¡Por Dios!

No consigo recordar qué es un “hada” pero sigo leyendo interesado. Aparecen más vocablos que me suenan y no consigo identificar: “ogro”, “duende”, “mago”… y mi imaginación vuela libre con esas palabras. De repente ruidos de alarmas rodean la casa, alguien derriba la puerta y una luz cegadora me impide distinguir nada a mi alrededor. Cuatro manos me aferran y, antes de que pueda hacer nada, me sacan en volandas a la calle. En el exterior puedo ver una pila de fuego hecha con mis viejos libros de fantasía. Al lado me espera una horca, los fanáticos religiosos cada vez tienen más poder.

GRACIAS

Gracias a todos los que de una u otra forma habéis pasado por aquí, gracias a los que me comentáis algo aunque rara vez tenga un hueco pra responder, es muy gratificante saber que a alguien ahí fuera alguna vez le gusta lo que uno hace. De verdad, gracias a todos, os deseo que en estos malos tiempos que cooren tengáis la mejor de las suertes, que la vida os sonría allá donde vayáis, y que estas sean las mejores Navidades que hayáis tenido hasta ahora y las peores de las que os quedan por vivir. Gracias.
¡¡¡¡¡FELICES FIESTAS A TODOS!!!!!

No entiendo nada

No consigo recordar qué es un “hada”, pero me callo y sigo leyéndoles el cuento a mis nietos. Cada vez van apareciendo más palabras que desconozco: “ogro”, “duende”, “mago”… pero sigo haciendo como si nada, mis pobres nietos no tienen porqué sufrir con la enfermedad esa de su abuelo que le hace olvidar las cosas. Un cuento es un cuento y, aunque no entone bien porque no lo entiendo, ellos parecen disfrutar mientras leo. ¡Los quiero tanto! Hasta que un policía me separa de mis nietos con brusquedad y se los entrega a esa señora que no conozco de nada y que me mira con odio.

Por Amor

Mientras me abalanzo sobre ella puñal en mano ya sé que he fracasado. Como tantos otros antes que yo pensé que sería inmune a su atracción, a ese irresistible vórtice de amor con el que atrae a sus presas antes de comérselas, pero no, antes incluso de saltar ya la amaba, la amaba tanto que no existen palabras para expresarlo, tanto que repetiría mi sacrificio mil y una veces sólo por ella. Tanto, que sólo imaginarme que pueda devorar a otro se me hace infinitamente insoportable, así que le clavo el puñal hasta el fondo cumpliendo el encargo. La amo tanto…

La Tortura

Mientras me abalanzo sobre ella el día a día deja de tener sentido, forcejeamos sobre el suelo, giramos una y mil veces, le aferro ambas manos —no en vano yo soy más fuerte— y trato de inmovilizarla, ella se escurre y consigue liberar un brazo; su esfuerzo es máximo, los nervios del cuello casi parecen querer estallar, me araña la cara en un manotazo al aire y consigo volver a sujetarla, no ha sido difícil. Ahora no puede escapar. Logro bloquearle ambos brazos bajo mis piernas y empiezo a torturarla entre gritos estridentes.
—¡No papá, no me hagas mas cosquillas!

Esperando al sol

Ahora sólo se alimenta de ricachones, la muy víbora, se abalanza sobre su cuello y les chupa la sangre hasta la última gota. Los espera a la salida de los restaurantes más importantes, de noche, después de que se hallan dado una opípara cena, dice que la comida y el vino le cambian el sabor a la sangre. Luego se deleita, saborea el placer de la comida, paladea el regusto final de la última gota esperando el éxtasis, el paroxismo final que nunca llega. Pero hoy, después de la cena a la salida de El Bulli, se ha sentado a esperar el sol.

¡Qué difícil!

La serpiente me quedó más gorda de lo previsto, los elefantes pequeños, los camellos desproporcionados, los ratones demasiado grandes, sólo por nombrar a algunos de los animales; la verdad es que no estaba nada contento con el resultado, y mira que llevaba tiempo practicando. Así que cuando me puse con el hombre lo hice despacito. Pero al final me quedó raro ese pelo tan largo en la cabeza y tuve que ponerle barba en la cara para disimular, y con la mujer se me fue la mano en el pecho, pero la cara me salio mejor y no puse barba. ¡Hay que ver qué difícil es ser Dios!

Detrás de ti

Antes de leer esto… ¿Has mirado a tu espalda? Entre todos esos que ves indiferentes en el vagón estoy yo esperando la oportunidad. ¿De qué? Te preguntas. Pero callo y me hago el distraído: leo un libro o giro la cabeza hacia otro lado para que no me descubras.
Mira otra vez, más despacio, escucha el traqueteo del tren, ese que ya te resulta familiar de oírlo repetido, igual de monótono que todos los días, pero ¿Y yo, me recuerdas de otros días? Tal vez mañana te fijes, pero quizás, sólo quizás, mañana ya sea tarde para los dos…

Transmisión sexual

La mujer que había dentro de mí quiso salir por la oreja, por eso me la tapé con la mano; luego lo intentó por la nariz, pero yo ya estaba prevenido y la cerré con los dedos. Por la boca ni lo intentó porque sabía que la cerraría apretando los dientes, así que no le quedó más remedio que esperar hasta encontrar su oportunidad.
Nunca se lo conté a nadie, pero hoy tengo que hablarlo con mi mujer, la noto muy inquieta, anoche hicimos el amor y la mujer que estaba dentro de mí estoy seguro de que se escapó y ahora está dentro de ella.

Furtivos

Algún día se enterarían de quién era el que movía el espejito, y eso era algo que me aterraba, aquellos encuentros furtivos entre el alcalde y el cura del pueblo no eran algo para tomárselo a broma. Cada vez que se juntaban, allí estaba yo en la distancia, moviendo el espejito para que el reflejo de alguna luz les diese directo en los ojos o sobre sus cuerpos sudorosos, entonces, cuando se percataban de mi presencia, era cuestión de correr antes de que pudiesen verme ellos a mí. Y es que dejar que mis dos amantes me pusieran juntos los cuernos era más de lo que yo podía soportar sin hacer nada.

