La Memoria de la Duda (8/13)

8.- "Al principio fue la luz"

Los primeros días sólo indagaron sobre cuestiones superficiales: cómo fue el accidente, cómo se sentía, cuál era su planeta de origen, por qué había viajado hasta allí, cómo era su familia, y asuntos similares sin importancia. Amables en todo momento, jamás una subida de tono o un grito; siempre eran corteses en los primeros días de los interrogatorios. Lo peor era para el acusado, que tenía que dormir noche tras noche en el frío y oscuro calabozo.
Los cinco inquisidores, sentados en sus cinco confortables sillones, le hacían una pregunta tras otra sin darle tiempo a pensar, repitiendo cuestiones para verificar su sinceridad, mientras él, sentado en un sillón algo mas incómodo y unos cincuenta centímetros más abajo que sus captores, contestaba tranquilamente todas las cuestiones que le formulaban. No era más que el principio, después no serviría para nada.
En los Juicios de Dios estaban prohibidas las drogas y las máquinas para obligar al interrogado a contar la verdad, pues pese a que era conocida su infalibilidad, se consideraba que un ingenio sin alma no podía decidir sobre los problemas del espíritu, ya que le eran ajenos. Era posible que los artefactos fuesen utilizados por el Maligno con el objeto de confundir el buen juicio de los magistrados, por eso el tribunal lo componían cinco hombres de Dios, para vencer toda posible influencia proveniente del infierno.
Cuando el fallo era dividido, la ley prescribía que aquellos que formaban la minoría debían ser sometidos a un aislamiento purificador para separar de ellos los engaños de Hijar que los llevaron a errar en su decisión. Después se les debía volver a mostrar el proceso hasta que se convencieran de su error, y si tras varias sesiones alguno persistía invariablemente en su veredicto, para intentar recuperar su alma y como penitencia sería encerrado de por vida en una celda de reflexión. Hasta ahora nadie había insistido tanto en su dictamen como para ser recluido el resto de sus días, y era dudoso que nadie lo hiciera en un futuro.
El salón de los interrogatorios, o Patio de los Infieles, era una sala circular muy amplia, sin columnas, y con cinco sillones en su fondo norte y uno más pequeño, delante de estos, a unos cinco metros de distancia y unos cuatro escalones más abajo. El inculpado accedía al recinto generalmente por una puerta camuflada en su fondo sur, aunque tenía otras dos dispuestas, y ocultas, en los extremos este y oeste por las que entraban y salían los magistrados. La decoración era austera, sin representaciones de ningún tipo pues las prohibía El Padio. Las paredes eran de un material indefinido y de un uniforme color añil, al igual que el techo, mientras que el suelo lo componían baldosas de una imitación bastante buena de mármol, pero más cálido y acolchado al andar. El aspecto general era frío y sin vida, sobrio, impersonal. Al ver a los inquisidores sentados en sus tronos, justo antes de la entrada de Mafer, uno se imaginaba una plaza de toros de hielo en la que de un momento a otro entraría un encogido y enfermo Teseo, dispuesto a lidiar a cinco enormes reses congeladas delante de un público ausente, que sólo espera que el pobre Teseo se rompa en millones de cristales transparentes tras la primera embestida para explotar en un aplauso silencioso y enfervorecido, que derretiría el gélido decorado y lo haría desaparecer en un río de agua y sangre.
Los cinco jueces, siempre inmóviles en sus asientos, recordaban en su forma pétrea a la típica representación de los fundadores de la Federación que se hallaba en todos los planetas. Labug, el más alto con sus más de doscientos veinte centímetros de altura, siempre presidía las sesiones en el asiento central, serio, sin cambiar jamás el rictus de su faz, sin expresión alguna, en completo silencio, atento en todo momento a las argumentaciones de ambos bandos, grabando en su memoria las sensaciones que luego no podría repetir la videolografía tridimensional cuando revisase las declaraciones en privado. No parecían suficientes todos los detalles para tomar una decisión, debía aprehender el aire, el suelo, los sentimientos, las respiraciones, las miradas, el dolor, el sufrimiento, la luz, las sombras, el odio, el amor; todo aquello que a nadie parecía importarle pero que él percibía como fundamental. Debía conocer con exactitud qué respuesta quería Dios de él en este trance.
