La Memoria de la Duda (13/13)

13.- "El día después"

El Planeta de Dios volvía lentamente a la normalidad después de más de un año de tensiones internas. La gente de la calle recobraba sus conversaciones intranscendentes y parecía ya olvidado el tema del juicio contra Mafer Gom. La monotonía, la aburrida monotonía reinaba de nuevo sobre El Planeta de Dios; los aeromóviles circulaban igual que carros militares en un desfile bajo el sol Paz, el imperturbable astro que bañaba con su brillante luz todos los rincones, y que asfixiaba con su calor a todos los habitantes hasta hacer casi imposible la vida. La gente deambulaba por las cuadriculadas calles embutida en sus refrestrajes, casi en silencio, de camino a casa de algún amigo, al templo, o simplemente paseando. No ocurría nada, nunca había pasado nada, lo sucedido con Mafer no era más que un recuerdo borroso en algún despistado; las autoridades religiosas se habían encargado de echar tierra sobre el tema, de eliminar las raíces de las herejías, de hacer desaparecer toda referencia que pudiese socavar los cimientos de la fe, y de presentar la causa a la luz pública como un juicio en el cual el reo no se había arrepentido y había sido desintegrado para intentar salvar su alma.
Entre tanto, dos inquisidores habían reflexionado “en la sombra” sobre lo errático de su decisión y, al final, habían sido iluminados por Dios y habían alcanzado la Verdad. Ahora, junto con los otros tres magistrados del proceso estaban reintegrados en la vida social y en sus obligaciones de costumbre.
Durante todo este tiempo, en el hospital un equipo médico se había dedicado casi por completo y en secreto al cuidado de Mafer en tres turnos diarios. Mafer se había ido regenerando poco a poco en este año y medio que había pasado desde que le cortaran en dos mitades, había permanecido inconsciente consumiendo cantidades ingentes de alimento líquido a través de sus venas mientras su corazón, que milagrosamente -quizás por la extraña constitución de Mafer se hallaba situado más a la izquierda de lo normal o quizás él mismo intentando salvarse se había desplazado hacia la mitad zurda de su organismo- se había salvado intacto, bombeaba la sangre en el circuito cerrado que se había formado para alimentar a todo su cuerpo.
En el mismo instante en el que fue dividido en dos, la mitad izquierda de su anatomía empezó a funcionar de modo autónomo clausurando todos los conductos que quedaban abiertos ante la atónita mirada de los doctores, en tanto que su mitad derecha permanecía inerte en la mesa de al lado. Traquea, estómago, hígado, páncreas,... todos los trozos de sus órganos que quedaban en la fracción izquierda de su cuerpo buscaban el método de cerrarse y evitar la pérdida innecesaria de líquidos. Mientras, el corazón enviaba órdenes a las células a través de las arterias y las venas y buscaba todos los caminos posibles para formar un nuevo sistema circulatorio independiente del exterior. Y no paró hasta conseguirlo. El corazón estaba encargado de salvar el cuerpo a toda costa. Él sería después el que se ocuparía de enviar toda la información necesaria a sus células para que activasen la información genética "dormida" y "recordasen" dónde había que poner una célula de hueso, dónde una de nervio, dónde una de músculo... y así reconstruir la mitad perdida.

Después de lo pasado hoy todos los implicados recordaban de nuevo el caso. Hoy era el día en el que Lulop Rev y Gonma Her le habían dado el alta médica a Mafer Gom, y era el día en el que, según la sentencia, debería abandonar el planeta.
En un aerocoche sencillo, indistinguible de la mayoría, viajaba Mafer acompañado por aquellos dos guardias que le siguieron hasta la central de la Inquisición el día que le apresaron. Su automóvil también era escoltado por otros dos aeromóviles de seguridad, mientras en una tranquila sala del espaciopuerto los cinco jueces esperaban la llegada de Mafer para ver personalmente cumplida su sentencia. El auto penetró en el espaciopuerto por una discreta entrada lateral y aparcó cerca de una pequeña puerta. Mafer se apeó del aerocoche lentamente, y seguido por los dos guardias fue conducido hasta la estancia donde le esperaba el tribunal que lo había juzgado.
-Buenas tardes -lo recibió cortés Labug Ram en cuanto se abrió la puerta de la sala y distinguió al otro lado la figura de Mafer.
-Buenas tardes -respondió Mafer.
Quizás alguien esperase algo más, o tal vez comprendieran que el momento les pertenecía sólo a ellos dos, el caso es que nadie dijo nada, todos esperaron que alguno de los dos hablase de nuevo.
-Ya ha llegado el momento, hoy es el día en el que debe abandonar nuestro planeta. Para ello le vamos a proporcionar una nave individual de la última generación que poseemos con combustible y alimento necesario para llegar a cualquier lugar del universo conocido que usted elija.
-De acuerdo, esa fue la sentencia.
Ninguno habló más, no tenían nada que decirse y ellos lo sabían. Llevaron a Mafer hasta su nave y le dejaron allí al mando de la misma, esperando en una sala acristalada repleta de monitores para ver cómo despegaba la nave.
-Hola, soy Mafer Gom. ¿Tienes nombre?
-Mi nombre es Magnus Computer, modelo 345-ind -contestaron los altavoces de la nave con una voz masculina, juvenil y alegre-, pero creo que te será más cómodo llamarme Magnus.
-Bueno, pues, hola Magnus. Si te parece, tú llámame Mafer.
-De acuerdo Mafer. ¿Quieres que te hable formalmente como a un piloto o a un militar, o prefieres algo más coloquial?
-No me encuentro con ganas de formulismos, háblame como te parezca, como te encuentres más cómodo.
-Bien, a mí tampoco me gustan los tratos distantes -pareció vacilar un momento-. ¿Qué hacemos ahora?
-De momento vámonos fuera de este planeta, fuera de su espacio exterior, luego ya veremos.
-¡Oído cocina! -respondió jovialmente Magnus-, me estaba anquilosando aquí parado.
Y tras ponerse de acuerdo con las computadoras centrales del espaciopuerto, despegó suavemente y ascendió por el cielo mientras Mafer contemplaba cómo se iba reduciendo poco a poco la megacatedral de la capital del Planeta de Dios hasta casi desaparecer de su vista, al tiempo que los recuerdos del último par de años se le agolpaban en el cerebro.
-Mafer, ¿tú no eras de ahí abajo, verdad? -preguntó curioso Magnus cuando ya habían alcanzado el exterior.
-No Magnus, no -contestó con cierta tristeza.
-Bueno, ¿y no quieres volver a casa?, sólo tienes que decírmelo y yo me encargaré del resto.
Mafer guardó silencio. Su cabeza era un caos, tenía que poner orden; no podía regenerarse medio cuerpo y esperar que no pasase nada.
-Sabes Magnus, el caso es que no recuerdo de donde vengo. Ahí abajo, como tú dices, me borraron la mitad de mis recuerdos, y esa es una de las partes que he perdido. No recuerdo dónde nací, ni dónde vivía antes de venir aquí, ni siquiera si tengo familia viva. Sólo guardo recuerdos de los dos últimos años, y fragmentos inconexos de mi vida anterior... Es como si a una historia le hubieran quitado escenas y cambiado el orden de las restantes. Me tendrás que dar un poco de tiempo.
-De acuerdo, tu tranquilo Mafer, tómate el tiempo que necesites.
- FIN -

La Memoria de la Duda (12/13)

12.- "La felicidad nunca es completa"

Esta vez Mafer tuvo que ser trasladado en una aerosilla hasta el lugar que siempre ocupaba en la sala y del que ahora había desaparecido el asiento habitual. Los cinco inquisidores estaban allí, mirándole en silencio desde sus escaños, y a él le iban consumiendo los nervios. Deseaba que todo acabase. Casi le daba lo mismo salir vivo de allí que con sus partículas dispersas por el aire; quería terminar con aquel año y su recuerdo.
Cuando le dejaron en el asiento, Labug esperó a que desaparecieran los guardias de la sala para empezar a hablar:
-Mafer Gom, acusado de herejía promovida por el malvado Hijar -rompió Labug el silencio sin más preámbulos-, después de los testimonios y pruebas presentados en esta causa y de la deliberación del Tribunal Inquisidor, amparado en el buen juicio de Dios, ha sido hallado culpable de los hechos que se le imputan.
Mafer no pudo ni oponerse, ni gritar implorando perdón; sólo emitió un callado sollozo. La paz de la muerte era preferible a esta vida atormentada.
-Pero debido a las circunstancias especiales que rodean su caso -prosiguió Labug- no le consideramos a usted responsable directo del mal, sino sólo un instrumento inconsciente de Hijar. Y así, al igual que él trató de dividirnos, nosotros le dividiremos a usted para separar al Maligno de su parte humana. No se le someterá a una desintegración ni se le dará oportunidad de arrepentirse, como sería habitual en un caso de herejía, sino que separaremos el mal y lo eliminaremos dejando el bien en manos de nuestro Señor. Se le sajará desde el coxis a la cabeza dividiendo el cuerpo en dos mitades, izquierda y derecha, de modo que cada parte de su cuerpo contenga un brazo y una pierna completos. De esta forma, la fracción derecha de su cuerpo, conteniendo el mal que hay en usted, será desintegrada. Y la parte izquierda restante, como refugio del bien, se pondrá en las manos de nuestro Señor, de tal modo que como posee el don de la regeneración se le facilitarán todos los cuidados médicos posibles para su salvación. Si falleciera se habrá cumplido la voluntad de Dios de llevárselo a su lado una vez purificado; y si vive será que Él desea darle una nueva oportunidad en la vida. Además, en el caso de que sobreviva se considerará ya suficiente penitencia su restablecimiento y no será sometido a una vigilancia temporal personalizada; no obstante, como consideramos que su misión aquí ya se ha cumplido, deberá abandonar el planeta en cuanto esté totalmente recuperado, para lo cual se pondrán a su alcance todos los medios de transporte necesarios para llegar al destino que elija.
-¡¡¡NOOOO!!! -gritó Mafer, horrorizado por la sentencia, una vez que el silencio le hizo salir del trance al que le habían llevado las palabras de Labug-, ¡no han tenido ya bastante sufrimiento, no me han humillado todavía lo suficiente, son unos sádicos, la bondad no tiene hueco en su corazón! ¡Mátenme, desintégrenme, pero no vuelvan a cortarme en pedazos!, por Dios se lo pido.