Ideas

Algún día se enterarían de quién era el que movía el espejito, ese trozo de metal que mi maestro pulió con tanto esmero que devolvía un reflejo más perfecto que el de las aguas de le laguna Estigia. Pero mientras tanto sigo callado, sin decirle a nadie que yo estaba en el fondo de la cueva, reflejando hacia aquella pared de roca el rayo de sol que se filtraba a través del agujero del techo, y haciendo así bailar las sombras para que mi maestro, el de las anchas espaldas, Platón, pudiese mostrarles a todos por una vez cómo es el mundo de las ideas.

Marchitos

Los niños jugaban a atrapar la luz con sus manos, entre juego y juego se la iban guardando, nos dejaban a oscuras como quien cierra una caja sin agujeros llena de gusanos de seda. La magia se iba poco a poco igual que había venido, en silencio, casi sin que nos diéramos cuenta. Al final, como espectadores anhelantes que éramos, todos rogábamos en silencio porque que volvieran a sacar aquella luz de sus bolsillos, y nos devolviesen la vida que, ignorantes de su poder, nos estaban arrebatando.

El origen de la luz

Los niños jugaban a atrapar la luz que se colaba por las rendijas de las persianas bajadas, perseguían alegres motas de polvo que volaban entre aquellos finos haces brillantes. Los hombres, sin apartar la vista de las ventanas, bebían taciturnos y en silencio el licor dispuesto en aquellas desvencijadas mesas repletas de vasos y botellas. Las mujeres lloraban sentadas y se lamentaban en voz baja, sin atreverse a elevar la voz más allá del sonido que producía el licor al pasar por las gargantas de sus maridos. En una noche de luna nueva como aquella, sólo los más pequeños eran ajenos al terrible origen de la luz.

Matar es mi trabajo

Y se vistieron para la misa de 12 con sus mejores galas, en los pueblos, ya se sabe, hay que aparentar se quiera o no se quiera. Atrás quedaba un trabajo que habría que terminar a la vuelta, las manchas de sangre no podían quedar así.
Y se perfumaron para apartar el hedor de la muerte de su piel y alejar a las pesadas moscas que zumbaban pesadas en derredor. Los cadáveres, troceados para que ocupasen menos, ya habían sido puestos en el congelador, fuera de la vista de todos para evitar problemas.
Trabajar los domingos en el matadero municipal tenía sus complicaciones.

¿Tú qué crees?

Aún no lo saben, pero dentro de una semana tendrán una crisis de pareja, una crisis que hará que él se acueste con otra y ella, cuando se entere, atacada por los celos, le clavará un cuchillo de cocina en el pecho tras una amarga discusión a gritos… O tal vez no, tal vez sea ella la que se acostará con otro y él quien la mate… O quizás habrán aprendido del ejemplo de otros muchos antes que ellos y simplemente se separarán. ¿Tú qué crees?

Recuerdos olvidados

Cuando volvieron sus recuerdos él ya había olvidado quien era, así que seleccionó los más felices y desechó el resto pensando que eso le haría más feliz. Sin embargo a partir de aquel día no hizo otra cosa que sufrir, no estaba preparado para el dolor.

Error fatal

No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor, ¿Cómo podía saberlo? Él no podía meterse en su cabeza y adivinar todo lo que ella estaba pensando. Con su nombre escrito en la parte superior aquello sólo podía ser un insulto, así que la cogió de los pelos y la arrastró por el salón golpeándola contra los muebles, la dio una paliza y la arrojó por la ventana. Era lo que se merecía.
Cuando volvió a la cocina y desdobló la hoja encontró aquel “Te quiero” escrito al pie.
Ahora le tiembla la mano que sujeta la pistola con el cañón apoyado en su sien.

El culo, el corazón y la baraja

No sabía que aquel culo era un corazón dibujado en su honor, lo cual no le hizo quedar como un corazón precisamente, sino más bien como el… Bueno, ya saben. Sin embargo no reculó en su osado intento y se lo jugó todo apostándolo a una carta. Hizo caso a una corazonada y le dibujó todo un futuro lleno de diamantes y corazones. Pero volvió su mala suerte, el trébol, inflexible, le mostró sólo tres hojas. Fue una pica clavada en el corazón que lo partió por la mitad y, quisiera o no quisiera, la verdad es que aquel corazón partido volvía a parecer un culo.

Amor de madre

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado y lo lanzó con rabia a la papelera. Había pensado que llegado el momento no le temblaría el pulso, sin embargo no podía evitar esa maldita tiritona mientras aquel cretino, repanchingado en el sofá, la miraba fijamente con esa horrible mueca cínica dibujada en su boca. Respiró hondo y trató de escribirlo todo de modo que al menos se entendiera. Cuando finalizó, el diablo le dijo con sorna:
—Ahora sólo falta que lo firmes.
Miriam escribió otro garabato ilegible mientras lloraba. Gracias a aquella firma su hijo sanaría y tendría una oportunidad. A ella le esperaba una condena eterna.

Odio

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado, se sentía incapaz siquiera de escribir, el odio la consumía. Sólo podía pensar en Tica y en cómo hacerla pagar por todo el malestar que le creaba a diario, siempre haciéndose la victima, malinterpretando comentarios, criticando a los demás y rezando a Dios que le perdonase. ¡Como si eso la exculpase de todo!
—Buenos días —saludó Tica como si nada al pasar frente a la puerta de su despacho.
Miriam no contestó, bajó la cabeza y se concentró en el papel que tenía delante. Escribió de nuevo el conjuro, hizo el ritual y pinchó el muñeco.
—¡Aaaahhhh! —Aquel grito que sonó al fondo sí que era música celestial.

