La Memoria de la Duda (3/13)

3.- "Primera sensación"

Lo primero que sintió Mafer cuando bajó de la espacionave que le había llevado como turista desde su sistema natal hasta El Planeta de Dios fue el calor, el intenso y agobiante calor, un calor seco, desértico, que rasgaba la piel y la cuarteaba desde el mismo instante en que el tórrido aire tomaba contacto con la epidermis. El calor impedía respirar, el aire no entraba en los pulmones, los abrasaba. Uno se sentía como esos faquires que tragaban fuego, sólo que ahora se introducía en los pulmones y cada bocanada de aire era una agonía. Eso a pesar de que la salida de pasajeros se encontraba a cubierto, en las sombras, lejos del calcinante sol de mediodía; aún se estaba terminando de construir la terminal interior, donde los climatizadores a plena potencia evitarían esta primera sensación de agobio que producían las altas temperaturas a los escasos extranjeros que se acercaban hasta aquí.
El planeta de Dios, situado demasiado cerca de su sol, Paz, mantenía una temperatura media de 40º C a lo largo del año, con variaciones de aproximadamente 10º C arriba o abajo según se estuviera en la estación seca o en la húmeda respectivamente, y teniendo en cuenta además el lugar donde uno se localizara en el planeta. Ahora se estaban alcanzando los máximos de calor del año y, o compraba un refrestraje propio del lugar, o le sería imposible hacer el recorrido de las megacatedrales que le había llevado hasta allí.
El único interés turístico para los foráneos eran las magnas construcciones realizadas para mayor gloria de Dios. En ningún otro mundo existían edificios construidos por el hombre de unas dimensiones tales que eran distinguibles desde el espacio exterior; de hecho, la catedral de la capital era la mayor construcción realizada por el hombre dentro de un planeta, contando incluso aquellos con gravedades inferiores a 1/6 g. Claro que existían obras mayores que este templo, pero habían sido hechas en el espacio, sin luchar contra la gravedad. Las megacatedrales -como todo el mundo las llamaba- eran enormes edificios capaces de albergar en su interior a más de diez millones de personas cómodamente. Con más de cinco kilómetros de altura y unos treinta de diámetro eran auténticas ciudades en sí mismas, pero la ley impedía que nadie pudiese residir en su interior más de dos días seguidos para permitir el acceso a todos los creyentes y evitar las aglomeraciones en sus múltiples pisos e innumerables salas, en las que se podían realizar los actos necesarios de los Seundi para dar culto a su dios. Eran los edificios más avanzados tecnológicamente del lugar. Estaban dotadas con los últimos desarrollos en vigilancia uno-uno, realidad virtual, videolovisión, sensorización general, etc., para que los fieles consiguiesen alcanzar el perfecto acercamiento a su Señor.
Las ciudades del planeta crecían alrededor de estas megacatedrales. Todas las urbes nacían del mismo modo: el consejo religioso seleccionaba un lugar para edificar el templo, marcaba su contorno y tamaño, e iniciaba una peregrinación santa hacía la zona elegida; una vez allí se iniciaba la construcción desde diversos puntos, surgiendo así una pequeña villa en cada emplazamiento. Con el avance de la obra todo el perímetro se unía, y con él los pueblos circundantes de la catedral, que formaban así una nueva ciudad con su iglesia en el lugar preferente, al alcance de todos los habitantes de la población.
Mientras rememoraba los textos e imágenes que había ido estudiando durante el último año, desde que decidió hacer este viaje, terminó de pasar todos los controles aduaneros del espaciopuerto, se dirigió directamente hasta la primera tienda especializada en refrestrajes que vio y compró uno. Sabía que no le iban a engañar; se había informado bien de las condiciones especiales de este planeta, separado de los más de cien mundos de la Federación de motu propio, sin ningún tipo de armamento militar, y carente de embajadas extranjeras. La agencia de viajes no le aseguró; ninguna agencia amparaba a un turista que se aventurase hasta aquí, cada uno venía según su propio riesgo y debía someterse a las costumbres locales o atenerse a las consecuencias. Siempre se especificaba claramente en el contrato, y se hacía notar que las autoridades desaconsejaban tal itinerario señalándolo como altamente peligroso.
El gobierno de este mundo era una dictadura religiosa llevada a cabo por los Seundi, que imponían unas estrictas normas de conducta cuyo incumplimiento se consideraba una grave falta. Este delito era juzgado por un jurado de cinco jefes religiosos los cuales decidían acerca de la culpabilidad o la inocencia del infeliz. Si era hallado inocente se le sometía a un seguimiento temporal personalizado por si había conseguido engañar al tribunal. Si era culpable tenía dos opciones: arrepentirse y someterse a una dura penitencia que le duraría la mitad del resto de su vida, o morir ejecutado. Esto no era aceptado por el resto de planetas de la Federación, ya que pese a la autonomía de cada mundo, todos debían respetar el antiguo códice establecido en los inicios de la Federación y que prevalecía sobre cualquier ley local. Sin embargo, los Seundi anteponían su libro sagrado, El Padio, por encima de cualquier otra ley, por lo que hubo de aislarse y someterse a ciertas condiciones impuestas por el resto de estados federales, que observaban atentamente desde el espacio mediante satélites espía los movimientos de los Seundi para que no acabasen constituyendo una amenaza en su intolerancia confesional.
