La Memoria de la Duda (4/13)

4.- "Nunca confíes en tu agencia de viajes"


Le dolía todo el cuerpo. Sólo sentía dolor. No tenía recuerdos ni notaba ninguno de sus cinco sentidos: sólo dolor. Un dolor intenso que poco a poco se desviaba, empujaba, viajaba a lo largo de su cuerpo, fluía por sus nervios y se concentraba en su brazo izquierdo. Algún ruido fuera, ¿quizás alguna voz?: empezaba a despertar. Un fulgor, tenía los ojos cerrados, pero aún así percibía la luz a través de sus párpados. Un regusto a moho se adueñaba del paladar. Y ese olor aséptico inconfundible de los hospitales. ¡Eso era!, un hospital, ya empezaba a discernir, a percibir algo más que sensaciones, volvían los recuerdos, las ideas: una luz, un sonido seco y otro chirriante, como un frenazo, el dolor, y nada, ya nada más.
Se sentía flotando cuando por fin pudo entreabrir los ojos y adivinar entre brumas.
-...en estos dos días que lleva inconsciente -comentaba un hombre bajo vestido con un mono blanco descubriendo el hombro de Mafer-, no sólo se han cerrado las heridas que habrían desangrado a cualquier otro hombre, sino que además ya están totalmente curadas, como si no hubiese pasado nada, como si nunca hubiera tenido brazo.
Al escuchar lo del brazo Mafer se afanó para no recaer en el letargo del que acababa de salir. Debía enterarse con toda certeza de lo que pasaba a su alrededor, obligó a su mente a concentrarse, agudizó el oído y se fingió dormido.
-Sí, -contestó otro sujeto situado al lado del anterior y un poco más alto, aunque vestido con el mismo uniforme blanco- las heridas no sólo han cicatrizado, sino que están abultadas, como intentando extraer algo. Es como... como si intentara crear algo desde el muñón.
-Además -continuó el más alto- está consumiendo el doble, o incluso el triple de suero de lo que sería lo normal en un caso como este. Claro, que lo debe de necesitar si está engendrando algo nuevo desde el hombro, como parece.
-Y por si fuera poco ahora mismo parece un generador de corriente en plena actividad. Hasta da calambre si le tocas. Yo no espero más, voy a avisar al tribunal religioso. Este tipo no parece humano.
Mafer los vio salir de la habitación con paso decidido, su suerte parecía echada, intentó incorporarse pero el cuerpo no respondió a las órdenes enviadas desde su cerebro, estaba exhausto. Ya sabía casi con toda certeza lo que le sucedería a continuación, ahora no podía hacer nada, debía recuperarse y esperar, se relajó y volvió al reino de la inconsciencia.

Cuando volvió otra vez en sí el dolor casi había desaparecido y los recuerdos retornaron esta vez más rápidos a su mente. Allí estaban los dos sujetos del mono blanco, uno junto al otro, pero no estaban solos, los acompañaban otros dos personajes de unos 1'90 metros vestidos con sendas capas con capucha de color rojo sangre. Conocía el terrible significado de esas vestimentas encarnadas: esos dos hombres eran inquisidores y él era su presa. Las videolografías del año anterior sobre los miembros de esta extraña comunidad pasaron fugazmente por su mente y como en una sola holofoto se concentraron todas las ideas y sentimientos acumulados. Y volvió el dolor, pero era otro tipo de dolor, era aflicción y abatimiento por su futuro cierto y amargo, por la lucha que se le abría ante sí y que ya creía perdida de antemano, por todo lo que hubiera podido ser y que, ya era casi seguro, no sería.