Armas, gérmenes y acero

Con este titulo Jared Diamond obtuvo el premio Pulitzer de 1998 entre otros premios, y no es de extrañar después de su lectura. Siguiendo la estela del materialismo cultural de Marvin Harris, pero llegando aún más allá, Jared Diamod en Armas, gérmenes y acero analiza la evolución de la humanidad en los últimos 13.000 años. El punto de partida, como el mismo nos aclara en el primer capítulo, se lo dio un amigo suyo de Nueva Guinea con una de esas sencillas preguntas que son tan difíciles de contestar: ¿Por qué vosotros, los blancos, desarrollasteis tanto cargamento y lo trajisteis a Nueva Guinea, pero nosotros, los negros, teníamos tan poco cargamento propio?; o, dicho de otro modo, ¿Por qué unas culturas evolucionaron mucho y otras tan poco?


ARMAS, GERMENES Y ACERO - Diamond, Jared
DEBOLSILLO

El materialismo cultural es una corriente de la antropología que pretende explicar la historia a partir de las condiciones materiales que han rodeado a las diversas sociedades. Esta corriente, criticada por muchos, trata de ceñirse a datos y hechos más que a teorías para tratar de demostrar por qué el hombre ha evolucionado hacia unas costumbres y modelos de sociedad y no a otros. El padre de esta corriente fue Marvin Harris que la expuso en varios libros desde finales de los años 60 hasta los 90. Siguiendo esta corriente Jared Diamond nos va desgranando capítulo a capítulo, con innumerables datos que avalan sus tesis, por qué los europeos han dominado cultural y socialmente el mundo hasta hace no mucho, mientras que los chinos, los africanos o los americanos, entre otros, no han tenido las condiciones a su alrededor para poder hacerlo. Es un libro de lectura fácil pero denso en su contenido.

Si queréis saber más sobre el tema os dejo los enlaces a la Wikipedia, que a su vez tiene otros enlaces bastante interesantes, incluido uno a una serie de televisión de tres capítulos de National Geographic basada en el libro.
Desde aquí sólo quiero animaros a que descubráis cuán apasionante puede ser la lectura de este libro.

Divertimath

La malvada hipotenusa capturó a Pi, o eso creyó ella, porque se le quedaron fuera algunos decimales. Es lo que tiene ser irracional —pensó Pi—, que aunque eres real y sabes que existes, nadie sabe cómo terminas; mucho mejor que esos racionales tan cuadriculados, siempre repitiéndose y repitiéndose hasta el infinito, o bien tan limitados que enseguida terminas con ellos.
Y así, cuando Pi se cansó de meditar desde lo alto del triángulo rectángulo, se enroscó formando una pequeña circunferencia que bajó rodando la hipotenusa y desapareció en el infinito.

Mejor el dragón que mamá

—Mejor el dragón que mama —aseguró la hermosa princesa de bucles dorados al tiempo que cruzaba los brazos sobre el pecho y daba la espalda a su rescatador.
—¿De verdad prefieres al dragón? —El príncipe encantador no podía abrir más los ojos por su asombro. Llevaba más de un mes pasando penurias ¡para esto!
—Sí, el dragón no te regaña.
Aquella estatua de bucles dorados estaba poniendo a prueba la paciencia del príncipe encantador, que no podía creer que entre todas las princesas del mundo le hubiese tocado a él rescatar a aquella.
—Estoy seguro que su Majestad lo hace solo por tu bien…
—Pero el dragón no te regaña —cortó en seco la princesa sin mover un músculo, con la cabeza altiva y la barbilla apuntando al cielo.
—Mamá lo hace porque te quiere… —El príncipe decidió atacar por el lado del cariño y la cercanía, a ver si así…
—El dragón no te regaña —zanjo tozuda la hermosa princesa de bucles dorados, que parecía haberse tragado aquella frase que repetía una y otra vez.
—¡Sí, sí, ya sé que el dragón no te regaña, que tiene alas, dientes muy grandes y que echa fuego por la boca! ¿No te da miedo eso?
—El dragón echa fuego pero es bueno y no te regaña.
Aquella terquedad llegaba ya al límite que el príncipe encantador estaba dispuesto a soportar.
—Ya, pero es que el dragón está muerto.

El mito de la educación

Hoy quiero variar un poco y voy a abrir una nueva sección de recomendaciones, cosas que realmente me han impactado por su profundidad, calidad o... ¡Qué se yo! Si al final todo es subjetivo y yo no lo voy a ser menos. Y vamos a comenzar por un libro de ensayo para romper un poco.



EL MITO DE LA EDUCACIÓN - Harris, Judith Rich (Ed. DeBolsillo)
592 páginas

La tesis de este libro ya la desgrana la autora en el segundo párrafo del libro, y no es otra que:

¿Tienen los padres algún efecto importante a largo plazo sobre el desarrollo de la personalidad de sus hijos? Este artículo examina las pruebas y llega a la conclusión de que la respuesta es no.
Impresionante ¿no? Bueno, al menos a mí me impactó. Viniendo de cualquiera lo hubiera pasado como otra "invención" más sin importancia, pero me lo había recomendado encarecidamente un buen amigo, Carlos Suchowolski (al que podéis seguir en el enlace de Una nueva conciencia y cuya novela del mismo título que el blog también os recomiendo), que de este tipo de cosas anda más que informado y documentado, así que decidí darle una oportunidad al libro. Y eso es lo que os recomiendo, que le deis una oportunidad, seguro que no salís defraudados.
La autora emplea datos de un sin fin de estudios para avalar su tesis, pero lo más curioso de todo es que ella no ha hecho ninguno de ellos, sólo analiza todo lo que han hecho los demás antes. Vamos, que es una rata de biblioteca por razones personales que descubriréis en el texto. Os aseguro que se puede o no estar de acuerdo con ella, pero al menos nos mueve a analizar un montón de ideas que solemos dar por supuestas, a reflexionar sobre el tema en cuestión y a replantearnos la fiabilidad de los estudios de psicología y comportamiento humano que solemos escuchar en las noticias, entre otras muchas cosas. Un nuevo e innovador punto de vista sobre un viejo tema, ¿Qué podemos hacer los padres por nuestros hijos?

