La Memoria de la Duda (6/13)

6.- "Mientras hay vida..."

La pequeña bola que formaba Mafer con las mantas seguía arrastrándose por la mazmorra de un lado a otro, a pasos cortos pero rápidos, mostrando el nerviosismo que lo consumía, recorriendo todos los rincones de la pequeña celda, recorriendo todos los detalles de su caso, paso a paso, minuto a minuto. Intentaba buscar argumentos en el libro sagrado de los Seundi, El Padio. Ya lo había leído diez veces: una antes del viaje, para no cometer errores -¡qué irónico le parecía eso ahora!-, y nueve más desde que le encerraran en esta celda de reflexión examinando ideas para su defensa. Se sabía el libro de memoria, cada pasaje, cada ley, todas las enseñanzas y preceptos contenidos en él, dominaba el libro sagrado casi mejor que sus jueces. Y había usado ese conocimiento en muchas ocasiones a lo largo del juicio, pero no le sirvió de nada, era antinatural regenerarse y se consideraba obra del Maligno: "...y habrá que mantener especial vigilancia en aquellas características que, aun siendo congénitas en otros seres, no le son propias a la naturaleza del hombre, porque podrán ser usadas por el Maligno para sus propios fines..."; en este pasaje estaba escrita su condena, ya se lo habían repetido quinientas veces a lo largo del juicio, y quinientas veces lo había intentado rebatir, lo había discutido en contra de la opinión de los jefes religiosos. A pesar de todo, los textos santos era lo único que aceptaría la mayoría de su jurado como defensa.
Desesperado, rompió a llorar. No era la primera vez que esos ojos tristes derramaban lágrimas de impotencia y temor ante el futuro que le esperaba unas horas más tarde. La negrura de su celda parecía un fiel reflejo de la profecía que él mismo se había augurado el día que despertó por primera vez en la cama del hospital y escuchó la conversación de los médicos: “...este tipo no parece humano...”. ¡Pues claro que él era humano!, y nada más que eso: ¡humano, humano, humano,...!. Cómo hacérselo ver, dónde estaría la clave, dónde la respuesta. Estaba al borde de la locura, ya no soportaba más.
Cuando inició el viaje sabía de antemano que si esto ocurría estaría condenado a morir, pero las probabilidades de que le sucediera algo así eran de una entre un millón: un accidente que le arrancara parte de su cuerpo, y que además aconteciese delante de alguna persona. Era prácticamente imposible; en toda su vida jamás le había sucedido. Pero había ocurrido, eso no tenía remedio. Se secó las lágrimas con la firme promesa de no llorar más; no le ayudaría en nada, y no quería que sus captores disfrutaran de su dolor. Necesitaba permanecer integro y encontrar el modo de salvar la vida; aún debía de existir una posibilidad. Y él la descubriría o -nunca mejor dicho- moriría en el empeño.
Se apercibió de que el cansancio acudía a sus piernas, debía de llevar ya varias horas paseando, y se sentó agotado en la cama. No tenía forma de saber que hora era, pero suponía que fuera ya estaría amaneciendo. En este último año había aprendido a calcular la hora del día en la que se encontraba con bastante precisión. Seguramente ya pronto irían por él, le quedaba poco tiempo. Se concentró para mantener la entereza cuando llegasen los guardianes que le conducirían al Patio de los Infieles, donde se escucharían sus últimas argumentaciones antes de que los cinco miembros del tribunal decidiesen el veredicto, y el Inquisidor Jefe dictaminase su libertad, la penitencia a cumplir o... su muerte.
La puerta se abrió. Ya era la hora.

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