Como resultado de esta política dictatorial y dogmática aquí no existía la usura, ni distintas tiendas obtenían distinto beneficio por la venta del mismo producto, ni los hoteles variaban en su precio si tenían la misma categoría, ni existía el juego, ni la prostitución, ni era posible cualquier actividad que condujese a la "perdición".
Mafer lo había estudiado todo, no quería cometer un error que le llevase a ser considerado hereje y le obligase a sufrir los castigos de estos fanáticos religiosos. Así, cuando compró el refrestraje supo que era un precio justo y un modelo adecuado. Atravesó el vestíbulo del espaciopuerto embutido en su nuevo refrestraje, modelo similar al de los cientos de anónimos viandantes que se movían caóticamente en todas direcciones como hormigas indistinguibles recorriendo su hormiguero, entrando y saliendo, como entraban y salían las personas por las puertas del espacipuerto en busca de sus destinos. En este aparente desorden Mafer consiguió alcanzar la salida, donde una fila de aerotaxis con sus conductores impacientes dentro esperaban la llegada de los viajeros para trasladarlos a sus lugares de destino. Cuando cruzó la puerta que comunicaba el vestíbulo con el exterior, el opresivo calor lo abrazó hasta dejarle sin respiración durante un par de segundos; justo el tiempo que el refrestraje necesitó para actuar y adecuar sus funciones al cambio de temperatura regulando las condiciones dentro del traje y bajando unos cristales oscuros delante de los ojos antes de que la retina pueda sufrir ningún daño por el exceso de luz que producía Paz al mediodía.
Tambaleándose y con la vista aún nublada se condujo hasta el segundo aerotaxi de la fila mientras una señora gorda, dentro de un refrestraje que parecía empeñado en comprimirla, corría casi al límite de sus fuerzas abriéndose paso entre la multitud para abalanzarse sobre el primero, a la par que le gritaba a un pobre hombre que a trancas y barrancas empujaba por detrás a un pequeño y desvencijado robot-maletero cargado con más de diez bultos que parecían querer esconderle de su señora: "Vamos, pareces dormido, date un poco de prisa, no ves que llegamos tarde a casa de mi madre. Claro, si fuese la tuya ya veríamos". El marido se acercó lentamente al taxi y con paciencia y sin decir palabra colocó los bultos en el maletero ayudado por el taxista. Luego los tres, el taxista y el matrimonio, desaparecieron con el auto entre el barullo de coches que entraban y salían de la terminal. A la par el robot regresó a su posición en el espacipuerto para esperar a un nuevo cliente.
La mayoría de los aerotaxis allí parados eran viejos modelos, pero con un aspecto brillante de recién salidos de fábrica, como muy posiblemente sería. Los avances tardaban más en llegar aquí debido al aislamiento, y estos aeromóviles debían ser el último modelo del planeta. El vehículo al que subió parecía ser uno de los más nuevos, impecable dentro y fuera, cubierto de una muy buena imitación de piel. Parecía el orgullo de su dueño, un hombre moreno y ya mayor, que lo recibió jovialmente.
-Supongo que es usted un turista, ¿verdad?, -y continuó sin esperar respuesta- lo he visto vacilar al salir al descubierto, y eso es algo que sólo le pasa a los extranjeros.
-Pues sí, soy de fuera. No esperé que se me notara tan pronto, y menos camuflado con estos trajes.
-Bueno, es que aquí en un taxi se ve mucho, y uno es bastante observador, se aprende mucho con los años.
Tras preguntarle su destino y sin decir nada más lo llevó al hotel atravesando la monótona y cuadriculada ciudad, rota en su esquema cuando en el horizonte aparecía la inmensa visión de la megacatedral del centro de la capital. Era más inmensa de lo que había imaginado; contemplarla resultaba impresionante, sobre todo si se tenía en cuenta la distancia a la que se encontraban, en las afueras de la ciudad. El resto eran edificios repetidos, iguales a sus vecinos, construcciones con forma de prisma y colores claros, con grandes ventanales rectangulares de cristales oscuros, colocados en manzanas cuadradas de igual tamaño. Algo totalmente rígido, sobrio, frío como una ciudad hecha de hielo y quebrada en su centro por un glaciar enorme que rompe la armonía geométrica de las formas.
Durante todo el viaje Mafer permaneció absorto en el examen del edificio religioso y no se dio cuenta de la llegada al hotel hasta que el coche se detuvo.
-Impresiona ¡eh! -comentó con voz chillona el taxista-. A todos les pasa igual, todos ustedes vienen a lo mismo.
-Sí, bueno -respondió Mafer saliendo del trance contemplativo-, es más imponente que vista desde la nave, cuando aterrizamos. Desde aquí domina todo el horizonte.