La Memoria de la Duda (11/13)

11.- "Todos juntos en reunión"

Los cinco jueces se levantaron casi al unísono dejando allí al compungido Mafer arrugado en su asiento, y mecánicamente, con el gesto repetido tras cientos de días de proceso, abandonaron el Patio de los Infieles por una de las puertas laterales, recorrieron en silencio un corto pasillo y penetraron en una pequeña estancia, protegida contra toda infiltración proveniente del exterior, donde siempre se reunían a deliberar. La sala estaba ocupada únicamente por una larga mesa rodeada de sillas donde se fueron aposentando uno a uno los religiosos mientras los iluminaban varios potentes flotaluces, programados para situarse de acuerdo con la posición que ocupaban alrededor del tablero. Una vez que todos estuvieron sentados Labug fue el primero en hablar:
-Acabamos de escuchar el último testimonio del acusado y nos reunimos ahora por vez primera después del período de reflexión individual. Hemos revisado y discutido el caso numerosas veces todos juntos, y supongo que cada uno de vosotros lo habrá analizado detalladamente en privado, por lo tanto no creo que debamos volver a discutir el caso si vuestras posiciones no han cambiado desde la última reunión, salvo que alguno quiera aportar algo nuevo o se haya visto influido de manera significativa por el discurso final del inculpado.
Labug calló, y el silencio se condensó durante unos breves instantes alrededor de los allí presentes.
-Así pues -continuó tras el paréntesis-, si os parece, nos evitaremos repetir la discusión de siempre si hablamos de uno en uno explicando nuestra postura y sus motivaciones, sin turno de réplica, y reservándome yo el turno final como presidente del tribunal en este caso.
-Por mí de acuerdo -intervino rápidamente Alar Ant sin dar tiempo a nadie a expresar su opinión-, empezaré yo mismo. El acusado es culpable, no me queda la menor duda de ello, y debe ser desintegrado si no se arrepiente. Es un extranjero infiel, y por lo tanto más fácilmente influenciable por el Maligno para conseguir sus fines. Por su boca no he escuchado más que argumentaciones diabólicas en contra de la palabra de Dios, ha retorcido los textos sagrados empleándolos para tergiversar su significado; la frase que nos ha leído es clara y no precisa de mayor explicación, le señala de modo inequívoco como un enviado de Hijar. Su... su poder, como él lo llama, no es más que algo demoníaco que sólo puede llevar la desgracia consigo, el resto sólo ha sido palabrería durante este último año para tratar de engañarnos y hacernos flaquear en nuestra fe. El acusado es culpable, no hay duda, sus... características especiales sólo pueden provenir de un pacto con Hijar que arrastrará la herejía allí donde vaya -sentenció elevando la voz para finalizar su alocución.
Durante unos segundos todos callaron tras el tronar de la voz de Alar Ant que pareció repetirse produciendo un eco en las paredes de la estancia. Ninguno parecía decidido a continuar y todos se miraban entre sí esperando que alguno prosiguiera y rompiese el repentino silencio que había dejado el eco.
-Por el contrario -intervino Migan Ark siseando tranquilo mientras continuaba su interminable girar de manos, frotando una contra otra una y otra vez- yo opino que es inocente. Como bien ha dicho Mafer, de la lectura de los textos sagrados no se deduce indefectiblemente la intervención de Hijar en él. Creo más bien que es sólo una advertencia para detectar su presencia en algunos casos, pero no en todos, sino ¿de qué otra manera podría otorgar Dios esos dones sin que los considerásemos obra del diablo? Pienso que Mafer ha llevado una vida digna para los cánones que están fuera de nuestras creencias, y esta es la única manera en la que podemos juzgarle y ver que es obra de Dios y no del Maligno: sólo emplea su poder para ayudar a los demás, no para ayudarse a sí mismo. ¿Cómo podemos juzgar a un hombre sólo por ser diferente?, ¿deberíamos condenar al pájaro sólo por que él es capaz de volar y nosotros no, a pesar de que somos, según decimos, la obra cumbre del Creador?, ¿somos capaces en este caso de asegurar sin equivocarnos que Mafer es un hereje, de afirmar sin temor a errar que su prodigiosa curación es obra de Hijar, de ver en él la sombra siquiera del Maligno?, yo afirmo que no; y de no ser así, ¿alguien sería capaz de explicarme que extraña herejía esta expandiendo este hombre entre nuestro pueblo que merezca su destrucción?, porque yo no la veo, no veo el mal por ningún lado por más empeño que pongo. Señores, seamos justos con él, con Dios, y con nosotros mismos, y reconozcamos nuestro error, devolvámosle la libertad y que Dios se apiade de nosotros por el mal que le hemos causado a este pobre hombre.
-Yo tengo que opinar lo mismo que Migan -apoyó Rabra Mar a Migan Ark animado por su discurso-, el inculpado es inocente. Las razones anteriores me parecen ya de por sí lo suficientemente sólidas como para exculparlo, pero además me gustaría añadir mi experiencia personal durante el juicio. Jamás, a pesar de mis esfuerzos, conseguí ver intervención maligna en el reo, ni en sus respuestas, ni en el experimento que llevamos a cabo con él; lo que sí he visto es sufrimiento y dolor, a veces hasta resignación, pero no ganas ni motivos para extender una herejía -descansó un segundo y continuó iracundo, mientras se le iluminaba la nariz con un rojo intenso-. ¡No podemos esperar imbuir del espíritu divino a nadie por la fuerza! Este pobre hombre es un extranjero en tierra extraña que no ha hecho mal a nadie en su vida, y venimos nosotros y ¡hale!, por no hacer nada le dejamos encerrado un año en nuestras mazmorras; y no contentos con eso le cortamos un pie y una oreja mientras observamos impasibles su dolor. ¡Y nosotros nos decimos hombres de Dios!, quizás deberíamos aprender algo más de aquellos a los que despreciamos. Abramos los ojos, Hijar existe y está ahí, pero no para que nosotros eliminemos a todos los sospechosos, sino para intentar que pequemos, que nos desviemos de nuestro camino. No juguemos a su favor, y seamos más abiertos y tolerantes, releamos El Padio con nuevos ojos e interpretemos de nuevo su mensaje. Que, como nos ha dicho Mafer, su dolor nos sirva para aprender y renovar nuestra fe.
Mientras hablaba, Enan Vad sonreía. Conocía el carácter impetuoso de Rabra Mar y se creía seguro en su victoria, pues estaba seguro de que Labug permanecería fiel a Las Escrituras. Los dos testimonios anteriores solamente les servirían a los dos inquisidores para pasar una buena temporada a la sombra "renovando su fe", como bien había dicho Enan Vad.
-Bueno, bueno, dos inocentes contra un culpable. Si yo le declaro inocente ya seremos tres contra dos y nuestro amigo saldrá en libertad.
Rabra Mar y Migan Ark se miraron entre sí y contemplaron también intrigados al irónico Enan Vad.
-Pero no será así -y aumentó su sonrisa frente a los demás inquisidores-, nuestro prisionero es culpable, es un discípulo de Hijar y por lo tanto deberá ser eliminado. El Padio le condena claramente como hijo del diablo, y su actitud durante el proceso y en su vida anterior también. ¿Que jamás había roto un plato en su vida?, qué mejor fachada para venir al centro del universo, a la morada de los Creyentes, a extender como la peste su maldición. ¿Qué esperabais, que viniera con un cartel anunciándolo, que saliese en las noticias? El demonio se camufla para que no lo descubramos, pero el ojo de Dios lo ve todo, a Él no se le escapa nada y hace que el Maligno se descubra. Supongo que ya se ha olvidado su acción incalificable cuando le sujetamos con los electrogrilletes: ahí la debilidad humana nos dejó ver la verdadera faz de lo que se ocultaba detrás. Y el discurso de hoy, -estaba ciego de ira, de rencor, saboreaba la sangre en el paladar, su fanatismo guiaba su lengua mas rápida que su pensamiento. Este era su triunfo, y su aparente calma había desaparecido dejando ver su verdadero rostro- ¿qué os ha parecido ese discursito?, pues yo os diré lo que era: palabras salidas de la misma boca de Hijar. ¡Atreverse a explicarnos a nosotros El Padio, cuando nosotros somos los intérpretes de la Palabra de Dios! El texto es claro: Mafer es culpable, y todo lo demás sobra. ¿Y qué me decís de su lloriqueo final?, no es sino otra estratagema para ablandarnos, para que le perdonemos y además nos sentamos culpables de haberle tratado tan mal. No seáis ridículos. Yo digo que no debemos tener piedad, que la Justicia debe caer sobre él con todo su poder y debe morir para evitar que otros se contagien de su mal. El hereje debe ser destruido, desintegrado.
Todos le miraban estupefactos, nunca antes había estado tan exacerbado exponiendo su opinión. Los ojos, rojos de ira, parecían volver a su expresión habitual de dulzura mientras todo su cuerpo se relajaba de la tensión.
De repente todos fueron conscientes de la situación: empate a dos en el veredicto. Lo de menos era cómo había expresado cada uno su opinión, ahora lo único importante era la decisión de Labug, algo que todos desconocían. La postura de los cuatro era conocida entre ellos hacía tiempo, había que ser ciego para no saberlo tras los enfrentamientos abiertos que habían tenido las dos partes. Pero ¿y Labug?, jamás dijo nada en uno u otro sentido, jamás tomó parte por uno de los bandos, su postura fue siempre neutral. En sus próximas palabras estaba la solución. Poco a poco todos volvieron sus cabezas hacia él y lo contemplaron expectantes con atención.
-Si alguno desea cambiar su voto antes de que yo de el mío, que lo haga ahora -su voz seguía sonando impersonal, distante-. Ya sabéis que después no se podrá, y como en este caso hay empate a dos en los votos, eso implica que dos de vosotros estáis equivocados y deberéis pasar posteriormente un tiempo de reflexión para reconsiderar vuestra postura. Así pues, si alguno considera errada su opinión anterior que hable ahora.
Sólo se escuchó el ruido de las respiraciones de los cinco hombres allí encerrados. Unos breves instantes de silencio en los que se miraban unos a otros esperando el imposible cambio de opinión de uno de ellos. Mientras, Labug rezaba para que el Señor le apartase el peso de la decisión. El tiempo pareció eterno.
-Bien, como ninguno ha decidido cambiar su dictamen, recae sobre mí el voto decisivo de la inocencia o culpabilidad del acusado. Ante todo quiero que sepáis que es un peso que le he pedido al señor en mis oraciones no tener que soportar en estos momentos, pero si esta es su voluntad, que se cumpla. Antes de emitir mi voto quiero deciros que para mí no ha sido una decisión tan sencilla como me parece que lo fue para alguno de vosotros: al comenzar el juicio, el texto de El Padio donde nos alerta sobre los poderes antinaturales del hombre me parecía claro; con el tiempo, y a medida que se desarrollaba el proceso, fue surgiendo en mí la duda sobre la interpretación de los textos sagrados. Este hombre, como ya habéis dicho alguno de vosotros, no parece haber hecho ningún mal, y eso me tenía confundido. ¿Cómo puede Hijar manifestarse en un hombre sin que este haga el mal? Pensé primero en algo que también se ha dicho aquí, que era sólo una máscara que ocultaba detrás la verdadera faz de una herejía, ¿pero qué herejía podía propagar sólo con que se le regenerase un brazo?, eso no parece ser por sí mismo la base de ninguna apostasía contra nuestra fe.
Los otros cuatro magistrados se revolvían inquietos en sus asientos, no sabían donde quería llegar Labug: ¿les estaba contando sus motivos para declararle inocente o les estaba mostrando el camino que lo había llevado a declararle culpable? Todos eran conscientes de lo que había en juego a parte de su carrera religiosa.
Labug proseguía con su discurso:
-No conseguía ver si existía un motivo oculto de Hijar en todo esto, así que le pedí a Dios que me iluminara para tomar la elección correcta, y fue entonces cuando lo vi claro. ¿Cómo no me había dado cuenta antes, cómo había estado tan ciego? Lo teníamos ahí delante durante todo el juicio y no éramos capaces de verlo porque estábamos dentro. No habéis notado nuestras disensiones, cómo crecían, cómo salían de estas cuatro paredes, cómo se convertían en personales, y cómo nos separaban del verdadero objetivo de nuestra fe. Cómo poco a poco este hombre nos estaba dividiendo, cómo hoy incluso la votación ha sido dividida después de cientos de juicios de votaciones unánimes. Este era el trabajo de Hijar: dividirnos, separarnos desde dentro. Por eso esa fachada tan inocente, por eso el venir hasta aquí y dejarse atrapar, para actuar sobre nosotros, las cabezas visibles de los Seundi. Si nosotros nos dividimos, qué no hará el pueblo después.
Enan Vad no cabía en sí de gozo, era la viva expresión de la felicidad. A su lado Alar Ant también sonreía feliz. Enfrente la tristeza y el dolor abatían a Migan Ark y Rabra Mar: no habían conseguido convencer a Labug.
-Aun así -continuó Labug- la certeza y la paz no ocupan todo mi espíritu en cuanto a que este hombre sea consciente del mal que lleva dentro. Creo que no es sino un instrumento en manos del Maligno, y una vez descubierta su fachada poco es el mal que ya puede hacernos. Por lo tanto, al igual que él ha intentado dividirnos yo le dividiré a él para separar el bien del mal.

