La Memoria de la Duda (9/13)

9.- "Siempre lo mismo"

Los meses siguientes las indagaciones discurrieron por caminos similares, las argumentaciones se repetían una y otra vez: El Padio, la inmortalidad, el envejecimiento, Dios e Hijar, cuál era el límite de la regeneración, por qué él sí y los demás no, cuál había sido su pacto con el Maligno, qué méritos había acumulado en su vida para ser un elegido... Mafer se derrumbaba poco a poco, la investigación se le hacía cada vez más pesada, y las noches en la prisión eran demasiado solitarias. Su mundo se había visto reducido a los cinco eclesiásticos, la sala donde se reunía con ellos, su mazmorra y el camino que las unía; escaso espacio para un viajero acostumbrado a los cielos abiertos y al vacío infinito. Todo parecía creado para reducirle a un solo punto sin dimensiones. La tensión parecía haber llegado al límite.
Fue entonces cuando le sometieron a la prueba.
En el sexto mes de su aislamiento, el tribunal, harto de testimonios de segunda mano, decidió ser testigo presencial en la regeneración de Mafer. Hubo muchas discusiones entre los cinco religiosos para decidir cual sería la parte del cuerpo que someterían al experimento, y al final optaron por el pie derecho y la oreja izquierda. Mafer lloró implorando que no le volvieran a hacer pasar por el mismo sufrimiento otra vez. Afirmó de nuevo entre súplicas la veracidad de los testimonios y los hechos por los que se le tenía preso.
Pero no escucharon sus ruegos, y el mes y medio siguiente lo pasó postrado en una cama regenerando sus miembros amputados bajo la vigilancia de los mismos médicos que ya le atendieran en el hospital. La oreja le volvió a crecer en cinco intensos días de fiebre y sufrimientos, el pie le tardó otros quince días más. Debido a lo precario de su salud antes de la mutilación, el esfuerzo que hizo su cuerpo para recrear las partes cercenadas de su cuerpo fue extremo. Este gasto de energía le supuso la pérdida de diez kilogramos de peso, y otras tres semanas de intensos cuidados para recuperarse casi totalmente.
Durante todo este proceso Mafer fue grabado y los magistrados hicieron tres turnos diarios para que siempre estuviera uno de ellos junto al reo observando personalmente su evolución. Alguno fue testigo del sufrimiento, otro contempló las trampas de Hijar para llevarles al abismo, y algún otro simplemente vigiló y no entendió muy bien ni el proceso ni los propósitos del Señor.
Por otra parte se aprovechó para conectarlo a todos los aparatos posibles. Se medía su temperatura, sus pulsaciones, sus ondas alfa, la intensidad de la corriente eléctrica que producía su cuerpo, etc. Y fue precisamente esta energía generada por su organismo la que impidió unos resultados concluyentes: cuando el cuerpo inició su producción energética y material algunos aparatos estallaron sin explicación aparente, otras conexiones se fundieron, varios cables se quemaron y aquellos instrumentos que resistieron dieron medidas absurdas debido a las fluctuaciones de esa actividad de origen desconocido que recuperaba la entereza de Mafer y lo protegía en el proceso. Hicieron un par de intentos más, pero sucedió lo mismo que la primera vez, y no les fue posible obtener datos fiables de las constantes de Mafer mientras duró la evolución regenerativa.
Además de realizar el seguimiento del desarrollo de Mafer, estas seis semanas les sirvieron a los jueces para recopilar la información y poner en orden sus ideas contrastándolas entre sí. Fue la primera vez que se enfrentaron los dos bandos abiertamente: los gritos se escuchaban allí donde se reunían las facciones opuestas y los rumores empezaban a circular cada vez más entre la gente de la calle.
Cuando todo finalizó los cinco inquisidores continuaban divididos: Migan Ark y Rabra Mar seguían pensando que podía ser un don divino y coincidían en el misterio de los propósitos de Dios que a ellos no se les alcanzaba; en el otro bando estaban Alar Ant y Enan Vad, que creían ciegamente en la culpabilidad del reo, en un pacto con Hijar, y en que debía ser desintegrado para salvaguardar la comunidad; en medio de los dos grupos se encontraba el Inquisidor Jefe, que varió su juicio de la certeza de la culpabilidad de Mafer y su alianza infernal, a la duda sobre el criterio de Dios a la hora de otorgar sus dones y la posible inocencia del inculpado. Labug sabía que en su voto estaba la fe, el futuro de su confesión, que fuera cual fuese su elección esta crearía una división interna entre su gente, y quería que su decisión fuese la correcta. El estricto texto de El Padio parecía condenar al acusado, pero su conciencia y su corazón, unidas a la actitud del extranjero, le dictaminaban su inocencia.
Otra vez volvieron durante meses a atacar los puntos oscuros de los debates, las dudas que había en el aire; pero las ideas eran las mismas y los argumentos se repetían una y otra vez. Sólo cambiaba el punto de partida, el experimento en vez del accidente; exigua diferencia que los hacía retornar a las mismas conclusiones personales de siempre. El tiempo avanzaba sin sentido, sin una luz al final del túnel. De esta forma transcurrió más de un año en el que se verificaron una y otra vez los testimonios de Mafer y se pidió confirmación de todo. Añadido a esto estaban las tensiones internas creadas entre los dos bandos de inquisidores, con un Labug indeciso en medio, lo cual se hacía sentir en todas las reuniones que mantenían los jueces religiosos para deliberar sobre los testimonios del acusado.
No se llegaba a nuevas conclusiones, parecían existir tantas razones a favor como en contra; todo dependía de quien leyese los hechos. Iba a ser la primera decisión dividida en el último siglo, pero no había más y Labug lo sabía; poseían todas las pruebas, testimonios y datos existentes sobre el caso. El círculo se había completado. Como jefe del tribunal, Labug Ram dio por terminada esta fase del proceso.
Así dio comienzo la etapa de reflexión individual en busca del apoyo divino para tomar la decisión correcta. Este período duraría un mínimo de treinta días y un máximo de setenta según establecía la ley, y los magistrados no volverían a verse hasta el día del veredicto. También era considerado como tiempo de reflexión para el inculpado y de preparación para su último testimonio antes de la sentencia. Mafer casi se volvió loco los cincuenta y siete eternos días de absoluta soledad y vacío que tardó en decidirse el último de ellos.
Lentamente, casi con desgana, llegó el último día, el día de la argumentación final del acusado. Un puro formulismo en la mayoría de los casos, no obstante Mafer sospechaba que en este podría ser lo que decidiese su salvación si aún quedaba algún asomo de duda en uno solo de sus jueces. Esperaba que fuese el primer día del resto de su vida.

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