-Es cierto, aquí estamos muy orgullosos de ella. Dios debe de estar satisfecho de nuestro trabajo.
-Supongo que sí -concluyó Mafer intentando no hablar sobre religión ni nada parecido. Pagó al conductor y, al abrirse la puerta automática del aeromóvil, el asfixiante ambiente del exterior le retuvo un par de segundos en el asiento en tanto que el traje se adaptaba del acondicionado interior al horno del exterior. Pasado el momento de transición, se recuperó y se apeó del aeromóvil dispuesto a entrar en el hotel y descansar un poco del largo viaje.
El hotel era un modesto edificio de cinco plantas, cuya fachada sólo se diferenciaba de las otras por un pequeño letrero colocado sobre la entrada en el que se leía: HOTEL, sin especificar ningún nombre en particular, ni su categoría; se distinguía del resto de locales de la ciudad dedicados al hospedaje por la calle en la que se encontraba, debido a lo cual generalmente se los conocía por el nombre de la misma.
Al entrar en el edificio el aire fresco del interior lo acarició, mientras un pequeño robotones salía a su encuentro y tras unas breves indicaciones recogía las maletas que le ofrecía el taxista y se las acercaba hasta el mostrador donde estaba el recepcionista; este lo recibió mecánicamente y le entregó la ficha de su habitación después de que se identificase. Mafer introdujo la tarjeta en la parte superior del robotones y se dirigió al ascensor precedido por el pequeño robot cargado con las bolsas de viaje repartidas entre sus ocho brazos mecánicos. Atravesó la sala y rodeó la columna central que dominaba toda la estancia y que a su vez permanecía confinada entre unos cómodos sofás de color verde selva. La decoración de las paredes, al gusto de la época y haciendo juego con los sillones, estaba formada por imágenes tridimensionales de hermosos y húmedos parajes de diversos mundos, lo que refrescaba todavía más el ambiente, ya agradable de por sí con los acondicionadores tan potentes que se usaban en el planeta.
Al acercarse al ascensor observó en el fondo de la izquierda unos modestos discos elevadores para uso exclusivo del personal del hotel con capacidad para una sola persona y su carga. Hoy en día en cualquier hotel de su mundo los discos más pequeños ya se usaban con cabida para veinte personas, y nadie utilizaba los claustrofóbicos ascensores, sin embargo parecía que aquí aún no habían aprendido a explotar el potencial real que tenían.
Una vez en su habitación, cansado y sucio de una travesía tan prolongada, dejó las maletas tiradas en el suelo, se desplomó en la cama y, desde allí mandó preparar un relajante termobaño.
-Baño, lleno tres cuartos, agua a 18º C constante -ordenó al servicio automático-, espuma relajante y gel suave.
El ordenador de la habitación confirmó la orden y comenzó a llenar el baño con agua espumosa mientras él se desnudaba dispuesto a pasar la próxima media hora en una total relajación. La habitación, como todo en el lugar, era modesta, decorada en tonos pastel. Una pequeña cama situada enfrente de la puerta de entrada, coronada con un proyector tridi de dudoso gusto y cubierta con una colcha verde de hilo, y una mesilla de polimadera al lado derecho componían todo el mobiliario. Completaban el lugar un armario empotrado, con las puertas de espejo, en la pared este y el cuarto de baño en la izquierda. La sencillez y la falta de avances tecnológicos eran la nota común predominante en todo lo que le rodeaba, y lo serían en todo lo que le iba a acompañar en los próximos días, mientras durase su estancia. Se sentía feliz, todo iba bien, había sido un viaje tranquilo y no parecía haber problemas. No obstante no debía descuidarse; algunos de los que llegaron aquí antes que él ya no volverían a sus casas por culpa de haber infringido alguna de las estrictas leyes del planeta. Bueno, ahora debía relajarse y disfrutar, estaba de vacaciones, y con un poco de cuidado no le pasaría nada.
Cuando salió del agua, esta aún se mantenía a 18º C gracias al regulador de temperatura incluido en el termobaño, y él empezaba a tener arrugada la piel. Se secó a medias con una suave toalla y con una ducha de aire fresco, que le cerró los poros y le dejó tersa la piel como a él le gustaba. Se roció con una solución hidratante, se vistió y se dispuso a abandonar su habitación en busca de un primer contacto con la ciudad.
A pesar del refrestraje todavía no estaba adaptado al clima, y al salir del hotel volvió a sentir el brusco golpe de los más de 50º C que asolaban la calle. El cambio en la temperatura y en la luz le nubló un poco la visión pese a los cristales oscuros que le cubrieron los ojos, y volvió a sentir un pequeño mareo mientras actuaban los sensores automáticos del traje y nivelaban el ambiente dentro del mismo. Tendría que acostumbrarse si quería salir a la calle; era inevitable el cambio. Le pareció escuchar un grito, un chirrido, y cuando se volvió para mirar de donde provenía fue cuando sintió el impacto por detrás y ese intenso dolor en el brazo izquierdo. Luego perdió el sentido.

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