La Memoria de la Duda (10/13)

10.- "...hay esperanza"

Cuando Mafer entró en la amplia sala los inquisidores ya ocupaban sus estrados, los cinco le miraron con interés mientras avanzaba desde la puerta sur hasta el banquillo. El aspecto que presentaba no podía ser peor. Después de toda una noche sin dormir, con los nervios destrozados, las ojeras remarcaban aún más la angustia de su mirada, y sus hombros caídos parecían haber olvidado a aquel hombre erguido que bajó de la aeronave en este mismo planeta hacía ya... tanto tiempo. Sus pies se arrastraron por el suelo como un par de lentas babosas, y el resto de su cuerpo pareció seguirlos en un movimiento agónico que iba pregonando su inminente caída. Cuando al fin llegó a su asiento y se desplomó en él, toda la estancia pareció relajarse por el fin de la peregrinación angustiosa del escuálido Mafer.
Se sentía realmente agotado. En su última noche había consumido el resto de sus ya extintas fuerzas. Únicamente su orgullo le permitió llegar solo hasta su asiento y rechazar la ayuda de los guardias situados a la entrada. Podía imaginarse lo insufrible que les sería la imagen a algunos de los miembros del tribunal, era un arma más en esta guerra psicológica: "Que contemplen su obra, habrán vencido al cuerpo, pero la mente y el espíritu siguen firmes. ¡Os voy a derrotar, voy a seguir vivo!". Al llegar sintió que había ganado la penúltima batalla. Ahora debía concentrarse para derrotar en la última al espíritu intranquilo del indeciso Labug.
Contemplando inmóvil el lúgubre espectáculo que se le ofrecía enfrente, Labug prácticamente se sintió impulsado a ayudar al preso, pero su posición como presidente le impedía bajarse de la tarima. Sufrió cada paso, y recordó a aquel otro hombre que había empezado el juicio hacía ya más de un año: sereno, con paso ágil y rápido, casi dispuesto a bailar con cada palabra que pronunciaba. Mientras sus pensamientos volaban en el tiempo su aspecto externo era el mismo de siempre: estático, sereno, inmutable. Obligó a su mente a concentrarse en el presente y en las exigencias de su cargo, y retornó al juicio.
-Con el tribunal al completo y el reo presente, queda abierta la sesión. Que quede todo grabado como prueba de justicia. El inculpado tiene derecho a una argumentación final, después nosotros cinco: Alar Ant, Migan Ark, Rabra Mar, Enan Vad y yo mismo Labug Ram, como jurado, nos retiraremos a deliberar hasta emitir un veredicto. Posteriormente yo, como Inquisidor Jefe, dictaré sentencia. El acusado puede empezar.
Mafer no intentó ponerse en pie, ya no le quedaban fuerzas. Miró uno por uno a los cinco inquisidores creyendo conocer de antemano cual era el veredicto de cuatro de ellos: Enan Vad y Alar Ant le consideraban un aliado de Hijar, mientras que Rabra Mar y Migan Ark dudaban que fuera posible tal alianza y le declararían inocente. Las preguntas de cada uno de ellos y sus actos los habían delatado; Mafer había estado atento a todos los detalles. También sospechaba el estado de incertidumbre de Labug: hoy tenía su última oportunidad para ganárselo.
-Inquisidor Jefe, inquisidores del tribunal. Me piden que hoy, aquí, en poco tiempo, intente salvar mi vida con unas pocas palabras cuando llevamos ya más de un año de juicio en el que he testificado en más de cincuenta sesiones en las que me han interrogado una y otra vez sobre los mismos temas. Han visto videolografías, comprobado pruebas, recabado el testimonio de testigos y médicos. Han verificado personalmente que me regenero, me han vigilado día y noche, han controlado mis movimientos a cada segundo, no tengo nada que ocultar, ya saben más de mí que yo mismo.
“Pero no están aquí para juzgar mi conducta, ni mis pensamientos, ni siquiera si soy bueno o malo. Lo único que han pretendido averiguar en todo este tiempo es si mi poder proviene de Dios, de Hijar, o simplemente es un error genético ocurrido por azar. Espero que mis palabras penetren en su corazón y puedan contemplar la obra de Dios en mi persona, o al menos la de la Naturaleza, al igual que en el resto de la humanidad, ni más ni menos, que vean en mí al simple mortal que creo ser, que retiren de su pensamiento y de su corazón la más leve sombra de duda que aún les pueda quedar, que comprendan que yo no pedí este don, y que me fue concedido por unos motivos que no alcanzo a comprender y con un fin que me es desconocido.
“Sí, poseo el don de la regeneración corporal, sería imposible negarlo. Y me acusan, basándose en el párrafo de su libro sagrado que ya hemos mencionado mil veces, de que este don no es tal, sino que es un favor debido a Hijar. Yo les aseguro que no, que no le pedí este don ni a Dios ni al Maligno, y que creo que si alguno me lo concedió este fue Dios. ¿Por qué?, se preguntan. Yo no les puedo dar la respuesta, seguramente ustedes que son hombres de Dios estén más cerca de ella que yo.
“Les recordaré una vez más las líneas de El Padio ya mencionadas: "...y habrá que mantener especial vigilancia en aquellas características que, aun siendo congénitas en otros seres, no le son propias a la naturaleza del hombre, porque podrán ser usadas por el Maligno para sus propios fines...". Como podrán observar el texto no condena al poseedor del don o dones, sólo obliga a una "especial vigilancia... porque podrán ser usadas por el Maligno...", no porque de la regeneración se deduzca invariablemente la mano de Hijar, ni tampoco porque Hijar sea el único que puede otorgar la regeneración a un ser humano, no existe la implicación de los hechos en ninguno de los dos sentidos, sino porque es posible que las aproveche el demonio, ¡sólo POSIBLE!, no es determinista. Y yo no creo haber hecho ningún mal a nadie, juzguen mi conducta, no mi poder, juzguen si lo empleo con fines perversos o si por el contrario no hago el mal a nadie, juzguen si intento el bien a mi alrededor. ¡Juzguen mi vida, mi historia!, la conocen mejor de lo que yo la recuerdo. Jamás empleé mi don para beneficiarme de nada; sin embargo, alguna vez sí perdí parte de mi cuerpo para salvar a otro, recuerden esos hechos. Enjuicien mis actos, no soy perfecto, pero no me aprovecho de mi don para sacar ventaja.
Mafer se tomó un respiro antes de continuar, necesitaba tranquilizarse un poco, notaba como la tensión acumulada estaba pudiendo con su autocontrol.
-Todos sabemos que la regeneración es innata en varios seres vivos de diversos planetas, e incluso que los científicos llevan siglos intentando encontrar la llave que la ponga en marcha para evitarse los engorrosos implantes y los molestos miembros biónicos. Por qué en mis células se activa la información genética que en el resto de los mortales parece dormida sigue siendo un misterio, pero por ser algo desconocido no tiene por qué provenir de un pacto con el diablo, sólo es algo distinto. No se dejen llevar por el miedo a lo desconocido, háganle frente, renueven su espíritu, salgan reforzados de la experiencia, afirmen aún más los cimientos de su fe.
“Yo ya he sufrido mi penitencia en este último año. Sólo espero que ello les sirva para ampliar sus horizontes, que no caiga en saco roto mi dolor, permítanme continuar mi vida, sencilla y tranquila. Por favor, busquen la verdad en el fondo de su corazón y apiádense de mi.