-Ya despierta -dijo apresuradamente el rubio inquisidor de su izquierda mientras se frotaba las manos una contra otra apuntando hacia él su nariz aguileña y sus ojos saltones. Mafer se estremeció, no le gustaban ni su expresión ambigua ni el inquieto movimiento de sus manos. Instintivamente desvió la mirada y se encontró a su derecha con un hombre moreno de facciones muy acogedoras. Le observaban unos hermosos ojos de un verde azulado turquesa que le trajeron a la memoria las tibias aguas del mar situado frente de la casa donde pasó su niñez, esas aguas tranquilas que le transportaban a un mundo lleno de recuerdos felices, de paz, de libertad, donde el horizonte era su mejor amigo. La mirada poco a poco se rodeó del resto de las facciones que completaban el rostro: una ancha mandíbula, firme y segura, y una frente arrugada como un viento travieso que revolotea entre las casas buscando algún compañero de juegos. Remataba el semblante una sonrisa cálida, entrañable como el fuego de una chimenea alrededor del cual reunirse a contar viejas historias mientras fuera recrudece el frío invierno.
-Eso parece, nuestro invitado tiene mejor aspecto esta mañana -comentó este inquisidor de pelo moreno con una voz aterciopelada, dulce y tranquila-. ¿Cómo se encuentra? -añadió con un tono que recordaba a un padre preocupado por su hijo.
Los cuatro hombres, con unos movimientos que asemejaban una coreografía, rodearon la cama de Mafer lentamente mientras fijaban toda su atención en él, dos de ellos con sus capas rojas, señal inequívoca del tribunal inquisidor, y los otros dos vestidos con sus monos blancos, uniforme obligado en todos los hospitales. A Mafer se le antojaba harto graciosa la escena: un “infiel” en la cama rodeado de cuatro personajes tan importantes en este planeta con intenciones de salvarlo, dos intentando rescatar la pureza de su alma, y otros dos intentando recuperar la entereza de su físico, pero eso sí, todos queriendo salvarlo; y todo para acabar destruyéndolo.
El inquisidor con los cabellos negros tenía un aspecto paternal, su pelambre oscura como una noche sin estrellas ni luna ayudaba a crear esa imagen, la cual se endulzaba aún más con los dos redondos, claros y grandes ojos que iluminaban su amplio rostro, y su falsa sonrisa, de la que se servía para ganarse la confianza de aquellos que no lo conocían y a los que mandaba a reunirse con su Creador. Su nombre era Enan Vad y su fama generalmente ya le precedía: frío, despiadado, se decía que su corazón era tan oscuro como su pelo. Era capaz de recitar de memoria las leyes, que aplicaba con toda la severidad, e ignoraba el significado de las palabras misericordia y perdón. Únicamente creía en la justicia ciega, en el ojo por ojo.
Su compañero, Migan Ark, era un tipo nervioso, inquieto, de un temperamento vivaz que le había hecho ganarse más de una recriminación del Inquisidor Jefe. No obstante, también le había hecho llegar a donde ahora se encontraba pues le hacía buscar el trasfondo de las cosas en donde el resto solo arañaban la superficie. Era la cara opuesta de Enan, de enfado pronto y fácil, incapaz de ocultar sus sentimientos ni de faltarle a la verdad en beneficio propio; buscaba más la bondad en el prójimo que sus defectos.
De los doctores, el más bajo era Lulop Rev, un famoso médico de El Planeta de Dios. Su corta estatura, pues medía unos escasos 170 centímetros, su cara redonda y colorada, su pelo moreno en contraste con su rubia barba, y sus alegres ojos castaños, le conferían un aspecto pintoresco en un primer vistazo, pero amable y tranquilo en una segunda observación, lo cual hacía que uno se encontrase a gusto y relajado en sus manos. Gonma Her, su colega de profesión, era unos 10 centímetros más alto, y su faz parecía brillar, iluminada por dos perfectas filas de dientes blancos como la nieve. Los dos médicos estaban ya en la frontera de los cincuenta años y en sus rostros se reflejaba la experiencia acumulada. Gonma tenía siempre una visión más rápida y real de los problemas que Lulop, pero este último le ganaba en su habilidad en el quirófano para salir con éxito de las operaciones más complejas. Este equilibrio los había unido mucho tiempo atrás, y había conseguido que fueran considerados el mejor equipo médico del planeta.
