Contratiempo

—Ese viene a por ti —le dije. Di media vuelta y me acerqué hasta la barra con intención de escapar y pedirme otra caña. Y es que a León le gustaban las casadas, “Dan menos problemas”, decía, “No tienes que quedar tan a menudo, no hay compromiso”.
Desde lejos vi marchar a aquel pobre hombre igual que había venido, cabizbajo, triste como un árbol en invierno.
—¿Qué —le pregunté—, otro que quería conocer al que le había puesto los cuernos? —Justo entonces me di cuenta de que León estaba pálido e inmóvil como una estatua griega.
—No —balbució—, su mujer tiene el SIDA.