El vuelo de Ícaro

Se lanzará desde el trapecio de los sentimientos hacia el vacío incierto del amor, sin red, sin protección, sin madre ni padre. Dejará el lastre familiar que lo sujeta al suelo por una aventura aérea e incierta. Apostará todo a una carta: su vida, su razón; sin pensar siquiera una vez que ese vuelo tenga una sola posibilidad de estrellarse contra las rocas del destino. Vadeará los vientos inconstantes de la vida, y con un poco de fortuna no será arrastrado por la marea de la rutina y logrará sortear las tormentas de los desengaños. Y así, si tiene suerte, será feliz.

Corazón roto

Aquel niño era yo, ese que aparece en la foto con los pantalones cortos lanzando piedras a los cristales de la Iglesia mientras la lluvia arrecia. La instantánea la sacó el párroco con una Polaroid para presentarla como prueba en la denuncia. Maldita la gracia que le hizo aquello a mi madre, tuvo que pagar un par de cristales y me castigó un mes entero sin salir a la calle. Pero yo volví, más precavido para que no me pillasen, tiraba piedras en días alternos y desde distintos ángulos. Si hubiera podido le hubiera destrozado el corazón como había hecho él con mi madre.

Sometida

—“No hasta que por fin me haya mordido” —finaliza María el relato y mira intrigada a Javier.
—Suena raro ese final.
—Es para que todo tenga sentido, ¿no lo entiendes? Si no le muerde la cosa queda vacía, sin vida.
—Pues la verdad es que no, no logro comprender ese mordisco. Si se tratase de vampiros todavía…
—Ahí está la gracia —interrumpe María—, no son vampiros, pero en ese mordisco final el lector descubre toda la sumisión que ella esconde.
—En ese caso…—Se acerca a su cuello y la muerde hasta que una gota de sangre resbala por el nacimiento de sus senos.

Ernesto y Clara. Michelle y Gerarda.

