ya puedes ir a decirle a tu jefe que has cumplido con tu cometido.
—Pues nada, hasta el próximo mes.
—Sí eso, hasta el próximo mes cuando me venga la regla… Jua, jua, jua… ¡Eh! ¿Qué coño es eso rojo que me moja la entrepierna?

Felicidad

A pesar de que la multitud me rodea siento una soledad difícil de expresar con palabras, es tal el vacío en mi interior que los pensamientos producen un eco sordo que se repite una y otra vez, se mezclan y crean un nudo de ideas inconexas que me están llevando a la locura. Los rostros sonrientes que me rodean son tan falsos como el mío, o al menos quiero pensarlo. ¿Serán felices? Las máquinas no sonríen mientras realizan nuestro trabajo, mientras nos relegan a los humanos a ser un amasijo de carne lúdica sin ideas. Yo sólo soy una marioneta más en el teatro de la felicidad mundial. Una lágrima resbala por mi rostro y la oculto tratando de que no la capten las cámaras.

Dudosa juventud

Hoy me miré al espejo y frente a mí apareció un hombre anciano. Sé que ese no soy yo, que yo soy joven, sin embargo, se parece tanto a mí que...

Aburrimiento

Mirase donde mirase no se veía nada. Así pues empezó: “Hágase la luz”.

El hombre perfecto

Llevaba, bueno, que digo llevaba, lleva siempre un corte de pelo inmaculado, la raya del pantalón trazada con un tiralíneas y la chaqueta parece en todo momento recién planchada. La camisa no muestra ni una arruga tras todo un día de trabajo, y la corbata y los calcetines siempre le hacen juego. No hay mujer que no se fije en estos detalles y no quede prendada de su aspecto. Incluso sé de alguna que no pudo contener sus lágrimas el día que se casó con otra.
Lo primero que hace cuando llega a un hotel es usar el servicio de lavandería para que le planchen la ropa arrugada de la maleta y así poder estar excelso al día siguiente. Nunca tiene una palabra más alta que otra y su ánimo no sufre altibajos.
Es el hombre ideal... ¡Y además es un perfecto imbécil!

Ovejas

Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que las ovejas paseaban por la ciudad de Madrid. Tal vez no fuese por las calles del centro, pero sí por los barrios nuevos que iban surgiendo al sur de la ciudad. Un buen día, de repente, sonaban los cencerros en la calle, y todos los niños corríamos emocionados a asomarnos a los balcones para contemplar como aquellos animales iban devorando todo lo que encontraban a su paso. Frente a nuestras casas, en lugar de los jardines cuadriculados que impone la modernidad, aún podían contemplarse extensiones de terreno salvajes llenas hierbas silvestres, cardos y amapolas; y donde hoy comían las ovejas, nosotros jugaríamos mañana.
Un pastor ya mayor, de piel curtida y ajada por el sol, con la boina calada y asistido en cada paso por un cayado tan viejo como él, caminaba despacio acompañado de su perro fiel, recogiendo del suelo e introduciendo en un saco que llevaba a tal efecto los mendrugos de pan duro que nuestras madres arrojaban desde las terrazas. Después, poco a poco, pastor, ovejas y perro, se iban haciendo cada vez más pequeños hasta que, al final, se perdían en el horizonte.
Nunca supe de donde venían ni hacia donde iban, ni tampoco que hacía el pastor con todo ese pan que recogía, ni siquiera sé seguro en que época del año nos visitaban, pero un buen día desaparecieron y nunca más volvimos a saber de ellos. Supongo que la ciudad los engulló en su lento e implacable crecimiento.
Es por eso que las ovejas siempre me recuerdan a mi barrio de Madrid.

Nunca llueve a gusto de todos

En el departamento estábamos pasando una época muy holgada de trabajo, habíamos acabado los proyectos hacía tiempo y no nos llegaba ninguno nuevo, así que aquella mañana cuando me convocaron a la reunión casi estuve agradecido. El departamento lo formaban tres técnicos informáticos aparte de mí; y yo, que era el jefe, me encargaba de coordinar los trabajos y organizarlo todo para que estuviera a tiempo. Mañana tras mañana, en los últimos días, estaba viendo como las horas pasaban entre mis tres subordinados leyendo el periódico o jugando con el ordenador. Esto me animó, si cabe aún más, cuando me dirigía a la sala de reuniones. Sin embargo, cuando salí de allí no lo estaba tanto: el trabajo era algo sencillo que sólo ocuparía el tiempo de uno de ellos, mientras que los otros seguirían igual de aburridos.
Cuando llegué al despacho llamé a Juan, que yo creía que era el más indicado para hacerlo.
—Dime jefe, qué tienes para mí.
Le expliqué el encargo y su rostro fue mudando hacia un disgusto contenido.
—¿No había otro para dárselo? —ironizó.
—Creo que tú eres el más adecuado —le espeté intentando parecer aséptico.
—No, si yo no digo nada, tú eres el jefe. Pero no había otro ¿no?
Sin darme tiempo a responder me dio la espalda y salió del despacho.
Como mi asombro no daba crédito, decidí tomarme un café en la máquina. A los dos minutos aparecieron sus compañeros con la misma cantinela:
—¿No había otro para dárselo?
—¿Qué? —pregunté creyendo no haber oído bien.
—No, nada, tú eres el jefe. Tendremos que seguir aburriéndonos otra temporada más.
Aquella mañana me encerré en el despacho y no volví a hablar con nadie.