El Ahorcado


Me han abandonado, hace ya bastante tiempo que se han ido y me han dejado aquí solo. No sé calcular cuanto llevo colgado, siento frío en los huesos, quizás sea que el tibio sol otoñal no llega calentar con sus rayos la mañana, o quizás sea que mi pobre corazón ya no es capaz de bombear la sangre como lo hacía antes. En cualquier caso yo sigo en el árbol igual que un fruto que nace, madura y, tiempo después, cae a tierra para dar lugar a una nueva planta, imposibilitado para hacer otra cosa que no sea balancearme suspendido de una soga, mientras espero el momento en el que todo acabe y cumpla así con el ciclo natural. Por un instante descubro como la cuerda nos une al árbol y a mí en un solo ser, como nos conecta al igual que lo hace el conducto umbilical entre la madre y el hijo, y experimento una metamorfosis que hace que su savia circule por mis arterias y mi sangre por sus vasos fortaleciéndonos mutuamente. Pero la comunión tan sólo se mantiene unos escasos momentos, en seguida vuelvo a la realidad, vuelvo a estar ahorcado.
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Llegamos al amanecer en un carromato casi fósil de dos ruedas, arrastrado por un par de jamelgos estropeados por los años y el trabajo acumulados sobre sus lomos. Mis captores me vigilaban y, aunque no podía verlos pues mis ojos estaban vendados, sentía sus miradas férreas sobre mí. Ninguno habló, su silencio me acompañó desde la partida, todavía nocturna, hasta el final del trayecto. Mi final.
Poco o nada sabía, y aun ahora sé, de mis verdugos. Durante años vivimos colindantes, fuimos unos desconocidos que ocupaban tierras fronterizas: ellos hacían su vida y yo la mía, sin molestarnos, sin hablarnos, casi sin sentirnos. No obstante, tampoco me es extraño su comportamiento, hace tiempo que esperaba algo así. Antaño contemplaba desde la distancia la vida de mis vecinos, veía como trabajaban la tierra, cuidaban de sus animales, de sus hijos y de sus familias, y veía como se les estropeaban cosechas, morían animales, familiares y amigos… Y la vida continuaba. Pero de un tiempo a esta parte las mujeres y los niños se escondían, los hombres evitaban estar solos y parecía como si la tristeza, la envidia y la desconfianza se hubieran hecho dueñas de sus corazones. Creo que algún tipo de fanatismo había decidido anidar en la población, incluso aquí, en esta tierra perdida. Es por eso que no me resistí, porque mi fe en el hombre estaba muriendo y porque esperaba la captura como un algo libertador del mal que apena a mi ser.
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Entraron en mi casa en un arrebato, como un vendaval traído por Eolo para castigarme con su furia. Nada quedó en pie. Destrozaron todo cuanto hallaron a su paso: la puerta quedó hecha astillas; descolgaron los cuadros de la pared y los rompieron sobre los muebles; los jarrones que con tanto amor atesoré con el paso de los años quedaron hechos añicos en tan solo unos pocos segundos; las lámparas cayeron al suelo con gran estrépito; sillas y mesas volaron por los aires y fueron a estrellarse contra la pared, que se encargó de devolver los golpes esparciendo sus pedazos por todas las habitaciones. Mis recuerdos, mis libros... todo pereció pasto de las llamas. Al tiempo que me subían al carro pude apreciar como todo mi pasado ardía, esa fue la última imagen que me permitieron contemplar antes de nublarme la visión colocando un trozo de tela entre mis ojos y el mundo: la pira funeraria, cegadora contra el negro fondo de la noche, destruyendo, aniquilando todo lo que quedaba de mí en este lado de la vida.
Poco a poco el crepitar de las llamas se fue acallando con la distancia y de fondo reinó el sonido de algún que otro animalillo despistado y el crujir monótono de las ruedas oxidadas al girar una y otra vez sobre el eje desvencijado. A intervalos casi regulares los pencos resoplaban y sus cascos aplastaban las hierbas del camino a su paso, los varales gemían y amenazaban con romperse y quebrar las tablas que nos sostenían, empero se resistían a dejarse vencer por nuestro peso y los innumerables viajes que arrastraban ya a sus espaldas. Parecía un carro tan viejo como el mundo, confeccionado con maderos robados al primer bosque.
