La memoria de la Duda (1/13)

1- "El dolor es más fuerte que el odio..."

Soledad. Ese era el único sentimiento que compartían el pequeño Mafer Gom, en su oscura y fría celda, y el gigantesco Labug Ram, en su iluminado y cálido despacho.
Labug Ram sentía la soledad de su cargo de Inquisidor Jefe sentado en su cómodo sillón anatómico, que con unos leves campos magnéticos que lo cubrían conseguía adoptar la forma del cuerpo de su dueño décimas de segundo antes de que se sentara, y en otras pocas décimas calentar la superficie hasta la temperatura corporal de su ocupante. Desde allí, detrás de una maciza y sobria mesa de auténtico nogal, contemplaba la nada ensimismado en sus propios pensamientos. El proceso aún continuaría mañana y él no estaba tan seguro como algunos de los miembros del consejo de la culpabilidad del reo. Le faltaba la fe en su Dios. La fe por la que había ajusticiado a tantos hombres. La fe por la que él era quien era. La fe por la que había luchado y a la que había jurado consagrar la vida. Le faltaba "su fe". ¿Era Mafer culpable de algo que no parecía haber elegido, o era un pacto con el Maligno Hijar la causa de su poder?
Fuera del planeta Labug era conocido por su frialdad y su particular sentido de la justicia, que medía todo bajo el rasero de sus férreas creencias. Siempre imperturbable, los intentos de negociación con él por parte de la Federación habían fracasado una y otra vez por culpa de ese fanatismo ciego. La "fe verdadera" era la única guía válida de la conducta humana, el resto sólo eran vanos intentos imperfectos, o simplemente, burlas de la Verdad, nunca existía el término medio: o es bueno, o es malo, no son posibles las medias tintas. Educado en la disciplina, ya desde su infancia había sido fiel a esta doctrina, con los demás y consigo mismo. Jamás hubiera sospechado que un extranjero infiel y aquella extraña herejía harían temblar un día los firmes cimientos de su credo. Ahora mente y corazón se debatían entre las enseñanzas y los sentimientos del pasado, las dudas del presente, y en cómo su decisión afectaría al futuro.
La mortecina luz del sol, llamado Paz, entraba por la ventana situada en la pared oeste. Otro abrasador día de la estación seca tocaba a su fin. La amplia estancia se caldeaba con los últimos rayos del pequeño astro alrededor del cual giraba el planeta, y los escasos objetos existentes daban un tinte siniestro al lugar proyectando sus alargadas sombras cuales fantasmas negros escapados al pensamiento turbulento del eclesiástico, que absorto en sus meditaciones no había oscurecido los cristales, y diáfanos como estaban permitían pasar el calor, asemejando así la habitación al mismo infierno que predican para los condenados los fieles seguidores de la doctrina de Labug, los Seundi, los Seguidores del Único Dios. Sintiendo las gotas de sudor resbalar lentamente sobre su piel y bajo la pesada y encapuchada túnica blanca, símbolo de su cargo, el inquisidor pareció despertar a la vida e incorporándose se dispuso a nivelar las condiciones del despacho.
-Ventana, penumbra. Climatizador, "on". Luz fría, "on".
Al momento los cristales de la ventana se nublaron dejando la estancia en sombras, seguidamente el climatizador empezó a refrescar el lugar adecuándolo a la temperatura "ideal", programada de antemano, y por fin, el despacho se iluminó desde todas las direcciones con una tenue luz blanca que no creaba sombras. Los cambios en el ambiente despejaron fácilmente los fantasmas de la habitación, no así los de su ocupante que pareció no notarlos.
El despacho, orientado hacia el sur, estaba vacío en sus tres cuartas partes, la otra cuarta parte la ocupaban la despejada y extensa mesa de nogal, el sillón negro de plexocuero situado detrás, y dos pequeños archivos iguales, uno en la pared oriental y otro en la occidental, colocados simétricamente respecto de la recta que unía la camuflada entrada y la gran mesa de despacho. Los archivos eran sencillas imitaciones en polimadera de aparadores de la Tierra Clásica en los que se guardaban los microdiscos virtuales de todos los procesos: los infieles ejecutados en el de la derecha, y los inocentes o arrepentidos -los que habían conseguido salvar la vida- en el de la izquierda. Este esquema mobiliario simplemente imitaba el viejo cuento que se narraba desde hacía casi cinco siglos a los niños de El Planeta de Dios para explicarles las ideas de cielo e infierno, de bueno y malo: "del ardiente infierno -reino del malvado Hijar- situado en el horizonte del Este, donde las almas pecadoras expían sus culpas sometidas a continuos castigos, renace cada día el sol Paz mostrando la posibilidad de la redención, la verdadera luz, con la que guía a las ánimas bondadosas sobre el azul del cielo en su cálido abrazo. Hasta llegar al paraíso del poniente donde descansarán eternamente, contemplando en la oscura y tranquila noche la hermosa luz de las estrellas, que sólo son un pálido reflejo de la grandeza y la magnificencia del Creador y su obra". En consecuencia, la derecha y el levante representan el Mal, mientras que la izquierda y el poniente son la imagen del Bien.
Labug se levantó, cruzó las manos tras su ancha espalda y empezó a caminar lentamente por el termosuelo, a pasos cortos, recorriendo con pausa todo el despacho, marcando con cada zancada el ritmo de sus pensamientos, luchando contra sí mismo, y retornando otra vez al punto de partida, no hallaba respuesta al dilema que se le presentaba entre el inculpado y sus creencias. Esta enorme figura, taciturna y cabizbaja, contrastaba gracias a su blanco atuendo con el oscuro gris monótono de las desiertas paredes, del techo y del suelo de la sala. No obstante, su ánimo no parecía encontrar mejor ambiente que el ceniciento en el que se encontraba.

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