Mafer no pudo más y rompió a llorar tapándose la cara con las manos. Aunque se había jurado a sí mismo no hacerlo, la sombra de la muerte que se cernía sobre él, los nervios y la falta de alimento pudieron con su promesa. Pero su discurso no fue hecho al vacío, Labug, por primera vez en su vida cambió de modo visible la expresión de su cara durante una vista, llegando incluso a asentir con la cabeza en algunos momentos de la alocución. Mafer no pudo percatarse de este hecho, su mirada se perdía mientras hablaba en un infinito irreal que le hacía parecer un autómata, su vista estaba nublada por la lasitud.
Al terminar Mafer, Labug recobró repentinamente la compostura con un movimiento seco y sentenció siguiendo el ritual al que estaba acostumbrado después de tantos años en el cargo:
-El tribunal se retira a deliberar.

La Memoria de la Duda (9/13)

9.- "Siempre lo mismo"

Los meses siguientes las indagaciones discurrieron por caminos similares, las argumentaciones se repetían una y otra vez: El Padio, la inmortalidad, el envejecimiento, Dios e Hijar, cuál era el límite de la regeneración, por qué él sí y los demás no, cuál había sido su pacto con el Maligno, qué méritos había acumulado en su vida para ser un elegido... Mafer se derrumbaba poco a poco, la investigación se le hacía cada vez más pesada, y las noches en la prisión eran demasiado solitarias. Su mundo se había visto reducido a los cinco eclesiásticos, la sala donde se reunía con ellos, su mazmorra y el camino que las unía; escaso espacio para un viajero acostumbrado a los cielos abiertos y al vacío infinito. Todo parecía creado para reducirle a un solo punto sin dimensiones. La tensión parecía haber llegado al límite.
Fue entonces cuando le sometieron a la prueba.
En el sexto mes de su aislamiento, el tribunal, harto de testimonios de segunda mano, decidió ser testigo presencial en la regeneración de Mafer. Hubo muchas discusiones entre los cinco religiosos para decidir cual sería la parte del cuerpo que someterían al experimento, y al final optaron por el pie derecho y la oreja izquierda. Mafer lloró implorando que no le volvieran a hacer pasar por el mismo sufrimiento otra vez. Afirmó de nuevo entre súplicas la veracidad de los testimonios y los hechos por los que se le tenía preso.
Pero no escucharon sus ruegos, y el mes y medio siguiente lo pasó postrado en una cama regenerando sus miembros amputados bajo la vigilancia de los mismos médicos que ya le atendieran en el hospital. La oreja le volvió a crecer en cinco intensos días de fiebre y sufrimientos, el pie le tardó otros quince días más. Debido a lo precario de su salud antes de la mutilación, el esfuerzo que hizo su cuerpo para recrear las partes cercenadas de su cuerpo fue extremo. Este gasto de energía le supuso la pérdida de diez kilogramos de peso, y otras tres semanas de intensos cuidados para recuperarse casi totalmente.
Durante todo este proceso Mafer fue grabado y los magistrados hicieron tres turnos diarios para que siempre estuviera uno de ellos junto al reo observando personalmente su evolución. Alguno fue testigo del sufrimiento, otro contempló las trampas de Hijar para llevarles al abismo, y algún otro simplemente vigiló y no entendió muy bien ni el proceso ni los propósitos del Señor.
Por otra parte se aprovechó para conectarlo a todos los aparatos posibles. Se medía su temperatura, sus pulsaciones, sus ondas alfa, la intensidad de la corriente eléctrica que producía su cuerpo, etc. Y fue precisamente esta energía generada por su organismo la que impidió unos resultados concluyentes: cuando el cuerpo inició su producción energética y material algunos aparatos estallaron sin explicación aparente, otras conexiones se fundieron, varios cables se quemaron y aquellos instrumentos que resistieron dieron medidas absurdas debido a las fluctuaciones de esa actividad de origen desconocido que recuperaba la entereza de Mafer y lo protegía en el proceso. Hicieron un par de intentos más, pero sucedió lo mismo que la primera vez, y no les fue posible obtener datos fiables de las constantes de Mafer mientras duró la evolución regenerativa.
Además de realizar el seguimiento del desarrollo de Mafer, estas seis semanas les sirvieron a los jueces para recopilar la información y poner en orden sus ideas contrastándolas entre sí. Fue la primera vez que se enfrentaron los dos bandos abiertamente: los gritos se escuchaban allí donde se reunían las facciones opuestas y los rumores empezaban a circular cada vez más entre la gente de la calle.
Cuando todo finalizó los cinco inquisidores continuaban divididos: Migan Ark y Rabra Mar seguían pensando que podía ser un don divino y coincidían en el misterio de los propósitos de Dios que a ellos no se les alcanzaba; en el otro bando estaban Alar Ant y Enan Vad, que creían ciegamente en la culpabilidad del reo, en un pacto con Hijar, y en que debía ser desintegrado para salvaguardar la comunidad; en medio de los dos grupos se encontraba el Inquisidor Jefe, que varió su juicio de la certeza de la culpabilidad de Mafer y su alianza infernal, a la duda sobre el criterio de Dios a la hora de otorgar sus dones y la posible inocencia del inculpado. Labug sabía que en su voto estaba la fe, el futuro de su confesión, que fuera cual fuese su elección esta crearía una división interna entre su gente, y quería que su decisión fuese la correcta. El estricto texto de El Padio parecía condenar al acusado, pero su conciencia y su corazón, unidas a la actitud del extranjero, le dictaminaban su inocencia.
Otra vez volvieron durante meses a atacar los puntos oscuros de los debates, las dudas que había en el aire; pero las ideas eran las mismas y los argumentos se repetían una y otra vez. Sólo cambiaba el punto de partida, el experimento en vez del accidente; exigua diferencia que los hacía retornar a las mismas conclusiones personales de siempre. El tiempo avanzaba sin sentido, sin una luz al final del túnel. De esta forma transcurrió más de un año en el que se verificaron una y otra vez los testimonios de Mafer y se pidió confirmación de todo. Añadido a esto estaban las tensiones internas creadas entre los dos bandos de inquisidores, con un Labug indeciso en medio, lo cual se hacía sentir en todas las reuniones que mantenían los jueces religiosos para deliberar sobre los testimonios del acusado.
No se llegaba a nuevas conclusiones, parecían existir tantas razones a favor como en contra; todo dependía de quien leyese los hechos. Iba a ser la primera decisión dividida en el último siglo, pero no había más y Labug lo sabía; poseían todas las pruebas, testimonios y datos existentes sobre el caso. El círculo se había completado. Como jefe del tribunal, Labug Ram dio por terminada esta fase del proceso.
Así dio comienzo la etapa de reflexión individual en busca del apoyo divino para tomar la decisión correcta. Este período duraría un mínimo de treinta días y un máximo de setenta según establecía la ley, y los magistrados no volverían a verse hasta el día del veredicto. También era considerado como tiempo de reflexión para el inculpado y de preparación para su último testimonio antes de la sentencia. Mafer casi se volvió loco los cincuenta y siete eternos días de absoluta soledad y vacío que tardó en decidirse el último de ellos.
Lentamente, casi con desgana, llegó el último día, el día de la argumentación final del acusado. Un puro formulismo en la mayoría de los casos, no obstante Mafer sospechaba que en este podría ser lo que decidiese su salvación si aún quedaba algún asomo de duda en uno solo de sus jueces. Esperaba que fuese el primer día del resto de su vida.