La noche era húmeda y el rocío se dejaba sentir sobre nuestros ropajes y nuestros huesos, en vano traté de buscar calor y únicamente encogiéndome conseguí guarecerme un poco del frío. Nadie se apiadó de mí y me ofreció una manta, nadie se movió, tan solo el viento, indiferente a todos nosotros, ululaba entre las hojas de la arboleda acrecentando con su rumor la sensación gélida que provocaba en su constante vagar.
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Hace ya muchos años llegué a estas tierras huyendo de mi pasado en un viejo barco. Yo era el único ocupante del navío, el único que subió en un puerto lejano al abrigo de las sombras de la noche, y el único que después desembarcó en una tierra extraña. Largas fueron las noches en las que cargué el barco con mi historia amparado en la soledad nocturna, con la luna y las estrellas como únicas observadoras de mis viajes, de mis idas y venidas desde el que había sido mi hogar hasta el navío que me permitiría escapar de mi eterna condena. Estibé muebles, libros, cuadros, recuerdos, y toda una vida que me había enseñado a prescindir de lo innecesario y a atesorar lo verdaderamente importante para el cuerpo y para el espíritu. Y una noche de luna nueva con el mar en calma partí hacia el horizonte en busca de un lugar donde descansar.
Durante días luche contra las tormentas, los vientos y las corrientes, sin un destino fijo, pero con una idea en la cabeza: siempre recto, siempre hacia delante, cualquier puerto sería mejor que el que dejaba atrás. Al final el cansancio hizo mella en mí y decidí dejarme llevar por el azar, puse el barco al pairo a la espera de que las corrientes marinas decidiesen mi rumbo, y una mañana desperté con el barco varado en una playa.
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Ahora solo me queda esperar, tengo las manos atadas tras la espalda, los ojos aún permanecen vendados, me llenaron la boca con un trozo de tela y después la amordazaron, me unieron los pies con una cuerda, y me elevaron sobre el suelo con una soga que rodea mi garganta y pasa sobre una de las ramas más altas y robustas del árbol. Pero todavía puedo oír, puedo escuchar el amanecer de los pájaros cantando alrededor y el eco sordo de algún pueblo lejano que despierta a los albores de un nuevo día. Y puedo percibir como el sol sube en el horizonte y calienta un poco más a cada minuto mis maltrechos huesos, es un calor reconfortante tras el frío nocturno. La luz atraviesa el pañuelo que cubre mis ojos: el nuevo día ya ha nacido.
Y yo sigo aquí, esperando. Esperando que alguien se aproxime, se compadezca y me descienda. Esperando que el escaso aire que soy capaz de llevar a mis pulmones sea insuficiente y termine mi agonía. Esperando que ocurra algo. Cada vez me cuesta un poco más respirar, imposibilitado para inspirar por la boca y con la nariz algo taponada por el rigor nocturno, una y otra vez he de sufrir la agonía de resollar, de henchir los pulmones mientras jadeo de forma agónica. Esperando ese momento en el que las fuerzas ya no responderán y no podré volver a inhalar el soplo de vida por el que tantos esfuerzos hago. Sin embargo, aún me agarro a la vida con toda la energía que tengo, creo que es mi propio instinto el que tira de mí, el que aún me ofrece una esperanza y me dice que si alguna vez tuve una culpa ésta ya quedará pagada con este sufrimiento.
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Pensé que alguno de ellos permanecería a mi lado hasta el último momento, pero puedo sentir que no, cumplida la sentencia se han marchado confiados en que pronto llegará mi muerte. Nadie quiere permanecer a mi lado más tiempo del necesario, ni aún en estas circunstancias. Escuché sus pasos trémulos hasta la carreta, y luego los gemidos de ésta al bajar la ladera por la que momentos antes ascendimos, será la única que llore mi ausencia. No se quedó ninguno de ellos, después no he oído ni sus pasos ni sus respiraciones, es seguro que me han abandonado a mi fatídica suerte.
