Hasta siempre

“Hasta siempre, Vladimir”, le dije con la voz entrecortada y los ojos llenos de lágrimas. A nuestro alrededor los compañeros pasaban como zombis, silenciosos, moribundos. Vladimir levantó la vista y sé que quiso decirme algo pero no pudo. Ni siquiera nos abrazamos, no teníamos fuerzas. No había nada más que decir, nada que hacer, nada, excepto salir de allí. Así que dimos la vuelta y nos dirigimos hacia donde nos decían los soldados americanos. La estrella de David aún lucía sobre nuestro uniforme rayado.