Dualidad


Silencio.
El auditorio expectante.
Una persona subida en una tarima. Los focos le iluminan. El atril le oculta medio cuerpo.
El resto son tinieblas.
El ruido del motor del aparato de aire acondicionado eleva un murmullo por encima de los pensamientos. Alguien arrastra una silla; alguien enciende un cigarro y una diminuta bengala alumbra su rostro de color carmesí; alguien golpea con el lapicero sobre la mesa a intervalos regulares y, de repente, se detiene.
Otra vez el silencio.
Un leve carraspeo atraviesa la sala, surge desde los altavoces en todas las direcciones. El roce del papel contra el papel. El golpeteo del canto de las cuartillas apiladas contra el metacrilato. Breves segundos más tarde una voz lánguida, arrojada desde el micrófono, cubre todos los rincones y acalla los ruidos.
Sólo una voz. Un único sonido monocorde.
En la penumbra: uno.
Uno entre todos no escucha al orador que hay sobre el estrado. Uno entre todos sonríe feliz.
Físicamente permanece en su asiento, cualquiera podría acercarse y tocarlo. Está sentado entre el resto de oyentes, inmóvil. Sus ojos llevan la dirección correcta pero no ven, sus oídos parecen atentos y sin embargo no oyen: su mirada es vacua y su oído sordo. La temperatura de su cuerpo ha descendido varios grados. El tacto es frío, desabrido.
La oscuridad es su aliada.
Él se lo agradece y escapa, flota entre ella y las decenas de figuras que permanecen estáticas como maniquíes en un escaparate, con su atención fija en aquel al que las luces muestran en su individualidad. Marcha más allá de las paredes que lo oprimen, del escueto espacio que lo confina, de la habitación que lo reduce a ser otro más entre aquellos pobres ciegos imposibilitados para ver todo lo que no les muestren sus ojos. Planea, se extiende, y se dirige hacia ninguna parte y en todas direcciones, independiente, emancipado de las ataduras de un cuerpo que le sujeta a una realidad efímera y temporal.
Llega al mar y viaja con las olas, se sumerge y renace con cada nuevo envite; el aire lo transporta volando a través de las aguas salobres, cruza la espuma blanca y sumisa, siente la sal en las venas como una nueva sangre, forjada, licuada golpe a golpe en la fragua de Vulcano. La brisa, mezcla de aire y agua, de sal y oxígeno, fresca y sabrosa, le quiere y juega con él en un juego sin fin, se hunde con él, lejos, en el horizonte. La tierra le entrega sus frutos jugosos en un abrazo de amor, fundido por un fuego abrasador y tierno como sólo una llama puede ser cuando se la conoce y se la siente en toda su plenitud.
Se sabe libre.
Se siente libre.
Es uno más con los elementos.
¿Cómo explicar las sensaciones y los sentimientos al apreciar una a una las moléculas del aire, de la tierra, del agua, del fuego? ¿Cómo contar que se conocen uno a uno los átomos y sus nombres, su estructura y disposición? ¿Cómo describir los miles de colores y sabores de lo inmaterial? ¿Existen palabras para referir todos y cada uno de los órdenes?
¿Acaso el habla fue creada para algo más que para entorpecer el mensaje?
Único en el universo, transmutado y feliz, feliz como nunca lo había sido, feliz como nunca nadie podrá serlo.
Sin embargo, llora.
Siempre irreconciliables: felicidad y vacío, amor y soledad.
¿Qué es la felicidad sin compartirla con nadie?
Único. Solo.
¿Quién comprenderá la caricia del aire mientras te traspasa, mientras te posee? ¿Existirá alguien que sepa del éxtasis máximo al fundirse una por una las partículas más elementales con el Todo y ser uno con Él? ¿Podrá alguna vez compartir esta magia con alguien para alcanzar juntos el arrebatamiento? Quizás en alguna parte viva aquel a quien no conoce, aquel que sabe de su dolor porque él vive el mismo sufrimiento, que experimenta su misma alegría porque él también se fusiona con el Todo.
Pero no cree en ello, se habría enterado, habría notado su presencia nada más existir. En el fondo de su corazón sabe que no hay nadie más, aunque siempre abrigue una pequeña esperanza de que algún día...
Tristeza.
Soledad.
Vacío.

La luz se enciende. Traicionera y arpía regresa en un alarde de poder. Las sombras se retiran tímidas a dormir escondidas tras los objetos.
Él cae en picado, entra en barrena: se hunde en la fosa más negra y tenebrosa. El dardo de luz le hiere, cual Ícaro, y apaga el brillo de la noche para obligarlo a regresar a la calígine del día.
Ahora es otro más entre la multitud que aplaude al orador que acaba de finalizar su exposición. Él también entrechoca las manos una contra otra, una y otra vez. Se descubre en el movimiento y se siente parte de los allí presentes, repite con ellos gestos y balanceos aprendidos con anterioridad. Comparte la unidad con la multiplicidad.
Ya no está incomunicado.
No se siente solo.
Experimenta el agradable abrigo de la compañía y la amistad, se funde en su calor. Es capaz de transmitir sus anhelos, de hacer partícipes a los demás de sus realidades mundanas, de compartir su vida.
Es agradable sentirse querido por otros.
Pero dentro de sí llora.
Nada puede llenar el hueco que ha dejado con un sello de plomo la percepción plena. El aire ya no le habla, ya no le susurra caricias en el interior, ya no le acuna como haría con la última hoja caída en el otoño. La tierra no le abre sus frutos para integrarle con las aguas y mecerle en comunión. Y el fuego lo ha abandonado no dejando ni el más mínimo rescoldo de lo que fue.
El mar está lejos, muy lejos, allá afuera, tras las ventanas, fuera de la sala, en otra ciudad, en otras tierras, tal vez en otro mundo.

Y su dualidad le deja un vacío que nada podrá llenar.