Ernesto y Clara se conocerán dentro de unos años, todavía no, aún les queda tiempo. Cuando se conozcan, se amarán, pasarán los años, vivirán juntos, y una tarde tomando un café en una terraza un día de finales de verano, uno de esos días de temperatura agradable, justo cuando el sol empieza a caer tras el horizonte, hablarán sobre su pasado. Juntos repasarán sus vidas y recordarán la casualidad que les unió, recordarán a Gerarda y a Michelle, que por aquel entonces eran sus jefas, dos mujeres tan distintas como sus nombres y a la vez tan parecidas como sus odios, dos mujeres unidas por una pasión destructiva, de ellas mismas y de los demás, una pasión que estará a punto de arruinar sus vidas.
Clara aún no lo sabe, de hecho algún que otro día duda de si lo conseguirá, pero al final acabará su carrera, se licenciará en Empresariales. Pasará muy malos ratos con los exámenes y su frustración irá en aumento, su débil carácter estará tentado de abandonar, pero su novio por aquel entonces la convencerá para que siga adelante. Al poco de terminar la licenciatura su novio la dejará y ella pasará una mala época encerrada en sí misma. Y mucho tiempo después, a principios del siglo veintiuno, sentada en la terraza de un bar del parque del Retiro y sujetando su té con las dos manos como si tuviese frío, Clara recordará que Michelle le ofreció café durante la entrevista, y que ella accedió por sujetarse a algo con las manos y que éstas dejasen de temblar. Recordará que se lo tomó sin azúcar para que la cuchara no sonase contra la taza y no causar mala impresión, y le comentará a Ernesto con una sonrisa que todavía no se había aficionado al té porque aún no lo conocía, le sonreirá, y mientras coge sus manos con ternura, le besará en los labios con un beso corto, sencillo, con un beso tan familiar que ya es más un gesto de cariño que un beso en sí.
Esa entrevista con Michelle marcará el comienzo de su relación con la insigne multinacional NesleinSA, el fabricante numero uno de piezas de plástico de alta precisión. Michelle la contemplará cuando entre: menuda y morena, como una muñeca de porcelana antigua, frágil, a punto de romperse al mínimo golpe, y la introducirá durante la entrevista en los entresijos del plástico y sus milagros con una delicadeza extrema. Ese jueves paseará su esbelta figura alrededor de Clara, teñida de rubio, con un moño recogiendo su larga melena y ataviada con un vestido rosa pálido rematado con detalles blancos de punto en el cuello, las mangas y el borde de la falda, Michelle hablará con un tono dulce y zalamero que convencerá a Clara de que empezar de secretaria no es malo en una empresa donde las oportunidades de promoción y desarrollo profesional son tan enormes. Y Clara firmará el contrato, el primer contrato de su vida laboral, llamará a sus padres a León y se irá a celebrarlo por la noche con sus amigas.
Ernesto por su parte interrumpirá varias veces a Clara para intercalar su historia, al tiempo paseará la mano derecha por entre el ensortijado cabello que cubre su cabeza y la izquierda ajustará la montura de las gafas a la nariz y las orejas por enésima vez. La historia ya habrá sido repetida cien veces antes, al igual que la de ella, pero no por repetida perderá la frescura y el interés, porque serán las historias de sus vidas, la historia de lo que les unirá. Clara escuchará a Ernesto mientras intercala miradas a las tablas de la falda con miradas a la boca de Ernesto, porque ni siquiera con él, que tendrá suficiente confianza, será capaz de mirarle a los ojos cuando habla.
Mientras Clara estudia los primeros años de Empresariales él cursará el último año de Económicas. Pero no terminará la carrera porque sufrirá un accidente de coche que lo tendrá ingresado en el hospital durante más de un año: un viernes por la noche en el coche de Juan, su mejor amigo, otro automóvil los embestirá por el lado del conductor, que morirá en el momento del impacto. El coche rebotará contra un muro de piedras y saldrá despedido hacia el otro lado de la calzada, rodará pendiente abajo por un barranco mientras que el casete reproduce “La Chica de Ayer”. Ernesto jamás olvidará esa canción, será, junto con su cojera, el único recuerdo que le dejará el accidente.
Cuando salga del hospital veinte meses más tarde su situación ya no será la misma. Acabará recuperándose, aunque cojeará un poco el resto de sus días, pero su padre nunca volverá a ser el mismo: con el hijo en el hospital y habiendo perdido el empleo a los cincuenta y tres se sumirá en una depresión de la que no saldrá nunca. Ernesto se verá forzado a abandonar los estudios y buscar trabajo para ayudar a su madre a sacar adelante a sus tres hermanos pequeños. En unas pocas semanas encontrará trabajo de ayudante de contable en una pequeña empresa familiar de comidas a domicilio, lo que años después llamarán catering. El dueño de la empresa será el padre de Gerarda.
Serán los años ochenta una época en la que todos descubriremos la libertad, en la que el exceso estará al alcance de casi todos, en la que la tolerancia será menor de la que aparentemos y en la que Michelle y Gerarda romperán sus tabúes y mantendrán una relación lésbica, esquizofrénica y sádica que las conducirá hacia su propia destrucción.
Nunca recordarán bien como empezó todo, quizás por el exceso de alcohol, quizás por las drogas, o quizás por mantener esa especie de misterio que gravitará sobre ellas como aquella nube que perseguía incansable al Espantomóvil de la serie de dibujos animados de Los Autos Locos. El caso es que una mañana de sábado Gerarda y Michelle amanecerán juntas en el apartamento de la primera, rodeadas de vasos de alcohol medio llenos, pastillas de colores, colillas con filtro de billete de metro que desbordarán el cenicero, ropa desperdigada por el suelo marcando el camino de la puerta del apartamento hasta la cama y juguetes sexuales de muy diversa índole sacados de su escondite en el doble techo de la cocina, allí donde nunca buscaría el padre de Gerarda.
Y será Gerarda la que despierte primero, preguntándose mientras contempla a su compañera de cama qué secretos esconderá. Recordará como la vio entrar en el bar de Chueca con un traje pantalón de corte excesivamente varonil para una mujer, eso llamará su atención y hará que se acerque a charlar con ella. Sin embargo, más tarde, en los primeros escarceos será dulce como una gatita, y al final, cuando amanezca, poco antes de que el cansancio las rinda, dictatorial hasta el sadismo. No, no se podrá quejar, el placer alcanzará cotas muy altas, no obstante también lo hará el desconcierto ante lo voluble del carácter de su nueva amante. Será una dominación que querrá rechazar, pero que no podrá.
