Nunca llueve a gusto de todos

En el departamento estábamos pasando una época muy holgada de trabajo, habíamos acabado los proyectos hacía tiempo y no nos llegaba ninguno nuevo, así que aquella mañana cuando me convocaron a la reunión casi estuve agradecido. El departamento lo formaban tres técnicos informáticos aparte de mí; y yo, que era el jefe, me encargaba de coordinar los trabajos y organizarlo todo para que estuviera a tiempo. Mañana tras mañana, en los últimos días, estaba viendo como las horas pasaban entre mis tres subordinados leyendo el periódico o jugando con el ordenador. Esto me animó, si cabe aún más, cuando me dirigía a la sala de reuniones. Sin embargo, cuando salí de allí no lo estaba tanto: el trabajo era algo sencillo que sólo ocuparía el tiempo de uno de ellos, mientras que los otros seguirían igual de aburridos.
Cuando llegué al despacho llamé a Juan, que yo creía que era el más indicado para hacerlo.
—Dime jefe, qué tienes para mí.
Le expliqué el encargo y su rostro fue mudando hacia un disgusto contenido.
—¿No había otro para dárselo? —ironizó.
—Creo que tú eres el más adecuado —le espeté intentando parecer aséptico.
—No, si yo no digo nada, tú eres el jefe. Pero no había otro ¿no?
Sin darme tiempo a responder me dio la espalda y salió del despacho.
Como mi asombro no daba crédito, decidí tomarme un café en la máquina. A los dos minutos aparecieron sus compañeros con la misma cantinela:
—¿No había otro para dárselo?
—¿Qué? —pregunté creyendo no haber oído bien.
—No, nada, tú eres el jefe. Tendremos que seguir aburriéndonos otra temporada más.
Aquella mañana me encerré en el despacho y no volví a hablar con nadie.