Debo estar en el bosque del monte que había frente a mi casa, el viaje no duró mucho, apenas diez minutos, el tiempo suficiente para que el ambiente se expresase a sí mismo en el silencio, para sentir el tormento de aquellos hombres que me conducían al cadalso. El suyo no era un acto de odio, era una obligación, una necesidad impuesta. No puedo odiar a quien no me odia.
Este bosque no está situado en los caminos transitados por aquellos que habitualmente marchan hacia algún pueblo o a alguna casa, no suele pasar nadie por él. Lo recuerdo como un lugar umbrío, húmedo y solitario, es seguro que me hallo en aquella explanada que se encuentra situada en medio de la arboleda, me llegan la luz y el calor del sol. Sí, ahora soy capaz de evocar el roble que se alzaba majestuoso en medio del claro que hay en la cumbre. Ahí, en su rama más fuerte es donde ahora me cimbreo suspendido de la soga. Casi puedo ver la escena: el viejo roble que preside la floresta desde la cima, aquel al que pocos se aproximan, en especial de noche, temiendo perder su alma en manos del diablo o de alguna bruja que habitan tras de su corteza. Sus brazos son nudosos y firmes, resistiendo el envite de los años, luchando horizontales contra la gravedad y venciendo en el pulso. El tronco ancho, pardonegruzco y agrietado como la tez de los viejos, vertical hasta el infinito y orgulloso como sólo puede serlo aquel que ha vencido a la muerte. Y yo, lucho contra la dama negra a la que él derrota, amparado con su presencia y su savia, oscilo con el viento al mismo ritmo que sus hojas cobrizas que se resisten a abandonarle aun a sabiendas de que es su destino. El tímido sol otoñal nos señala con sus rayos y alarga nuestras sombras hasta la espesura que nos rodea mientras contempla el drama de la vida más por curiosidad que por verdadero interés, aburrido ya de ver como se repite a diario el ciclo, sin más novedad que un triste cambio de personajes con el mismo papel.
Los ruidos y olores de la algaba me rodean y me acompañan. Nunca había experimentado así a esta tierra, imposibilitado para verla y sentirla bajo mis pies, advierto aquello que anteriormente me estaba vedado, los dones que antes ocultaban mis otros sentidos. Los aromas son nuevos para mí con esta claridad; hasta hoy los percibía entremezclados con imágenes, difuminados entre un millar de sensaciones. Pero es ahora cuando los comprendo: abedules y bayas, hierbabuena y helechos, castaños, zorros, jinetas, ardillas... todo tiene un nuevo significado. También escucho sus mensajes ocultos: oigo el ruido de la ramas y las hojas al ser mecidas por el viento y caer, y a las ardillas saltando por entre la hojarasca, y a los topos horadando el suelo.
Pero las sensaciones se pierden. Y no viene nadie. No distingo sus pasos entre el follaje, el viento no me trae su olor, el bosque no me quiere mostrar a aquel que ha de salvarme. Y mi tiempo se acaba.
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Con el barco encallado pensé dejarme morir allí mismo, cansado ya de huir de los hombres y de luchar contra la naturaleza. Durante algunos días permanecí resguardado en las sombras del camarote, sin moverme apenas mas que para beber algún que otro sorbo de agua, mientras aguardaba que la muerte acabase con mis sufrimientos. Sin embargo aquello obró el efecto contrario al esperado y encendió mi ánimo de seguir con vida, quizás el reposo y la paz que allí experimenté hicieron que mi fe en la vida retornase con nuevos bríos.
Poco a poco desembarqué mis posesiones al tiempo que buscaba un lugar donde hacer una casa, mi hogar, un lugar donde instalarme y vivir. La soledad de aquel paraje hizo que albergase la esperanza de un mundo sin hombres, de una vida sin odios ni rencores, sin persecuciones, sin vencedores ni vencidos. Con los años me hice un hogar donde atesoré objetos sin valor que señalaban mi paso por la vida, que marcaban los pequeños momentos destacados que quería guardar entre mis recuerdos. La rutina y la monotonía me dieron una seguridad que había olvidado.