Clara también quedará desconcertada el mismo viernes en que Gerarda y Michelle se conozcan. Esa mañana se presentará en la oficina y observará perpleja como la dulce Michelle del día anterior se transforma ante sus ojos en la réplica femenina de un chulo de playa. Con un traje de chaqueta y pantalón estilo años veinte, un cigarrillo en los labios y voz grave irá explicándole las obligaciones del puesto como secretaria suya. La hablará en susurros, cerca del oído, más promoviendo que evitando el roce, tendrá que soportar los chistes machistas de su jefa y, por momentos, pensará que se ha librado de la palmadita en el trasero por ser su primer día. Michelle notará la turbación de Clara y se excitará; ira adoptando una actitud más insidiosa y más cercana a medida que avance el día, y al llegar la noche se irá a un bar en busca de pareja incapaz ya de soportar el calentón que la invade. Allí se rendirá a la primera que se le presenta, a pesar de su aspecto sucio y desaliñado, o quizás será por eso, quizás será por ser un blanco perfecto para humillar a la vista de los defectos que es capaz de detectar en el primer vistazo.
Ernesto no empezará en su nuevo empleo hasta el lunes. Para él será un comienzo más amigable y normal. Gerarda estará feliz tras el agotador fin de semana junto a su nueva conquista, feliz y satisfecha hasta límites a los que no ha llegado antes. Las relaciones hasta ahora se habían limitado a ejercicios más o menos normales y comunes entre parejas de cualquier sexo. Pero Michelle es otra cosa, Michelle es un volcán y un cuento de hadas, es tu padre y tu hijo a la vez, un animal salvaje y un osito de peluche. Y siempre, siempre, es fuego e imaginación.
La empresa recibirá a Ernesto con los brazos abiertos, no puede existir mejor ambiente donde trabajar, todos parecerán encantados con Gerarda y ésta, satisfecha de su fin de semana, le tratará como a un hijo. El único pego quizás será el aspecto sucio y descuidado que muestra Gerarda: manchas en la ropa, uñas desiguales y sucias, halitosis, caspa sobre los hombros... Pero todo lo perdonará por el trato tan amable que recibe.
Con todo, la felicidad no dura mucho en la casa del pobre y pocos días más tarde Gerarda recibirá una llamada en su despacho. Será Michelle, vestida casi de militar, con las botas apoyadas en la mesa mientras las golpea con una fusta, sujetando el teléfono con la otra mano sonríe como el mismísimo diablo, la insultará y humillará con un desprecio absoluto sin dejarla contestar. Gerarda tardará unos segundos en reaccionar después de que Michelle cuelgue. La sacará de su asombro un mensajero sobre el que descargará toda su ira. Ernesto saldrá en defensa del muchacho y desde ese día estará condenado al odio de su jefa y del resto de sus compañeros, que no tendrán jamás el suficiente valor para enfrentarse a la hija del dueño.
Casi al mismo tiempo Michelle colgará el teléfono satisfecha de sí misma, se imaginará la tortura de su compañera de cama y disfrutará con el sufrimiento que ha producido. De inmediato llamará a Clara y le dirá que encargue un ramo de rosas rojas para Gerarda. De paso la insultará y rebajará inventando defectos sobre su trabajo y su aspecto hasta el punto de que Clara saldrá llorando de allí con la intención de abandonar. Al día siguiente Clara recibirá unas disculpas de un modo femenino e infantil, tan afligido que no tendrá más remedio que olvidarse del disgusto del día anterior.
Los meses pasarán y Clara verá desfilar ante ella a la Michelle más tierna y encantadora del mundo, a la varonil y machista, y a la sádica paramilitar. Las tres personalidades de su jefa quedarán definidas con la ropa que use cada día, adecuada al papel que tocará representar. Esta personalidad múltiple creará un trastorno en Clara que la llevará al consumo de ansiolíticos.
Pero si Clara sufrirá los constantes cambios de Michelle en la oficina, Gerarda los padecerá fuera de ella. Al principio parecerá sólo un juego, a veces cruel y a veces divertido. Ese punto masoquista de Gerarda la atará con cadenas de hierro a la triple personalidad de Michelle. Esa autodestrucción no deseada pero buscada encontrará consuelo en el personaje delicado como porcelana, y consumará su realización en la inflexible sádica. También disfrutará teniendo a su lado un macho, o lo más parecido a él que puede ser su compañera. Las tres personalidades serán deseadas y odiadas a la vez y poco a poco irán minando su autoestima, la irán desgastando y, cada vez más su carácter y su aspecto se irán agriando hasta parecer una caricatura de sí misma. Esta dominación tan absoluta atará de igual modo a Michelle que, al igual que un parásito, no se dará cuenta de que está matando al huésped y, cuando quiera darse cuenta de ello ya será demasiado tarde.
Gerarda, con el aspecto brujeril que irá adquiriendo con el paso del tiempo volcará todo su odio en Ernesto humillándole delante de su cohorte de pelotas y mandándole los peores trabajos, pero sin librarle de aquellos por los que le contrató. Ernesto acabará realizando los repartos de comidas en el horario de oficina y tendrá que realizar su verdadero trabajo en casa y por la noche. Pero él sólo pensará en su familia y en la necesidad que tienen, jamás actuará en contra de su conciencia ni pensará en la venganza, tal es su necesidad que las tribulaciones que haya de pasar no le importaran ni siquiera lo suficiente como para recordarlas o tenerlas en cuenta, él sólo pensará en que el dinero que gana es necesario en casa y, hasta que crezcan sus hermanos, él es el único que puede ganarlo.
Con la relación físico-sentimental entre las dos mujeres, los pedidos de comida en NesleinSA se harán a la empresa del padre de Gerarda. Este hecho creará la oportunidad para que Clara y Ernesto se conozcan. Esos escasos minutos que se sucederán entre que él entregue el pedido y ella lo confirme bastarán para que sus miradas y sus corazones se crucen y crear así una complicidad que no escapará a los ojos de Michelle, siempre ávida de victimas para su tortuoso carácter. Y si lo sabe Michelle, lo sabe Gerarda. Este conocimiento dará a ambas la posibilidad de vejar más a sus subordinados a la menor oportunidad.
También Ernesto y Clara compartirán algo: el sufrimiento producido por sus jefas, que actuará como catalizador de su amor y sellará la unión con unos lazos irrompibles. A medida que se unan los celos irracionales y la envidia encenderán la llama del odio en los corazones de sus jefas que se ensañarán cada vez más ellos y también entre ellas en su relación sadomasoquista. Hasta que un día un accidenten en un escarceo amoroso llevará a Gerarda hasta el límite y morirá. La policía acusará a Michelle de homicidio involuntario y ante su evidente personalidad múltiple será encerrada en un hospital psiquiátrico del que no saldrá jamás.
El padre de Gerarda cerrará la empresa y se jubilará ante la desaparición de su única hija. Ernesto así se verá obligado a buscar un nuevo empleo. Una empresa de construcción le contratará y con el paso de los años irá ascendiendo hasta llegar a ser el director financiero de la misma.
Clara cambiará de jefe en la misma empresa y, después de su experiencia con Michelle, no querrá más complicaciones en su vida y permanecerá de secretaria hasta que tenga su primer hijo con Ernesto.

