La Memoria de la Duda (2/13)

2.- "...O el odio más fuerte que el dolor"


Mafer Gom también se encontraba solo, él era el preso; sin embargo no tenía dudas, estaba seguro de sí mismo y de sus creencias, era lo único que poseía, lo único que le habían dejado. Dando cortas vueltas en la triste "celda de reflexión", donde el reo debía reconsiderar su postura herética mientras durase la vista, rememoraba las últimas sesiones del interrogatorio, veía claramente los cruces de mirada con los otrora ojos de hielo del Inquisidor. El examen de esos fríos ojos azules había hecho tambalearse, e incluso confesar, a más de uno; pero no recientemente, ya no mostraban esa seguridad en sí mismos. Quizás nadie más lo había advertido, sin embargo él sí lo vio, notó como nacía la incertidumbre en la gélida pared cristalina, como desviaba la vista y se abstraía, como reflexionaba, y poco a poco fue naciendo, creciendo y tomando forma una ligera esperanza, tal vez quedase aún alguna expectativa de conservar la vida.
Se tumbó en el termosuelo buscando el calor que le negaba la celda y que éste expelía solamente para calentar un poco los pies y que no se congelaran. Abrazado así a la tibieza escasa que podía conseguir, consideró las posibles alternativas: no podía negar ni ocultar su don, por él estaba aquí; escapar de las prisiones de El Planeta de Dios era imposible, nadie lo había logrado en los cinco siglos de existencia de este infierno religioso, y él ya no tenía fuerzas para intentarlo siquiera; esperar el perdón de los Seundi era inútil, no podía cambiar su naturaleza, y por lo tanto, le era imposible reconvertirse y dejar de ser un hereje aliado de Hijar. Su última esperanza estaba en ese asomo de duda que nublaba los pensamientos del jefe eclesiástico; acaso esa era la carta que decidiría la partida. Se arrastró hasta el camastro y tiró las mantas al suelo para arroparse con ellas. Tenía sólo una noche para idear el argumento que lo sacase de allí.
El pequeño bulto que formaba Mafer arrebujado con las frazadas, y el resto de la mazmorra, eran observados desde una habitación contigua por una pareja de guardias que contemplaban indiferentes la teleholografía tridimensional que tenían delante. Mafer se sabía controlado, pero ya se había acostumbrado al "Gran Hermano" en este último año: paseando vigilado, durmiendo vigilado, comiendo vigilado, orinando y defecando vigilado, y hasta una vez masturbándose bajo la sorprendida mirada de sus captores. Jamás lo volvería a repetir. Le costó tres semanas a media ración sujeto con electrogrilletes a la pared como penitencia por su innombrable acto; necesitó quince días más para recobrarse y poder moverse sin dolores con las fuerzas recuperadas. Aún sentía escalofríos cuando recordaba aquello.
El reducido calabozo donde se encontraba era una habitación cúbica de dos metros y medio de arista, con una pequeña cama en un lateral, una flotaluz ingrávida a pocos centímetros del techo y un pequeño eliminador de deshechos de color bronce fijado a una esquina. La austeridad de la mazmorra se veía agravada con la negrura de las paredes, del suelo y del techo, que incitaban a la anulación de los sentidos como camino hacia el arrepentimiento y la búsqueda del perdón. Si a esto se añadían la baja temperatura y el silencio absoluto que reinaban constantemente, lo normal parecía haberse vuelto loco. Únicamente la salida hacía los interrogatorios suponía un cambio en este pequeño y monótono mundo de soledad.
Como activado por un resorte se levantó envuelto en las mantas, necesitaba moverse, estaba inquieto y no conseguía entrar en calor. Esto era bueno por primera vez en mucho tiempo; el frío lo mantendría despierto y alerta para hallar una solución y salvar la vida. Tenía todo en su contra: las pruebas, los testigos y los testimonios; y lo peor es que eran ciertos. No existía falsedad alguna en las declaraciones ni había evidencias falsas o trucadas. Su única vía de escape se encontraba en el corazón del tribunal, en convencer a tres de los cinco jueces de que él no era un hereje, un enviado de Hijar.

La memoria de la Duda (1/13)

1- "El dolor es más fuerte que el odio..."