El escaño de su derecha lo ocupaba el delgado Rabra Mar, pelirrojo, pálido y menudo; se asemejaba a un gnomo escapado de un bosque de un cuento de hadas. Allí parecía estar fuera de lugar. Su mal carácter, unido a su voz rasgada acentuaban esta semejanza y ocultaban su espíritu generoso. Siempre protestando iracundo, con el color rojo de su nariz intensificándose a medida que crecía su enfado, casi perdido en el enorme asiento en el que se aposentaba, su mal humor iba en aumento a medida que aumentaban en su interior las dudas sobre el caso que se le presentaba.
Más a la derecha, en el asiento del extremo, se revolvía inquieto Migan Ark, al que Mafer ya conocía de su visita al hospital. Su opinión sobre él había ido variando desde entonces; a lo largo del juicio demostró ser muy minucioso, y más de una vez retornó a un mismo tema para volver a analizar todos los puntos hasta que le quedaron claros. Su naturaleza intranquila ponía nerviosos a aquellos que escuchaban su aguda y siseante voz, mientras contemplaban ese interminable roce de sus manos girando una y otra vez sin descanso.
Su colega en el viaje al hospital, Enan Vad, ocupaba el sillón situado a la izquierda del presidente del tribunal. De los cinco era el más peligroso, siempre sediento de sangre hereje, amable en el trato con los inculpados, de voz cálida y hablar lento. La nariz acompañaba sus frases en un gracioso subir y bajar que distraía la atención de sus interlocutores cuando le miraban, apartando su mente de otros asuntos más importantes. Entre tanto su cerebro analizaba cada palabra y cada gesto retorciendo las intenciones, hallando un doble sentido en todo, midiendo los pasos de los acusados hasta la tumba. Su juego no era nuevo para Mafer; este tipo de gente era bastante común, por lo que cuando lo descubrió no se preocupó demasiado por él, era seguro que le consideraría culpable antes de conocerle.
El quinto juez, sentado a la izquierda de Enan, era Alar Ant, un hombre de aspecto atlético y juvenil que parecía practicar la máxima de men sana in corpore sano. Su edad ya sobrepasaba los cuarenta años pero su apariencia era veinte años menor: una expresión de media sonrisa, con sus escasos 175 cm. de altura, sus ojos azules y su recortado pelo castaño le conferían el aspecto de un universitario recién escapado de alguna universidad religiosa del lugar. Alguna vez su ímpetu lo levantó de su asiento y su voz tronó en la sala de tal forma que casi se temió por la solidez del recinto. Su firmeza era inquebrantable y nada le hacía cambiar de opinión.
Con el transcurrir de los días los interrogatorios se fueron espaciando en el tiempo mientras se verificaban todos los datos que comunicaba el convicto. Una mañana, por fin, empezaron a preguntarle sobre el tema que le había llevado a donde se encontraba.
-¿Es cierto que a usted se le regeneró de la nada el brazo izquierdo que un aeromóvil le había arrancado en un accidente? -inquirió Alar Ant con esa media sonrisa que le confería su aspecto de juvenil inocencia.
-No -contestó Mafer esperanzado de haber entrado ya en el tema y no deseando dar pie a nada más con su respuesta. Si querían algo lo tendrían que buscar.
-¿Niega acaso la regeneración de su brazo, que pueden atestiguarla los dos doctores que le atendieron y tres enfermeras más que le cuidaron? -atacó ahora Enan Vad.
-No, no niego la regeneración, niego que sea de la nada.