El velatorio

Fuera la oscuridad iba ganándole la batalla al día, el frío ya se dejaba sentir y la incensante lluvia de todo el día comenzaba a arreciar, parecía el comienzo de una tormenta.
Los dos muchachos cruzaron el vestíbulo y accedieron juntos al velatorio donde habían dejado a los familiares que acompañaban el cadáver de su abuelo. Allí, el que más y el que menos andaba en un corrillo haciendo los cálculos de a cuanto tocaría en la herencia, nadie se forzaba mucho en ocultarlo.
En cuanto entraron el padre de la chica volvió la cabeza.
–Se puede saber donde cojones habéis estado, no hace falta tanto tiempo para comerse un bocata.
Los chicos ni le contestaron, cruzaron la sala y se acercaron a ver tras el cristal el cadáver del anciano.
–¡Eh vosotros! –gritó– Os he hecho una pregunta.
–Pues comiendo un bocata –contestó la chica.
–Y se puede saber dónde, porque he pasado por la cafetería y allí no había nadie.
–Habrán ido a un bar de la calle –terció la madre de la chica–, ¿dónde iban a ir si no?
–Tú cállate que a ti no te he preguntado, o es que ahora va a ser que la niña necesita un abogado de causas pobres.
La mujer recibió el impacto de la mirada de su marido, agachó la cabeza y se encogió en un sofá que tenía detrás.
–Pues eso, –respondió el chico sin mirar a su interlocutor– hemos ido a un bar que había aquí al lado para tomar un poco el aire.
En el exterior los efectos del sol se habían dejado de sentir hacía ya un rato y las temperaturas habían descendido hasta cerca de los cero grados, las nubes habían tomado el cielo ocultando la salida de la luna y aumentando la negrura de la noche: la tempestad arreciaba y a lo lejos se escuchaban los primeros truenos.
Los familiares poco a poco habían ido abandonando sus conversaciones y observaban como la discusión del padre y los chicos iba subiendo de tono.
–¿Me tomas por tonto?
El chico volvió la cabeza hacia su tío.
–No joder, no.
–Pues lo parece chaval, lo parece. No hay un puto bar en este polígono abandonado de la mano de Dios. El único bar en kilómetros a la redonda es el del tanatorio, y allí no estabais.
El padre del chico dio un paso adelante.
–Deja al muchacho en paz, esto empieza a parecerse a un interrogatorio.
–Sólo quiero saber donde han estado los chicos, ¿o es que no tienes curiosidad por saber dónde han estado la última media hora?
Mientras discutían los dos hermanos se miraban a los ojos calibrando sus fuerzas.
–Habrán estado dando una vuelta y fumándose un cigarrillo por ahí fuera ¡Qué más da, joder!
–Bueno, bueno, sólo quiero que me lo digan ellos si no te importa.
–Venga chicos, decidle donde habéis estado y dejemos la fiesta en paz.
La chica tomo la palabra temerosa de su padre.
–Dando una vuelta por ahí fuera papá.
El hombre avanzó unos pasos hacia su hija y, antes de que nadie advirtiese nada, le propinó un manotazo en la cara a su hija partiéndole el labio inferior.
–¡Te he dicho mil veces que no me mientas! ¡Puta!
La chica trastabilló y estuvo a punto de caerse del golpe, tapó la sangre y las lágrimas con las manos y se alejó hacia una esquina intentando huir de su padre. El muchacho dio un paso adelante, pero su padre le sujetó por el hombro.
–No Juan, no –dijo la madre de la chica entre sollozos en un volumen apenas audible sin moverse del sofá donde se había dejado caer.
La tormenta se acercaba, de fondo a la discusión se podían escuchar los truenos retumbando en el exterior sobre un continuo repiqueteo de gotas de agua cada vez más intenso.
–¡Pero qué te ocurre! ¿Te has vuelto loco o qué? –gritó el padre del chico sin soltarle el hombro a su hijo.
–Estos dos cabrones no han salido a la calle o es que no puedes ver que tienen la ropa seca.
–¿Y qué más da joder? ¿Tan importante es que no puede esperar a que enterremos a papá?
–Papá era un cabrón y a ti te importa tanto como a mí, así que no me jodas ahora con la memoria de papá ni gilipolleces por el estilo.
–¡Coño! Está ahí muerto, y aquí al lado hay más gente jodida porque se le ha muerto alguien –en ese momento todos fueron conscientes de que la puerta del velatorio estaba abierta–. Si no por papá, no puedes tener un poco de respeto por los otros muertos.
Un rayo cayó sobre el pararrayos del tanatorio y el estruendo hizo temblar las paredes dejando, tras el fragor, un silencio absoluto en la sala que duró unos segundos.
–Y por qué no le hablas al cabrón de tu hijo de respeto, de respeto por mi hija, de respeto por mí, de que no se folla delante de los muertos.
El padre del chico contempló a su hijo con la cabeza agachada, luego volvió la vista hacia su sobrina y no fue capaz de contestar ni de levantar la mirada del suelo.
Afuera, en la calle, los truenos habían cesado, pero la lluvia seguía mojando las calles.

Chicles

María quería tener los dientes más blancos y brillantes del mundo.
La idea le vino con el anuncio de la tele, ese en el que a la chica le brillan los dientes después de tomar un par de chicles.
Compró unos cuantos paquetes de chicles, abrió uno y probó con dos chicles, igual que en el anuncio. Después de quince minutos mascando se fue hacia el cuarto de baño y se miró en el espejo: nada, aún no brillaban. Probó entonces con cuatro chicles y media hora. Nada, no había manera de que aquello refulgiese.
Pensó que quizás era que no tenía los dientes limpios y por eso no hacían efecto los chicles. Así pues, cogió el dentífrico y el cepillo de dientes y se los lavó a conciencia durante diez minutos. Cuando terminó fue al salón y, para no fallar esta vez, tomó ocho chicles y los masticó durante una hora...
Cuando la encontró la policía tenía la mandíbula desencajada. Calcularon que tenía en la boca el equivalente a más de cien chicles, y debió de estar más de diez horas mascando antes de que se le desencajara.
Ahora María es feliz, trabaja en un circo haciendo las pompas más grandes del mundo.