La Memoria de la Duda (8/13)

8.- "Al principio fue la luz"

Los primeros días sólo indagaron sobre cuestiones superficiales: cómo fue el accidente, cómo se sentía, cuál era su planeta de origen, por qué había viajado hasta allí, cómo era su familia, y asuntos similares sin importancia. Amables en todo momento, jamás una subida de tono o un grito; siempre eran corteses en los primeros días de los interrogatorios. Lo peor era para el acusado, que tenía que dormir noche tras noche en el frío y oscuro calabozo.
Los cinco inquisidores, sentados en sus cinco confortables sillones, le hacían una pregunta tras otra sin darle tiempo a pensar, repitiendo cuestiones para verificar su sinceridad, mientras él, sentado en un sillón algo mas incómodo y unos cincuenta centímetros más abajo que sus captores, contestaba tranquilamente todas las cuestiones que le formulaban. No era más que el principio, después no serviría para nada.
En los Juicios de Dios estaban prohibidas las drogas y las máquinas para obligar al interrogado a contar la verdad, pues pese a que era conocida su infalibilidad, se consideraba que un ingenio sin alma no podía decidir sobre los problemas del espíritu, ya que le eran ajenos. Era posible que los artefactos fuesen utilizados por el Maligno con el objeto de confundir el buen juicio de los magistrados, por eso el tribunal lo componían cinco hombres de Dios, para vencer toda posible influencia proveniente del infierno.
Cuando el fallo era dividido, la ley prescribía que aquellos que formaban la minoría debían ser sometidos a un aislamiento purificador para separar de ellos los engaños de Hijar que los llevaron a errar en su decisión. Después se les debía volver a mostrar el proceso hasta que se convencieran de su error, y si tras varias sesiones alguno persistía invariablemente en su veredicto, para intentar recuperar su alma y como penitencia sería encerrado de por vida en una celda de reflexión. Hasta ahora nadie había insistido tanto en su dictamen como para ser recluido el resto de sus días, y era dudoso que nadie lo hiciera en un futuro.
El salón de los interrogatorios, o Patio de los Infieles, era una sala circular muy amplia, sin columnas, y con cinco sillones en su fondo norte y uno más pequeño, delante de estos, a unos cinco metros de distancia y unos cuatro escalones más abajo. El inculpado accedía al recinto generalmente por una puerta camuflada en su fondo sur, aunque tenía otras dos dispuestas, y ocultas, en los extremos este y oeste por las que entraban y salían los magistrados. La decoración era austera, sin representaciones de ningún tipo pues las prohibía El Padio. Las paredes eran de un material indefinido y de un uniforme color añil, al igual que el techo, mientras que el suelo lo componían baldosas de una imitación bastante buena de mármol, pero más cálido y acolchado al andar. El aspecto general era frío y sin vida, sobrio, impersonal. Al ver a los inquisidores sentados en sus tronos, justo antes de la entrada de Mafer, uno se imaginaba una plaza de toros de hielo en la que de un momento a otro entraría un encogido y enfermo Teseo, dispuesto a lidiar a cinco enormes reses congeladas delante de un público ausente, que sólo espera que el pobre Teseo se rompa en millones de cristales transparentes tras la primera embestida para explotar en un aplauso silencioso y enfervorecido, que derretiría el gélido decorado y lo haría desaparecer en un río de agua y sangre.
Los cinco jueces, siempre inmóviles en sus asientos, recordaban en su forma pétrea a la típica representación de los fundadores de la Federación que se hallaba en todos los planetas. Labug, el más alto con sus más de doscientos veinte centímetros de altura, siempre presidía las sesiones en el asiento central, serio, sin cambiar jamás el rictus de su faz, sin expresión alguna, en completo silencio, atento en todo momento a las argumentaciones de ambos bandos, grabando en su memoria las sensaciones que luego no podría repetir la videolografía tridimensional cuando revisase las declaraciones en privado. No parecían suficientes todos los detalles para tomar una decisión, debía aprehender el aire, el suelo, los sentimientos, las respiraciones, las miradas, el dolor, el sufrimiento, la luz, las sombras, el odio, el amor; todo aquello que a nadie parecía importarle pero que él percibía como fundamental. Debía conocer con exactitud qué respuesta quería Dios de él en este trance.
El escaño de su derecha lo ocupaba el delgado Rabra Mar, pelirrojo, pálido y menudo; se asemejaba a un gnomo escapado de un bosque de un cuento de hadas. Allí parecía estar fuera de lugar. Su mal carácter, unido a su voz rasgada acentuaban esta semejanza y ocultaban su espíritu generoso. Siempre protestando iracundo, con el color rojo de su nariz intensificándose a medida que crecía su enfado, casi perdido en el enorme asiento en el que se aposentaba, su mal humor iba en aumento a medida que aumentaban en su interior las dudas sobre el caso que se le presentaba.
Más a la derecha, en el asiento del extremo, se revolvía inquieto Migan Ark, al que Mafer ya conocía de su visita al hospital. Su opinión sobre él había ido variando desde entonces; a lo largo del juicio demostró ser muy minucioso, y más de una vez retornó a un mismo tema para volver a analizar todos los puntos hasta que le quedaron claros. Su naturaleza intranquila ponía nerviosos a aquellos que escuchaban su aguda y siseante voz, mientras contemplaban ese interminable roce de sus manos girando una y otra vez sin descanso.
Su colega en el viaje al hospital, Enan Vad, ocupaba el sillón situado a la izquierda del presidente del tribunal. De los cinco era el más peligroso, siempre sediento de sangre hereje, amable en el trato con los inculpados, de voz cálida y hablar lento. La nariz acompañaba sus frases en un gracioso subir y bajar que distraía la atención de sus interlocutores cuando le miraban, apartando su mente de otros asuntos más importantes. Entre tanto su cerebro analizaba cada palabra y cada gesto retorciendo las intenciones, hallando un doble sentido en todo, midiendo los pasos de los acusados hasta la tumba. Su juego no era nuevo para Mafer; este tipo de gente era bastante común, por lo que cuando lo descubrió no se preocupó demasiado por él, era seguro que le consideraría culpable antes de conocerle.
El quinto juez, sentado a la izquierda de Enan, era Alar Ant, un hombre de aspecto atlético y juvenil que parecía practicar la máxima de men sana in corpore sano. Su edad ya sobrepasaba los cuarenta años pero su apariencia era veinte años menor: una expresión de media sonrisa, con sus escasos 175 cm. de altura, sus ojos azules y su recortado pelo castaño le conferían el aspecto de un universitario recién escapado de alguna universidad religiosa del lugar. Alguna vez su ímpetu lo levantó de su asiento y su voz tronó en la sala de tal forma que casi se temió por la solidez del recinto. Su firmeza era inquebrantable y nada le hacía cambiar de opinión.
Con el transcurrir de los días los interrogatorios se fueron espaciando en el tiempo mientras se verificaban todos los datos que comunicaba el convicto. Una mañana, por fin, empezaron a preguntarle sobre el tema que le había llevado a donde se encontraba.
-¿Es cierto que a usted se le regeneró de la nada el brazo izquierdo que un aeromóvil le había arrancado en un accidente? -inquirió Alar Ant con esa media sonrisa que le confería su aspecto de juvenil inocencia.
-No -contestó Mafer esperanzado de haber entrado ya en el tema y no deseando dar pie a nada más con su respuesta. Si querían algo lo tendrían que buscar.
-¿Niega acaso la regeneración de su brazo, que pueden atestiguarla los dos doctores que le atendieron y tres enfermeras más que le cuidaron? -atacó ahora Enan Vad.
-No, no niego la regeneración, niego que sea de la nada.
-Entonces, ¿de dónde salió el brazo? -volvió sobre él Enan.
-Del resto de mi cuerpo y del alimento que me proporcionaron en el hospital, del mismo sitio de donde renace la carne que cierra una herida abierta.
-Pues a los demás enfermos los cuidan igual, -intervino Rabra Mar- y ninguno hasta ahora, que yo sepa, ha creado de nuevo ninguna parte de su cuerpo que Dios haya decidido quitarle.
-Eso seguramente es cierto. Pero yo puedo hacerlo -afirmó Mafer esperando ya la siguiente pregunta.
-¿Y por qué usted sí y los demás no?, ¿qué tiene usted de especial? -preguntó Migan Ark, que había estado callado atendiendo al camino que tomaba el interrogatorio.
-No lo sé. Sólo sé que tengo este don, que Dios me lo dio...
-¡Cómo?, se atreve a afirmar la presencia de Dios en su persona. ¿Cómo se atreve a blasfemar de esta manera delante de un Tribunal Inquisidor representante de Dios? -exclamó exaltado Alar Ant desde su sillón de la izquierda poniéndose en pie.
-No señor, no estoy afirmando la presencia de Dios en mí, les estoy diciendo que tengo un don, y como tal, creo que el único capacitado para otorgarlo es Dios.
-¿No querrá confundirnos afirmando que viene de Dios lo que ha conseguido haciendo un pacto con Hijar? -acosó de nuevo Enan clavando sus verdes, y ahora afilados ojos en los de Mafer.
-Yo no he hecho ningún pacto con el diablo, no tengo ningún motivo para hacerlo -aseguró nervioso Mafer. El interrogatorio iba por donde él esperaba, pero por mucho que lo había aguardado, nunca se está preparado para algo así.
-¡No tiene ningún motivo, no tiene ningún motivo! -se mofó Rabra Mar sonriendo irónicamente con sus dientes perfectamente alineados mientras se revolvía en un asiento que parecía sobrarle debido a su exiguo metro y medio de estatura-. Pretende hacernos creer que la inmortalidad no es ningún motivo. ¡Es el más viejo de los motivos!
-¡Pero yo no soy inmortal!
-¿Ah, no?, ¿Y que puede matarlo, si su cuerpo se regenera? -preguntó rápidamente Migan Ark.
-El tiempo, que me quemen vivo, que me congelen,... yo que sé, hay mil formas de morir. Me mata lo mismo que a los demás mortales, -Mafer estaba angustiado y sintió la necesidad de hablar- aunque espero que no me ocurra nada y me muera de viejo, como casi todo el mundo. Lo único que pasa es que tengo la particularidad de que mi cuerpo se regenera, ¿hasta que punto?, no lo sé, ni quiero hacer la prueba, no quiero saber cuál es el límite de mi don. Porque duele, sí señores, duele mucho, no se pueden imaginar ustedes el sufrimiento que hube de pasar para reconstruir de nuevo el brazo. Si se lo contaron los doctores, les habrán dicho que consumí el triple de alimento y que mi cuerpo necesitó gran cantidad de energía para activar la regeneración de mis células. ¿Cómo actúa?, tampoco lo sé, sólo sé que sucede y que no es fácil. Y si esto es un pacto con Hijar, creo que he salido perdiendo, y por mucho; con bastante menos trabajo tendría un brazo biónico totalmente nuevo e indistinguible del original a simple vista.
Cuando terminó, el silencio pareció inundar la estancia. Mafer se hundió en su asiento y agachó la cabeza. Estaba cansado y era casi seguro que nada de lo que dijese serviría. Parecía tarea imposible el conseguir que se quitaran la venda de los ojos; con todo, no podía evitar que le perdiesen los nervios.
Por su parte Labug, que había permanecido en silencio todo el interrogatorio, decidió suspender la sesión hasta el próximo día, sin más comentarios.

