Infeliz


Alejandro nunca fue feliz. No es que no hubiese querido ser feliz, es que no pudo, nació imposibilitado para serlo, él jamás lo supo y hubiera sido aún más desdichado de lo que ya fue de haber conocido su destino aciago. Su problema radicó en una incapaz natural para disfrutar de lo que tenía sin mirar a su alrededor y ansiar algo más, algo nuevo y distinto: no pudo evitar olvidarse de disfrutar el momento mientras imaginaba con envidia lo dichoso que le podría hacer cualquier otra cosa.
Siendo niño, en el Parque de Atracciones, sus ojos se iban hacia la montaña rusa mientras montaba en los coches de choque, le pedía a su padre un helado nada más conseguir el algodón de azúcar, y deseaba con todas sus fuerzas haber ido al zoo en lugar de pasear entre las atracciones.
De joven fue incapaz de acabar una carrera pensando que cualquier otra hubiera sido mejor. Más tarde fue de empresa en empresa anhelando una nueva actividad, hasta que los cambios fueron tantos que confundía el trabajo. Se estabilizó en un empleo que le aburría sobremanera.
Se casó, y en la noche de bodas, cuando se acostó con su mujer, dejó de desearla mientras soñaba con la camarera del hotel: la abandonó esa misma noche. Sólo podía interesarse por las mujeres a las que nunca había poseído.
Sin que él fuese consciente la miseria y la envidia se hicieron dueñas de su vida: pretendió a la mujer de su amigo y al perro de su vecino; se consumió de celos ante la alegría de los presentadores de televisión y la pluma de los periodistas; suspiró por la valentía del bandido y la cárcel del preso; anheló sin medida la libertad del soltero y la familia del casado; se consumió ante la altura del jugador de baloncesto y la pequeñez de los enanos de circo. Codició cualquier cosa que no tuviese.
Llegó a tal punto su angustia que ambicionó sobre todas las cosas la paz del muerto, y tan fácil le pareció el camino que se dispuso a suicidarse como único remedio a los males que le poseían y que no comprendía.
Mientras volaba desde el décimo piso del edificio donde trabajaba envidió por última vez y sin límites la suerte de los que tenían toda una vida por delante.

1 comentario:

Maria Coca dijo...

Genial! Me gusta muchísimo! Un personaje similar a mi desdichado del último post. Y un final que lo cuadra. Enhorabuena, de verdad. Me ha encantado.