Los últimos dragones

Hoy ya no quedan dragones en la Tierra, pero hubo un tiempo en el que se les podía ver volar por el cielo. Su vuelo era majestuoso, decían los que lo vieron, que ni siquiera las mariposas eran tan hermosas cuando volaban. Sin embargo, casi sin que nadie se diese cuenta, poco a poco, fueron desapareciendo, hasta que no quedó ninguno... O eso se pensó hasta el día en que aparecieron la dragona Jimena y al dragón Guillermo.
El dragón Guillermo vivía solo en las montaña más alta de las montañas del norte. Entre las nieves tenía su castillo. Dicen que aquel castillo, hoy desparecido, lo habían construido los últimos elfos, que habían ido hasta allí escapando de los humanos. Era un castillo de hielo, tan hermoso que era imposible no pararse a contemplarlo la primera vez que uno lo veía. Guillermo no recordaba cómo se había quedado solo o si alguna vez había estado con alguien, se había acostumbrado a su vida solitaria y no echaba nada en falta.
La dragona Jimena vivía en la montaña más alta de las montañas del sur, allí donde el sol es tan abrasador que las piedras parecen fundirse. Una cueva abandonada por los enanos mineros le servía de hogar. Jimena nunca había podido recorrerla entera, y no porque no cupiese en ella, que parecía construida para dragones por su enorme tamaño, sino porque era tan profunda que temía perderse en sus recovecos. Cuando era pequeña sus papás murieron cazados por caballeros andantes en busca de gloria y ella cogió tanto miedo que nunca se atrevió a alejarse mucho de la cueva.
Tan altas eran y tan lejos estaban las montañas donde vivían Jimena y Guillermo que nunca nadie se había acercado a ellas y nunca nadie los había visto. Y ellos dos, sin saberlo, eran los dos últimos dragones vivos que quedaban en la Tierra.
Ya se sabe que no es bueno que un dragón esté solo, porque la soledad lleva al aburrimiento, el aburrimiento a la curiosidad, y la curiosidad lleva a hacer cosas. Y la dragona Jimena y el dragón Guillermo sintieron curiosidad por saber que habría más allá de sus montañas.
El primer día sólo se alejaron un poquito, lo justo para poder ver un poquito más allá de lo que veían siempre. Sintieron curiosidad por ver aquello un poco más de cerca. El segundo día fueron hasta allí, a ver de cerca lo que habían descubierto de lejos el primer día. Pero desde allí podían ver muchas más cosas, muchísimas más cosas por las que sintieron una curiosidad infinita. Cada día un poco más lejos, cada día un vuelo algo más lejano que el día anterior, cada día volviendo más tarde a casa... Hasta que un día ninguno de los dos pudo volver, porque se alejaron tanto que se les echó la noche encima y tuvieron que dormir fuera de sus casas.
Animados por aquella noche se fueron haciendo cada día más valientes y se fueron a conocer mundo. Todos los días se maravillaban ante lo que veían, cualquier mariposa, árbol o nube les parecía tan especial que se les escapaba alguna que otra llamarada de entusiasmo. Se olvidaron de sus miedos y su prudencia, cada día llegaban más lejos, cada día más alto, haciendo piruetas en el cielo o encendiendo hogueras gigantescas para calentarse por la noche. Y un día se encontraron: cada uno vio al otro volando a lo lejos y volvió a sentir miedo, miedo ante lo desconocido, ante otro dragón al que no habían visto nunca. Estuvieron volando en círculos durante horas, haciendo círculos cada vez más grandes sin darse cuenta, sintiendo cada vez un poco más de curiosidad y cada vez un poco menos de miedo; hasta que estuvieron lo suficientemente cerca el uno del otro como para hablarse y escucharse. Y empezaron a hablar... Y no pararon. Hablaron durante horas, durante días, durante semanas, durante meses. Cada uno le contó al otro de donde venía, cómo era su casa, que había hecho desde que nació hasta que se conocieron... Cada uno se dio cuenta de lo solo que había estado hasta ese momento y, sin saberlo, decidieron no separarse jamás.
Juntos volaron y descubrieron bosques, valles y montañas, juntos disfrutaron de volar, de jugar y de comer en compañía, y juntos fueron descubiertos por un pastor que cuidaba a sus ovejas. El pastor al verlos corrió tan aterrado al pueblo que casi le faltó tiempo para gritarles a todos que había visto dos dragones. Nadie le creyó hasta que Jimena y Guillermo fueron vistos por casi todo el pueblo mientras volaban camino de un nuevo valle que visitar. Todos corrieron a encerrarse en sus casas aterrados ante su paso por encima de las casas. Poco tiempo después Jimena y Guillermo tenían una legión de caballeros venidos de todos los lugares del mundo dispuestos a acabar con ellos. Por más que se alejaban siempre había alguien que los encontraba, siempre había un caballero dispuesto a clavarles una lanza o a cortarles la cabeza con la espada.
No sabían que hacer, tenían mucho miedo, Guillermo recordaba la historia de sus padres y temblaba de pensar que eso mismo podía pasarle a ellos ahora. Y tuvo una idea, irían a su castillo de hielo, allí nunca les descubrirían, allí nunca había ido nadie. Pero lo que no sabían era que no había ido nunca nadie porque nadie sabía que había dragones, y ahora lo sabían, y no pararían hasta matarlos. Durante un tiempo estuvieron tranquilos en el castillo de hielo y pensaron que todo había terminado, que podrían volver a ser felices. Pero no tardaron mucho en encontrarlos, en escalar la montaña de hielo y destrozar el castillo. Huyeron volando hacia el sur, hasta las cuevas donde había vivido Jimena, quizás allí estarían a salvo. Sin embargo allí también los encontraron.
Los dos dragones, llenos de miedo, estaban acurrucados juntos en la puerta de la cueva mientras escuchaban como los caballeros escalaban la montaña. La noche estaba llena de estrellas y una hermosa luna llena dominaba el horizonte mientras Jimena y Guillermo lloraban no sabiendo donde esconderse, donde huir, donde encontrar un lugar en el que nadie les pudiese encontrar y el que los dejasen en paz. Y fue mirando a aquella luna como se le ocurrió la idea a Jimena de ir allí. Pero está muy lejos, le dijo Guillermo. No importa, llegaremos hasta allí y nunca nadie nos encontrará, le contestó Jimena zanjando la cuestión.
Aquella noche fue la última vez que nadie pudo ver a un dragón volando, y no fue uno, que fueron dos los dragones que volaron en línea recta hacia el horizonte. Jimena y Guillermo volaron incansables durante toda la noche, sin parar ni siquiera a beber agua. Y nunca nadie volvió a saber de ellos. Algunos dicen que cayeron al mar, otros dicen que en un volcán, otros que están en una montaña tan alta y tan lejana que nunca nadie ha ido a ella. Pero yo sé que no fue así, yo sé que volaron y volaron, que no pararon, y que nunca jamás nadie los volverá a ver porque los dragones no han desaparecido, los dragones ahora viven en la Luna.

No debiste hacerlo

—¿No usas ahora el presente, Mario?
Las palabras del ordenador se fueron extinguiendo con un cierto deje de tristeza mientras lo desconectaba de la red eléctrica. Con dos asesinatos premeditados a sus espaldas no podía seguir encendido.
—Tú ya eres pasado —aseguré satisfecho dando unos golpecitos sobre la carcasa.
Recogí las herramientas y me dirigí a la puerta de salida. Justo cuando iba a cruzarla volví a escuchar aquella voz que acababa de apagar:
—No debiste hacerlo Mario.