-Entonces, ¿de dónde salió el brazo? -volvió sobre él Enan.
-Del resto de mi cuerpo y del alimento que me proporcionaron en el hospital, del mismo sitio de donde renace la carne que cierra una herida abierta.
-Pues a los demás enfermos los cuidan igual, -intervino Rabra Mar- y ninguno hasta ahora, que yo sepa, ha creado de nuevo ninguna parte de su cuerpo que Dios haya decidido quitarle.
-Eso seguramente es cierto. Pero yo puedo hacerlo -afirmó Mafer esperando ya la siguiente pregunta.
-¿Y por qué usted sí y los demás no?, ¿qué tiene usted de especial? -preguntó Migan Ark, que había estado callado atendiendo al camino que tomaba el interrogatorio.
-No lo sé. Sólo sé que tengo este don, que Dios me lo dio...
-¡Cómo?, se atreve a afirmar la presencia de Dios en su persona. ¿Cómo se atreve a blasfemar de esta manera delante de un Tribunal Inquisidor representante de Dios? -exclamó exaltado Alar Ant desde su sillón de la izquierda poniéndose en pie.
-No señor, no estoy afirmando la presencia de Dios en mí, les estoy diciendo que tengo un don, y como tal, creo que el único capacitado para otorgarlo es Dios.
-¿No querrá confundirnos afirmando que viene de Dios lo que ha conseguido haciendo un pacto con Hijar? -acosó de nuevo Enan clavando sus verdes, y ahora afilados ojos en los de Mafer.
-Yo no he hecho ningún pacto con el diablo, no tengo ningún motivo para hacerlo -aseguró nervioso Mafer. El interrogatorio iba por donde él esperaba, pero por mucho que lo había aguardado, nunca se está preparado para algo así.
-¡No tiene ningún motivo, no tiene ningún motivo! -se mofó Rabra Mar sonriendo irónicamente con sus dientes perfectamente alineados mientras se revolvía en un asiento que parecía sobrarle debido a su exiguo metro y medio de estatura-. Pretende hacernos creer que la inmortalidad no es ningún motivo. ¡Es el más viejo de los motivos!
-¡Pero yo no soy inmortal!
-¿Ah, no?, ¿Y que puede matarlo, si su cuerpo se regenera? -preguntó rápidamente Migan Ark.
-El tiempo, que me quemen vivo, que me congelen,... yo que sé, hay mil formas de morir. Me mata lo mismo que a los demás mortales, -Mafer estaba angustiado y sintió la necesidad de hablar- aunque espero que no me ocurra nada y me muera de viejo, como casi todo el mundo. Lo único que pasa es que tengo la particularidad de que mi cuerpo se regenera, ¿hasta que punto?, no lo sé, ni quiero hacer la prueba, no quiero saber cuál es el límite de mi don. Porque duele, sí señores, duele mucho, no se pueden imaginar ustedes el sufrimiento que hube de pasar para reconstruir de nuevo el brazo. Si se lo contaron los doctores, les habrán dicho que consumí el triple de alimento y que mi cuerpo necesitó gran cantidad de energía para activar la regeneración de mis células. ¿Cómo actúa?, tampoco lo sé, sólo sé que sucede y que no es fácil. Y si esto es un pacto con Hijar, creo que he salido perdiendo, y por mucho; con bastante menos trabajo tendría un brazo biónico totalmente nuevo e indistinguible del original a simple vista.
Cuando terminó, el silencio pareció inundar la estancia. Mafer se hundió en su asiento y agachó la cabeza. Estaba cansado y era casi seguro que nada de lo que dijese serviría. Parecía tarea imposible el conseguir que se quitaran la venda de los ojos; con todo, no podía evitar que le perdiesen los nervios.
Por su parte Labug, que había permanecido en silencio todo el interrogatorio, decidió suspender la sesión hasta el próximo día, sin más comentarios.

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