La Memoria de la Duda (7/13)

7.- "Última visión"

Los primeros rayos de luz de Paz ya asomaban por el horizonte cuando Labug se decidió a visionar el resumen que le iba a preparar el ordenador central sobre el litigio contra Mafer Gom. La noche había sido muy larga, había más en juego que la vida de un hombre; su decisión sobre la naturaleza humana y la intervención o no en ella de Hijar afectaría al desarrollo de su religión en las generaciones futuras. Era demasiado peso para él ahora que la duda le hacía vulnerable; no obstante, era la responsabilidad que había adquirido cuando asumió el cargo veinte años atrás. Cerró los ojos, rezó una breve plegaria pidiendo a Dios que le iluminase en este trance, y cuando los abrió pareció despertar con las ideas más claras.
-Ordenador, microdisco resumen proceso contra Mafer Gom. Tiempo aproximado -consultó su reloj y la hora a la que debía de volver a reiniciarse el proceso- una hora.
El ordenador rápidamente extrajo los microdiscos que contenían toda la información grabada del juicio, analizó el contenido, eliminó ideas repetidas, examinó el tiempo disponible y separó la información más esencial. En menos de cinco segundos estaba dispuesto lo necesario.
-¿Orden cronológico, ideológico, o algún otro tipo? -preguntó el ordenador con una voz impersonal más propia de una computadora antigua que del moderno modelo del que se trataba.
-Cronológico -afirmó secamente-. Espera orden de comienzo.
Recorrió el trecho de la habitación desde la camuflada puerta hasta su mesa con paso seguro y se acomodó en su sillón dispuesto a examinar los detalles más importantes de este juicio que no le dejaba dormir. Se concentró en lo que iba a hacer, olvidándose de todo lo que no tuviera que ver con el caso, inspiró hondo y relajó los músculos.
-Comienza videolografía.

La Memoria de la Duda (6/13)

6.- "Mientras hay vida..."

La pequeña bola que formaba Mafer con las mantas seguía arrastrándose por la mazmorra de un lado a otro, a pasos cortos pero rápidos, mostrando el nerviosismo que lo consumía, recorriendo todos los rincones de la pequeña celda, recorriendo todos los detalles de su caso, paso a paso, minuto a minuto. Intentaba buscar argumentos en el libro sagrado de los Seundi, El Padio. Ya lo había leído diez veces: una antes del viaje, para no cometer errores -¡qué irónico le parecía eso ahora!-, y nueve más desde que le encerraran en esta celda de reflexión examinando ideas para su defensa. Se sabía el libro de memoria, cada pasaje, cada ley, todas las enseñanzas y preceptos contenidos en él, dominaba el libro sagrado casi mejor que sus jueces. Y había usado ese conocimiento en muchas ocasiones a lo largo del juicio, pero no le sirvió de nada, era antinatural regenerarse y se consideraba obra del Maligno: "...y habrá que mantener especial vigilancia en aquellas características que, aun siendo congénitas en otros seres, no le son propias a la naturaleza del hombre, porque podrán ser usadas por el Maligno para sus propios fines..."; en este pasaje estaba escrita su condena, ya se lo habían repetido quinientas veces a lo largo del juicio, y quinientas veces lo había intentado rebatir, lo había discutido en contra de la opinión de los jefes religiosos. A pesar de todo, los textos santos era lo único que aceptaría la mayoría de su jurado como defensa.
Desesperado, rompió a llorar. No era la primera vez que esos ojos tristes derramaban lágrimas de impotencia y temor ante el futuro que le esperaba unas horas más tarde. La negrura de su celda parecía un fiel reflejo de la profecía que él mismo se había augurado el día que despertó por primera vez en la cama del hospital y escuchó la conversación de los médicos: “...este tipo no parece humano...”. ¡Pues claro que él era humano!, y nada más que eso: ¡humano, humano, humano,...!. Cómo hacérselo ver, dónde estaría la clave, dónde la respuesta. Estaba al borde de la locura, ya no soportaba más.
Cuando inició el viaje sabía de antemano que si esto ocurría estaría condenado a morir, pero las probabilidades de que le sucediera algo así eran de una entre un millón: un accidente que le arrancara parte de su cuerpo, y que además aconteciese delante de alguna persona. Era prácticamente imposible; en toda su vida jamás le había sucedido. Pero había ocurrido, eso no tenía remedio. Se secó las lágrimas con la firme promesa de no llorar más; no le ayudaría en nada, y no quería que sus captores disfrutaran de su dolor. Necesitaba permanecer integro y encontrar el modo de salvar la vida; aún debía de existir una posibilidad. Y él la descubriría o -nunca mejor dicho- moriría en el empeño.
Se apercibió de que el cansancio acudía a sus piernas, debía de llevar ya varias horas paseando, y se sentó agotado en la cama. No tenía forma de saber que hora era, pero suponía que fuera ya estaría amaneciendo. En este último año había aprendido a calcular la hora del día en la que se encontraba con bastante precisión. Seguramente ya pronto irían por él, le quedaba poco tiempo. Se concentró para mantener la entereza cuando llegasen los guardianes que le conducirían al Patio de los Infieles, donde se escucharían sus últimas argumentaciones antes de que los cinco miembros del tribunal decidiesen el veredicto, y el Inquisidor Jefe dictaminase su libertad, la penitencia a cumplir o... su muerte.
La puerta se abrió. Ya era la hora.