Mafer contempló los cuatro semblantes que ahora se le mostraban, centrando más su atención en los dos inquisidores. Enseguida le vino a la mente el esquema de las viejas películas, con el policía bueno y el policía malo, el único problema era saber quién era quién. Recorrió la blanca y aséptica habitación con la vista, observó la electrorreja de la ventana y el sistema de seguridad semioculto en la puerta y adivinó a los dos guardianes que la flanqueaban en el exterior y de los que sólo pudo ver sus sombras proyectadas sobre la entrada. Realizó un primer análisis de su situación, y decidió que lo único sensato en aquellas circunstancias era seguirles el juego.
-Me encuentro cansado y dolorido, pero... ¿dónde estoy?, ¿qué me ha pasado?, ¿quiénes son ustedes?, ¿qué hago aquí? -comentó atropelladamente, simulando un desconcierto que no tenía.
-Calma, calma -lo tranquilizó Enan Vad-. Ha sufrido un pequeño accidente, le arrolló un aeromóvil a la salida del hotel donde usted se alojaba y en la caída recibió un fuerte impacto en la cabeza que le ha tenido doce semanas inconsciente en el hospital de la ciudad, bajo la supervisión de los doctores Lulop Rev -dijo presentando al más bajo de los hombres vestidos con el mono blanco- y Gonma Her -y señaló al otro médico.
-Bienvenido al mundo de los vivos -lo recibió Gonma.
-Bienvenido -confirmó inmediatamente Lulop con una amplia sonrisa-, espero que siga recuperándose tan rápido como hasta ahora. Es usted afortunado, tiene una fortaleza especial que le ha hecho salir del coma en el que llevaba casi tres meses.
Para evitar el tema de la recuperación de Mafer intervino ágilmente el calmado inquisidor.
-Mi compañero, Migan Ark, y yo, Enan Vad, somos servidores religiosos de la comunidad y hemos venido a interesarnos por su salud en cuanto hemos tenido noticia del accidente. Ya que es usted extranjero en nuestra tierra queremos asegurarnos de que reciba los mejores cuidados.
-Gracias por todo. ¿Cómo estoy ahora?, ¿qué me ha sucedido en estas semanas? -inquirió Mafer.
-¡Oh!, no es mucho lo que tiene. Algunas magulladuras por el cuerpo y hasta ahora la pérdida de la consciencia, que es lo que más intranquilos nos tenía, pero ya ha vuelto con nosotros y no parece tener lesiones en el cerebro, se encuentra usted perfectamente -mintió el doctor Gonma-. Le hemos hecho múltiples análisis en la cabeza, por la pérdida del conocimiento y algún otro problema derivado de ello que pudiera presentarse, y no hemos encontrado nada, todas las pruebas han dado resultados negativos. Lo peor, aparte de lo anterior, fue su brazo izquierdo, que tuvo numerosas contusiones y múltiples roturas, por eso lo tiene vendado; debió de caer sobre él, pero ha respondido perfectamente al tratamiento. Calculamos que en una semana podremos darle el alta, cuando recupere fuerzas comiendo por sí mismo y verifiquemos el estado de su brazo y su cabeza. Ahora está un poco débil y debe descansar.
Mafer se miró el brazo izquierdo sabiendo que mentía. Parecía entero, pero el sabía que no era así, aún notaba ese leve cosquilleo eléctrico característico del final de su regeneración. Tendría que esperar, no quedaba otro remedio.
En ese momento apareció una enfermera pequeña y arrugada como una pasa con una bandeja de comida, y Enan lo aprovechó como excusa para marcharse.
-Bueno, bueno, si aquí le traen su comida. Hagamos caso a los doctores y dejemos que se recupere nuestro invitado. Ya le veremos dentro de una semana, cuando le den el alta. Que le aproveche.

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