Ovejas

Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que las ovejas paseaban por la ciudad de Madrid. Tal vez no fuese por las calles del centro, pero sí por los barrios nuevos que iban surgiendo al sur de la ciudad. Un buen día, de repente, sonaban los cencerros en la calle, y todos los niños corríamos emocionados a asomarnos a los balcones para contemplar como aquellos animales iban devorando todo lo que encontraban a su paso. Frente a nuestras casas, en lugar de los jardines cuadriculados que impone la modernidad, aún podían contemplarse extensiones de terreno salvajes llenas hierbas silvestres, cardos y amapolas; y donde hoy comían las ovejas, nosotros jugaríamos mañana.
Un pastor ya mayor, de piel curtida y ajada por el sol, con la boina calada y asistido en cada paso por un cayado tan viejo como él, caminaba despacio acompañado de su perro fiel, recogiendo del suelo e introduciendo en un saco que llevaba a tal efecto los mendrugos de pan duro que nuestras madres arrojaban desde las terrazas. Después, poco a poco, pastor, ovejas y perro, se iban haciendo cada vez más pequeños hasta que, al final, se perdían en el horizonte.
Nunca supe de donde venían ni hacia donde iban, ni tampoco que hacía el pastor con todo ese pan que recogía, ni siquiera sé seguro en que época del año nos visitaban, pero un buen día desaparecieron y nunca más volvimos a saber de ellos. Supongo que la ciudad los engulló en su lento e implacable crecimiento.
Es por eso que las ovejas siempre me recuerdan a mi barrio de Madrid.

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