La Memoria de la Duda (5/13)

5.- "Volver, volver"

Los cinco días siguientes transcurrieron lentamente en su interior, pensando, imaginando qué hacer en cuanto estuviera totalmente recuperado, cómo escapar de allí, qué estrategia utilizar cuando vinieran por él, qué inventar para las primeras preguntas, cómo evitar el tema,... En el exterior todo era aparente normalidad: descanso y comida, recuperando sus fuerzas tal y como le habían prometido.
La estancia en la que se hallaba contenía una sola cama y una mesilla al lado, y era lo más parecido a una habitación de hospital que había visto jamás, completamente limpia y desinfectada, silenciosa, con las paredes blancoazuladas y una hermosa vista de un tranquilo jardín. La puerta del servicio poseía el mismo color que el resto de la sala y sólo se distinguía de las paredes por el pomo, ¡aún existían puertas con pomo! Las luces se encontraban integradas y bastaba una voz para accionarlas, al igual que para aclarar u oscurecer los cristales de la ventana.
A diario sólo recibía la visita de la enfermera, a las horas de las comidas, que entraba, dejaba o recogía la bandeja con los alimentos, y se iba como había venido, en silencio, como si él formara parte del mobiliario, ignorando sus preguntas y comentarios, sin mirarlo siquiera. Un par de días se dejaron caer por allí los doctores para comprobar su estado, le plantearon algunas cuestiones sin importancia, le pasaron por delante unos cuantos aparatos y se fueron con la misma sonrisa con la que habían entrado. Así transcurrieron cinco aburridos días.
Al despertar el sexto día ya notó el brazo íntegro, y con las fuerzas aún incompletas debido a la energía consumida durante la regeneración, intentó salir discretamente a dar una vuelta. Un supuesto celador en la puerta se lo impidió amablemente con unas cuantas excusas hasta que llamase a los doctores, que cuando aparecieron le contaron un buen número de patrañas médicas por las que no podían dejarle salir hasta el día siguiente, cuando pasase una revisión. Mafer no quería más problemas de los que ya tenía y cedió en su empeño.
En la séptima jornada le quitaron el vendaje y apareció un brazo en un estado inmejorable, sin señales de ningún tipo: ni arañazos, ni cicatrices, ni moretones, nada, un brazo perfecto, como el de un recién nacido. Nadie hizo ningún comentario al respecto y Mafer tampoco quiso decir palabra. Le hicieron algunas pruebas motrices en las articulaciones y músculos del brazo, varios tests de reflejos, alguno de agilidad mental y un incontable número de preguntas de todo tipo para comprobar lagunas en su memoria, y al dar negativo en todo decidieron darle el alta médica. Finalizado el examen Gonma y Lulop abandonaron la habitación, no sin antes despedirse amigablemente y desearle todo tipo de suertes en su futuro. Al poco apareció la enfermera con un refrestraje de su talla completamente nuevo, lo dejó metódicamente doblado encima de la cama y se marchó sin decir palabra, como siempre. Justo acababa Mafer con el último ajuste del traje cuando aparecieron los dos inquisidores bajo el marco de la puerta.
-Cuánto me alegro de que ya esté totalmente recuperado -saludó Enan.
-Buenos días, -respondió Mafer, rota la esperanza de que no volvieran- me alegro de verlos, ¿qué los trae por aquí?
-¡Oh!, bueno, ¿se acuerda que le dijimos que vendríamos cuando le dieran el alta?, bien, pues aquí estamos para acompañarlo, o más bien... para que nos acompañe si es usted tan amable.
-¿Qué los acompañe?, bueno, ya me dirán donde quieren que vayamos, ustedes mandan.
-Si no le molesta mucho, -intervino Migan- querríamos que nos contestase a unas preguntas sobre el accidente, pura burocracia, ya sabe, pero es necesario el papeleo para esclarecer los hechos y dictaminar la inocencia o culpabilidad del conductor del aeromóvil que lo atropelló, y cuanto antes lo hagamos, antes podrá continuar con su visita a nuestro hermoso planeta.
-Yo no quiero poner ninguna denuncia al conductor -afirmó Mafer intentando escapar de lo imposible-, la culpa fue mía, sufrí una pequeña bajada de tensión al salir desde el acondicionado interior del hotel al calor de la calle y di un traspiés inesperado, perdí por unos segundos mi visión y no vi el aerocoche.
-Sí, eso confirma la versión del conductor -aseguró Migan-, pero de todo esto hay que dejar constancia por escrito, y es necesario que nos acompañe a las oficinas para imprimir su huella en los formularios.
-Está bien, si no hay más remedio. Dejen que recoja mis cosas -comentó mientras empezaba a buscar sus objetos personales- y enseguida los acompaño.
-No se preocupe por sus cosas, las oficinas están aquí al lado y luego puede volver por ellas, la enfermera se las guardará -dijo Migan mientras Enan llamaba a una enfermera y le daba unas instrucciones que Mafer no llegó a escuchar y que la temerosa mujer se dispuso nerviosamente a ejecutar al instante.
-Si se empeñan. Bueno, vamos allá, luego volveré por mis cosas.
Al salir de la habitación camino del ascensor, flanqueado por los altos inquisidores, Mafer pudo ver las caras asustadas de la gente y escuchó los murmullos a su paso. Todos debían saber hacía ya tiempo lo que sucedía y qué era lo que le esperaba. De reojo, girando levemente la cabeza, detectó a dos hombres vestidos con discretos refrestrajes, casi sin adornos, que los seguían a cierta distancia. Cuando entraron en el ascensor los dos sujetos se separaron y mientras uno bajaba por las escaleras el otro los acompañó del modo más indiferente, demasiado tranquilo para ser un ciudadano común. Al llegar a la calle volvió a sentir el mismo pequeño mareo de siempre al pasar de una temperatura agradable al sofocante mundo del exterior. Sufrió unos instantes de vacilación, y cuando el refrestraje actuó retornaron en unos pocos segundos todos los sentidos en perfecto estado.
Mientras cruzaban la blanca e inmaculada calle, Mafer reparó de nuevo en la perfecta disposición de los idénticos edificios en manzanas cuadradas de igual tamaño, con esa precisión geométrica que ya había contemplado en los holovídeos que estudió en su planeta antes de salir de viaje, y que confirmó desde el aerotaxi en el recorrido que le llevó desde el espaciopuerto hasta el hotel. Los aerocoches, también de colores claros debido al calor, siempre cerrados, señal inequívoca del uso del climatizador, se veían circular lentamente por las vías señaladas para ello en una sucesión ejemplar, respetando amablemente las señales y a los otros conductores. La dictadura religiosa de los Seundi imponía el orden, el respeto estricto de las leyes y severos castigos para los transgresores. Mafer conocía todo esto y mucho más, pero no por ello dejaba de sentir vacía la calle, sin vida: nadie gritaba, nadie pitaba, nadie discutía, nadie corría, nadie se peleaba. Este era el mejor planeta habitado del universo donde morir de aburrimiento.
Cuando llegó a las supuestas oficinas, que no eran más que los cuarteles de la Inquisición en la capital, sabía que ésta era la última vez en mucho tiempo que estaría al aire libre. Así pues, se volvió, miró al horizonte, su amigo, e inspiró una buena bocanada de aire. Después se giró dispuesto a entrar, pero antes saludó con una sonrisa cómplice a los dos guardias de seguridad que los habían seguido hasta allí, dio un paso más y se resignó triste a su destino.

La Memoria de la Duda (4/13)

4.- "Nunca confíes en tu agencia de viajes"


Le dolía todo el cuerpo. Sólo sentía dolor. No tenía recuerdos ni notaba ninguno de sus cinco sentidos: sólo dolor. Un dolor intenso que poco a poco se desviaba, empujaba, viajaba a lo largo de su cuerpo, fluía por sus nervios y se concentraba en su brazo izquierdo. Algún ruido fuera, ¿quizás alguna voz?: empezaba a despertar. Un fulgor, tenía los ojos cerrados, pero aún así percibía la luz a través de sus párpados. Un regusto a moho se adueñaba del paladar. Y ese olor aséptico inconfundible de los hospitales. ¡Eso era!, un hospital, ya empezaba a discernir, a percibir algo más que sensaciones, volvían los recuerdos, las ideas: una luz, un sonido seco y otro chirriante, como un frenazo, el dolor, y nada, ya nada más.
Se sentía flotando cuando por fin pudo entreabrir los ojos y adivinar entre brumas.
-...en estos dos días que lleva inconsciente -comentaba un hombre bajo vestido con un mono blanco descubriendo el hombro de Mafer-, no sólo se han cerrado las heridas que habrían desangrado a cualquier otro hombre, sino que además ya están totalmente curadas, como si no hubiese pasado nada, como si nunca hubiera tenido brazo.
Al escuchar lo del brazo Mafer se afanó para no recaer en el letargo del que acababa de salir. Debía enterarse con toda certeza de lo que pasaba a su alrededor, obligó a su mente a concentrarse, agudizó el oído y se fingió dormido.
-Sí, -contestó otro sujeto situado al lado del anterior y un poco más alto, aunque vestido con el mismo uniforme blanco- las heridas no sólo han cicatrizado, sino que están abultadas, como intentando extraer algo. Es como... como si intentara crear algo desde el muñón.
-Además -continuó el más alto- está consumiendo el doble, o incluso el triple de suero de lo que sería lo normal en un caso como este. Claro, que lo debe de necesitar si está engendrando algo nuevo desde el hombro, como parece.
-Y por si fuera poco ahora mismo parece un generador de corriente en plena actividad. Hasta da calambre si le tocas. Yo no espero más, voy a avisar al tribunal religioso. Este tipo no parece humano.
Mafer los vio salir de la habitación con paso decidido, su suerte parecía echada, intentó incorporarse pero el cuerpo no respondió a las órdenes enviadas desde su cerebro, estaba exhausto. Ya sabía casi con toda certeza lo que le sucedería a continuación, ahora no podía hacer nada, debía recuperarse y esperar, se relajó y volvió al reino de la inconsciencia.