Cuando llegaron el recelo hizo que nos mirásemos indecisos desde la lejanía. Jamás se acercaron, no sé si yo era un dios o un demonio para ellos, pero se instalaron con temor a cierta distancia sin atreverse a acercarse. El tiempo todo lo cura, y su paso inexorable hizo que abandonaran las guardias y vigilancias y que nos acostumbráramos los unos a los otros. Su vida fue fuente de distracción para mí rutina, y seguro que yo también aporté algo a sus vidas sin saberlo.
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El viaje fue incómodo: encogido en el suelo del carromato, zarandeado todo el camino, temblando de frío, sólo cubierto con la escasa ropa que llevaba puesta en casa antes de que me secuestraran, en silencio, privado de los sentidos. No obstante, yo estaba resignado a mi aciaga suerte y eso me hacía menos sensible a mi situación.
Al llegar al lugar donde ahora me encuentro me descendieron del carro, y andando me llevaron junto al árbol, junto al viejo roble solitario, de ramas rugosas y ancestrales, de soberbia figura y alma noble, que surge en medio de la arboleda, en un vacío que ningún otro árbol se atreve a ocupar por miedo a despertar al fantasma de tan recio abolengo. Hijo de aquellos consagrados a Zeus, Júpiter y Donar, de aquellos venerados por los pueblos celtas, germanos y eslavos, y de aquellos que celebraban la victoria junto a los generales romanos entrando triunfales en Roma. No soy digno de tener sepultura junto a tan noble señor, si bien no puedo negar que me reconforta su compañía.
Después de atarme los pies escuché el sonido del roce de una cuerda con las ramas del roble, y seguidamente la colocaron alrededor de mi cuello. Ajustaron su circunferencia al perímetro de mi pescuezo, atirantaron la maroma desde el otro extremo mientras yo notaba la presión sobre la traquea, y sus impulsos me elevaron sobre el suelo para dejarme suspendido en el aire, con la cuerda como único sostén. Los músculos de mi cuello se tensaron y mi garganta se esforzó en mantener unidos cabeza y tronco, que parecían querer separarse; la traquea resistió sin quebrarse y el respirar se convirtió en un nuevo trabajo; al tiempo, mi cuerpo se afanaba en buscar un nuevo punto de apoyo para liberar al cuello de la tarea de sostenerme. Me movía como un pez recién sacado del agua queriendo escapar, pero el esfuerzo no hacía sino empeorar la situación y pronto lo comprendí, me detuve y me quedé lo más inmóvil que pude intentando aliviar mi sufrimiento en la medida de lo posible.
Y allí quedaron estáticos, paralizados por algún extraño influjo, contemplando mi penduleo durante algunos minutos. Al poco rato murmuraron algo –fue la primera y única vez que escuché el rumor de sus voces–, subieron en el carro y marcharon ladera abajo conducidos por la pareja de animales de tiro que nos había subido escaso tiempo atrás.
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Una ardilla valiente se ha acercado hasta la hojarasca que hay al pie del árbol y mordisquea alguna bellota o cualquier otra cosa que haya encontrado allí. Es una cálida mañana de otoño en medio de una floresta dorada en oro viejo en la que yo voy a morir. No la veo, pero conozco esta hermosa tierra en esta época del año, y la recuerdo con toda nitidez. Me gusta el otoño, es una buena estación para pasar a la otra vida, es una buena señal fallecer junto con este bosque, a la vez que él, en este tiempo en el cual el verdor ha desaparecido para dejar paso al esplendor de los tonos ocres, tostados y pardos con los que nos dice que no piensa volver hasta la próxima primavera, esa que yo ya no veré.
Pensé que frente a frente con la muerte en estos últimos momentos el pánico se apoderaría de mí. Pero no, me encuentro en paz y siento su llegada como la aparición de una isla tras un largo naufragio, como si en este segundo viaje por fin vaya a encontrar las tierras que buscaba. En esta noche han sucedido muchas cosas dentro de mí. Siento como si el noble árbol que me acompaña me hubiera cedido parte de esa extraña nobleza, y en la lucha contra la muerte he descubierto el placer de la misma. Deseo dormir en sus brazos. No quiero luchar más...