Soledad. Ese era el único sentimiento que compartían el pequeño Mafer Gom, en su oscura y fría celda, y el gigantesco Labug Ram, en su iluminado y cálido despacho.
Labug Ram sentía la soledad de su cargo de Inquisidor Jefe sentado en su cómodo sillón anatómico, que con unos leves campos magnéticos que lo cubrían conseguía adoptar la forma del cuerpo de su dueño décimas de segundo antes de que se sentara, y en otras pocas décimas calentar la superficie hasta la temperatura corporal de su ocupante. Desde allí, detrás de una maciza y sobria mesa de auténtico nogal, contemplaba la nada ensimismado en sus propios pensamientos. El proceso aún continuaría mañana y él no estaba tan seguro como algunos de los miembros del consejo de la culpabilidad del reo. Le faltaba la fe en su Dios. La fe por la que había ajusticiado a tantos hombres. La fe por la que él era quien era. La fe por la que había luchado y a la que había jurado consagrar la vida. Le faltaba "su fe". ¿Era Mafer culpable de algo que no parecía haber elegido, o era un pacto con el Maligno Hijar la causa de su poder?
Fuera del planeta Labug era conocido por su frialdad y su particular sentido de la justicia, que medía todo bajo el rasero de sus férreas creencias. Siempre imperturbable, los intentos de negociación con él por parte de la Federación habían fracasado una y otra vez por culpa de ese fanatismo ciego. La "fe verdadera" era la única guía válida de la conducta humana, el resto sólo eran vanos intentos imperfectos, o simplemente, burlas de la Verdad, nunca existía el término medio: o es bueno, o es malo, no son posibles las medias tintas. Educado en la disciplina, ya desde su infancia había sido fiel a esta doctrina, con los demás y consigo mismo. Jamás hubiera sospechado que un extranjero infiel y aquella extraña herejía harían temblar un día los firmes cimientos de su credo. Ahora mente y corazón se debatían entre las enseñanzas y los sentimientos del pasado, las dudas del presente, y en cómo su decisión afectaría al futuro.
La mortecina luz del sol, llamado Paz, entraba por la ventana situada en la pared oeste. Otro abrasador día de la estación seca tocaba a su fin. La amplia estancia se caldeaba con los últimos rayos del pequeño astro alrededor del cual giraba el planeta, y los escasos objetos existentes daban un tinte siniestro al lugar proyectando sus alargadas sombras cuales fantasmas negros escapados al pensamiento turbulento del eclesiástico, que absorto en sus meditaciones no había oscurecido los cristales, y diáfanos como estaban permitían pasar el calor, asemejando así la habitación al mismo infierno que predican para los condenados los fieles seguidores de la doctrina de Labug, los Seundi, los Seguidores del Único Dios. Sintiendo las gotas de sudor resbalar lentamente sobre su piel y bajo la pesada y encapuchada túnica blanca, símbolo de su cargo, el inquisidor pareció despertar a la vida e incorporándose se dispuso a nivelar las condiciones del despacho.
-Ventana, penumbra. Climatizador, "on". Luz fría, "on".
Al momento los cristales de la ventana se nublaron dejando la estancia en sombras, seguidamente el climatizador empezó a refrescar el lugar adecuándolo a la temperatura "ideal", programada de antemano, y por fin, el despacho se iluminó desde todas las direcciones con una tenue luz blanca que no creaba sombras. Los cambios en el ambiente despejaron fácilmente los fantasmas de la habitación, no así los de su ocupante que pareció no notarlos.
El despacho, orientado hacia el sur, estaba vacío en sus tres cuartas partes, la otra cuarta parte la ocupaban la despejada y extensa mesa de nogal, el sillón negro de plexocuero situado detrás, y dos pequeños archivos iguales, uno en la pared oriental y otro en la occidental, colocados simétricamente respecto de la recta que unía la camuflada entrada y la gran mesa de despacho. Los archivos eran sencillas imitaciones en polimadera de aparadores de la Tierra Clásica en los que se guardaban los microdiscos virtuales de todos los procesos: los infieles ejecutados en el de la derecha, y los inocentes o arrepentidos -los que habían conseguido salvar la vida- en el de la izquierda. Este esquema mobiliario simplemente imitaba el viejo cuento que se narraba desde hacía casi cinco siglos a los niños de El Planeta de Dios para explicarles las ideas de cielo e infierno, de bueno y malo: "del ardiente infierno -reino del malvado Hijar- situado en el horizonte del Este, donde las almas pecadoras expían sus culpas sometidas a continuos castigos, renace cada día el sol Paz mostrando la posibilidad de la redención, la verdadera luz, con la que guía a las ánimas bondadosas sobre el azul del cielo en su cálido abrazo. Hasta llegar al paraíso del poniente donde descansarán eternamente, contemplando en la oscura y tranquila noche la hermosa luz de las estrellas, que sólo son un pálido reflejo de la grandeza y la magnificencia del Creador y su obra". En consecuencia, la derecha y el levante representan el Mal, mientras que la izquierda y el poniente son la imagen del Bien.
Labug se levantó, cruzó las manos tras su ancha espalda y empezó a caminar lentamente por el termosuelo, a pasos cortos, recorriendo con pausa todo el despacho, marcando con cada zancada el ritmo de sus pensamientos, luchando contra sí mismo, y retornando otra vez al punto de partida, no hallaba respuesta al dilema que se le presentaba entre el inculpado y sus creencias. Esta enorme figura, taciturna y cabizbaja, contrastaba gracias a su blanco atuendo con el oscuro gris monótono de las desiertas paredes, del techo y del suelo de la sala. No obstante, su ánimo no parecía encontrar mejor ambiente que el ceniciento en el que se encontraba.