Cuando volvió otra vez en sí el dolor casi había desaparecido y los recuerdos retornaron esta vez más rápidos a su mente. Allí estaban los dos sujetos del mono blanco, uno junto al otro, pero no estaban solos, los acompañaban otros dos personajes de unos 1'90 metros vestidos con sendas capas con capucha de color rojo sangre. Conocía el terrible significado de esas vestimentas encarnadas: esos dos hombres eran inquisidores y él era su presa. Las videolografías del año anterior sobre los miembros de esta extraña comunidad pasaron fugazmente por su mente y como en una sola holofoto se concentraron todas las ideas y sentimientos acumulados. Y volvió el dolor, pero era otro tipo de dolor, era aflicción y abatimiento por su futuro cierto y amargo, por la lucha que se le abría ante sí y que ya creía perdida de antemano, por todo lo que hubiera podido ser y que, ya era casi seguro, no sería.
-Ya despierta -dijo apresuradamente el rubio inquisidor de su izquierda mientras se frotaba las manos una contra otra apuntando hacia él su nariz aguileña y sus ojos saltones. Mafer se estremeció, no le gustaban ni su expresión ambigua ni el inquieto movimiento de sus manos. Instintivamente desvió la mirada y se encontró a su derecha con un hombre moreno de facciones muy acogedoras. Le observaban unos hermosos ojos de un verde azulado turquesa que le trajeron a la memoria las tibias aguas del mar situado frente de la casa donde pasó su niñez, esas aguas tranquilas que le transportaban a un mundo lleno de recuerdos felices, de paz, de libertad, donde el horizonte era su mejor amigo. La mirada poco a poco se rodeó del resto de las facciones que completaban el rostro: una ancha mandíbula, firme y segura, y una frente arrugada como un viento travieso que revolotea entre las casas buscando algún compañero de juegos. Remataba el semblante una sonrisa cálida, entrañable como el fuego de una chimenea alrededor del cual reunirse a contar viejas historias mientras fuera recrudece el frío invierno.
-Eso parece, nuestro invitado tiene mejor aspecto esta mañana -comentó este inquisidor de pelo moreno con una voz aterciopelada, dulce y tranquila-. ¿Cómo se encuentra? -añadió con un tono que recordaba a un padre preocupado por su hijo.
Los cuatro hombres, con unos movimientos que asemejaban una coreografía, rodearon la cama de Mafer lentamente mientras fijaban toda su atención en él, dos de ellos con sus capas rojas, señal inequívoca del tribunal inquisidor, y los otros dos vestidos con sus monos blancos, uniforme obligado en todos los hospitales. A Mafer se le antojaba harto graciosa la escena: un “infiel” en la cama rodeado de cuatro personajes tan importantes en este planeta con intenciones de salvarlo, dos intentando rescatar la pureza de su alma, y otros dos intentando recuperar la entereza de su físico, pero eso sí, todos queriendo salvarlo; y todo para acabar destruyéndolo.
El inquisidor con los cabellos negros tenía un aspecto paternal, su pelambre oscura como una noche sin estrellas ni luna ayudaba a crear esa imagen, la cual se endulzaba aún más con los dos redondos, claros y grandes ojos que iluminaban su amplio rostro, y su falsa sonrisa, de la que se servía para ganarse la confianza de aquellos que no lo conocían y a los que mandaba a reunirse con su Creador. Su nombre era Enan Vad y su fama generalmente ya le precedía: frío, despiadado, se decía que su corazón era tan oscuro como su pelo. Era capaz de recitar de memoria las leyes, que aplicaba con toda la severidad, e ignoraba el significado de las palabras misericordia y perdón. Únicamente creía en la justicia ciega, en el ojo por ojo.
Su compañero, Migan Ark, era un tipo nervioso, inquieto, de un temperamento vivaz que le había hecho ganarse más de una recriminación del Inquisidor Jefe. No obstante, también le había hecho llegar a donde ahora se encontraba pues le hacía buscar el trasfondo de las cosas en donde el resto solo arañaban la superficie. Era la cara opuesta de Enan, de enfado pronto y fácil, incapaz de ocultar sus sentimientos ni de faltarle a la verdad en beneficio propio; buscaba más la bondad en el prójimo que sus defectos.
De los doctores, el más bajo era Lulop Rev, un famoso médico de El Planeta de Dios. Su corta estatura, pues medía unos escasos 170 centímetros, su cara redonda y colorada, su pelo moreno en contraste con su rubia barba, y sus alegres ojos castaños, le conferían un aspecto pintoresco en un primer vistazo, pero amable y tranquilo en una segunda observación, lo cual hacía que uno se encontrase a gusto y relajado en sus manos. Gonma Her, su colega de profesión, era unos 10 centímetros más alto, y su faz parecía brillar, iluminada por dos perfectas filas de dientes blancos como la nieve. Los dos médicos estaban ya en la frontera de los cincuenta años y en sus rostros se reflejaba la experiencia acumulada. Gonma tenía siempre una visión más rápida y real de los problemas que Lulop, pero este último le ganaba en su habilidad en el quirófano para salir con éxito de las operaciones más complejas. Este equilibrio los había unido mucho tiempo atrás, y había conseguido que fueran considerados el mejor equipo médico del planeta.
Mafer contempló los cuatro semblantes que ahora se le mostraban, centrando más su atención en los dos inquisidores. Enseguida le vino a la mente el esquema de las viejas películas, con el policía bueno y el policía malo, el único problema era saber quién era quién. Recorrió la blanca y aséptica habitación con la vista, observó la electrorreja de la ventana y el sistema de seguridad semioculto en la puerta y adivinó a los dos guardianes que la flanqueaban en el exterior y de los que sólo pudo ver sus sombras proyectadas sobre la entrada. Realizó un primer análisis de su situación, y decidió que lo único sensato en aquellas circunstancias era seguirles el juego.
-Me encuentro cansado y dolorido, pero... ¿dónde estoy?, ¿qué me ha pasado?, ¿quiénes son ustedes?, ¿qué hago aquí? -comentó atropelladamente, simulando un desconcierto que no tenía.
-Calma, calma -lo tranquilizó Enan Vad-. Ha sufrido un pequeño accidente, le arrolló un aeromóvil a la salida del hotel donde usted se alojaba y en la caída recibió un fuerte impacto en la cabeza que le ha tenido doce semanas inconsciente en el hospital de la ciudad, bajo la supervisión de los doctores Lulop Rev -dijo presentando al más bajo de los hombres vestidos con el mono blanco- y Gonma Her -y señaló al otro médico.
-Bienvenido al mundo de los vivos -lo recibió Gonma.
-Bienvenido -confirmó inmediatamente Lulop con una amplia sonrisa-, espero que siga recuperándose tan rápido como hasta ahora. Es usted afortunado, tiene una fortaleza especial que le ha hecho salir del coma en el que llevaba casi tres meses.
Para evitar el tema de la recuperación de Mafer intervino ágilmente el calmado inquisidor.
-Mi compañero, Migan Ark, y yo, Enan Vad, somos servidores religiosos de la comunidad y hemos venido a interesarnos por su salud en cuanto hemos tenido noticia del accidente. Ya que es usted extranjero en nuestra tierra queremos asegurarnos de que reciba los mejores cuidados.
-Gracias por todo. ¿Cómo estoy ahora?, ¿qué me ha sucedido en estas semanas? -inquirió Mafer.
-¡Oh!, no es mucho lo que tiene. Algunas magulladuras por el cuerpo y hasta ahora la pérdida de la consciencia, que es lo que más intranquilos nos tenía, pero ya ha vuelto con nosotros y no parece tener lesiones en el cerebro, se encuentra usted perfectamente -mintió el doctor Gonma-. Le hemos hecho múltiples análisis en la cabeza, por la pérdida del conocimiento y algún otro problema derivado de ello que pudiera presentarse, y no hemos encontrado nada, todas las pruebas han dado resultados negativos. Lo peor, aparte de lo anterior, fue su brazo izquierdo, que tuvo numerosas contusiones y múltiples roturas, por eso lo tiene vendado; debió de caer sobre él, pero ha respondido perfectamente al tratamiento. Calculamos que en una semana podremos darle el alta, cuando recupere fuerzas comiendo por sí mismo y verifiquemos el estado de su brazo y su cabeza. Ahora está un poco débil y debe descansar.
Mafer se miró el brazo izquierdo sabiendo que mentía. Parecía entero, pero el sabía que no era así, aún notaba ese leve cosquilleo eléctrico característico del final de su regeneración. Tendría que esperar, no quedaba otro remedio.
En ese momento apareció una enfermera pequeña y arrugada como una pasa con una bandeja de comida, y Enan lo aprovechó como excusa para marcharse.
-Bueno, bueno, si aquí le traen su comida. Hagamos caso a los doctores y dejemos que se recupere nuestro invitado. Ya le veremos dentro de una semana, cuando le den el alta. Que le aproveche.