La Memoria de la Duda (5/13)

5.- "Volver, volver"

Los cinco días siguientes transcurrieron lentamente en su interior, pensando, imaginando qué hacer en cuanto estuviera totalmente recuperado, cómo escapar de allí, qué estrategia utilizar cuando vinieran por él, qué inventar para las primeras preguntas, cómo evitar el tema,... En el exterior todo era aparente normalidad: descanso y comida, recuperando sus fuerzas tal y como le habían prometido.
La estancia en la que se hallaba contenía una sola cama y una mesilla al lado, y era lo más parecido a una habitación de hospital que había visto jamás, completamente limpia y desinfectada, silenciosa, con las paredes blancoazuladas y una hermosa vista de un tranquilo jardín. La puerta del servicio poseía el mismo color que el resto de la sala y sólo se distinguía de las paredes por el pomo, ¡aún existían puertas con pomo! Las luces se encontraban integradas y bastaba una voz para accionarlas, al igual que para aclarar u oscurecer los cristales de la ventana.
A diario sólo recibía la visita de la enfermera, a las horas de las comidas, que entraba, dejaba o recogía la bandeja con los alimentos, y se iba como había venido, en silencio, como si él formara parte del mobiliario, ignorando sus preguntas y comentarios, sin mirarlo siquiera. Un par de días se dejaron caer por allí los doctores para comprobar su estado, le plantearon algunas cuestiones sin importancia, le pasaron por delante unos cuantos aparatos y se fueron con la misma sonrisa con la que habían entrado. Así transcurrieron cinco aburridos días.
Al despertar el sexto día ya notó el brazo íntegro, y con las fuerzas aún incompletas debido a la energía consumida durante la regeneración, intentó salir discretamente a dar una vuelta. Un supuesto celador en la puerta se lo impidió amablemente con unas cuantas excusas hasta que llamase a los doctores, que cuando aparecieron le contaron un buen número de patrañas médicas por las que no podían dejarle salir hasta el día siguiente, cuando pasase una revisión. Mafer no quería más problemas de los que ya tenía y cedió en su empeño.
En la séptima jornada le quitaron el vendaje y apareció un brazo en un estado inmejorable, sin señales de ningún tipo: ni arañazos, ni cicatrices, ni moretones, nada, un brazo perfecto, como el de un recién nacido. Nadie hizo ningún comentario al respecto y Mafer tampoco quiso decir palabra. Le hicieron algunas pruebas motrices en las articulaciones y músculos del brazo, varios tests de reflejos, alguno de agilidad mental y un incontable número de preguntas de todo tipo para comprobar lagunas en su memoria, y al dar negativo en todo decidieron darle el alta médica. Finalizado el examen Gonma y Lulop abandonaron la habitación, no sin antes despedirse amigablemente y desearle todo tipo de suertes en su futuro. Al poco apareció la enfermera con un refrestraje de su talla completamente nuevo, lo dejó metódicamente doblado encima de la cama y se marchó sin decir palabra, como siempre. Justo acababa Mafer con el último ajuste del traje cuando aparecieron los dos inquisidores bajo el marco de la puerta.
-Cuánto me alegro de que ya esté totalmente recuperado -saludó Enan.
-Buenos días, -respondió Mafer, rota la esperanza de que no volvieran- me alegro de verlos, ¿qué los trae por aquí?
-¡Oh!, bueno, ¿se acuerda que le dijimos que vendríamos cuando le dieran el alta?, bien, pues aquí estamos para acompañarlo, o más bien... para que nos acompañe si es usted tan amable.
-¿Qué los acompañe?, bueno, ya me dirán donde quieren que vayamos, ustedes mandan.
-Si no le molesta mucho, -intervino Migan- querríamos que nos contestase a unas preguntas sobre el accidente, pura burocracia, ya sabe, pero es necesario el papeleo para esclarecer los hechos y dictaminar la inocencia o culpabilidad del conductor del aeromóvil que lo atropelló, y cuanto antes lo hagamos, antes podrá continuar con su visita a nuestro hermoso planeta.
-Yo no quiero poner ninguna denuncia al conductor -afirmó Mafer intentando escapar de lo imposible-, la culpa fue mía, sufrí una pequeña bajada de tensión al salir desde el acondicionado interior del hotel al calor de la calle y di un traspiés inesperado, perdí por unos segundos mi visión y no vi el aerocoche.
-Sí, eso confirma la versión del conductor -aseguró Migan-, pero de todo esto hay que dejar constancia por escrito, y es necesario que nos acompañe a las oficinas para imprimir su huella en los formularios.
-Está bien, si no hay más remedio. Dejen que recoja mis cosas -comentó mientras empezaba a buscar sus objetos personales- y enseguida los acompaño.
-No se preocupe por sus cosas, las oficinas están aquí al lado y luego puede volver por ellas, la enfermera se las guardará -dijo Migan mientras Enan llamaba a una enfermera y le daba unas instrucciones que Mafer no llegó a escuchar y que la temerosa mujer se dispuso nerviosamente a ejecutar al instante.
-Si se empeñan. Bueno, vamos allá, luego volveré por mis cosas.
Al salir de la habitación camino del ascensor, flanqueado por los altos inquisidores, Mafer pudo ver las caras asustadas de la gente y escuchó los murmullos a su paso. Todos debían saber hacía ya tiempo lo que sucedía y qué era lo que le esperaba. De reojo, girando levemente la cabeza, detectó a dos hombres vestidos con discretos refrestrajes, casi sin adornos, que los seguían a cierta distancia. Cuando entraron en el ascensor los dos sujetos se separaron y mientras uno bajaba por las escaleras el otro los acompañó del modo más indiferente, demasiado tranquilo para ser un ciudadano común. Al llegar a la calle volvió a sentir el mismo pequeño mareo de siempre al pasar de una temperatura agradable al sofocante mundo del exterior. Sufrió unos instantes de vacilación, y cuando el refrestraje actuó retornaron en unos pocos segundos todos los sentidos en perfecto estado.
Mientras cruzaban la blanca e inmaculada calle, Mafer reparó de nuevo en la perfecta disposición de los idénticos edificios en manzanas cuadradas de igual tamaño, con esa precisión geométrica que ya había contemplado en los holovídeos que estudió en su planeta antes de salir de viaje, y que confirmó desde el aerotaxi en el recorrido que le llevó desde el espaciopuerto hasta el hotel. Los aerocoches, también de colores claros debido al calor, siempre cerrados, señal inequívoca del uso del climatizador, se veían circular lentamente por las vías señaladas para ello en una sucesión ejemplar, respetando amablemente las señales y a los otros conductores. La dictadura religiosa de los Seundi imponía el orden, el respeto estricto de las leyes y severos castigos para los transgresores. Mafer conocía todo esto y mucho más, pero no por ello dejaba de sentir vacía la calle, sin vida: nadie gritaba, nadie pitaba, nadie discutía, nadie corría, nadie se peleaba. Este era el mejor planeta habitado del universo donde morir de aburrimiento.
Cuando llegó a las supuestas oficinas, que no eran más que los cuarteles de la Inquisición en la capital, sabía que ésta era la última vez en mucho tiempo que estaría al aire libre. Así pues, se volvió, miró al horizonte, su amigo, e inspiró una buena bocanada de aire. Después se giró dispuesto a entrar, pero antes saludó con una sonrisa cómplice a los dos guardias de seguridad que los habían seguido hasta allí, dio un paso más y se resignó triste a su destino.

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