El velatorio

Fuera la oscuridad iba ganándole la batalla al día, el frío ya se dejaba sentir y la incensante lluvia de todo el día comenzaba a arreciar, parecía el comienzo de una tormenta.
Los dos muchachos cruzaron el vestíbulo y accedieron juntos al velatorio donde habían dejado a los familiares que acompañaban el cadáver de su abuelo. Allí, el que más y el que menos andaba en un corrillo haciendo los cálculos de a cuanto tocaría en la herencia, nadie se forzaba mucho en ocultarlo.
En cuanto entraron el padre de la chica volvió la cabeza.
–Se puede saber donde cojones habéis estado, no hace falta tanto tiempo para comerse un bocata.
Los chicos ni le contestaron, cruzaron la sala y se acercaron a ver tras el cristal el cadáver del anciano.
–¡Eh vosotros! –gritó– Os he hecho una pregunta.
–Pues comiendo un bocata –contestó la chica.
–Y se puede saber dónde, porque he pasado por la cafetería y allí no había nadie.
–Habrán ido a un bar de la calle –terció la madre de la chica–, ¿dónde iban a ir si no?
–Tú cállate que a ti no te he preguntado, o es que ahora va a ser que la niña necesita un abogado de causas pobres.
La mujer recibió el impacto de la mirada de su marido, agachó la cabeza y se encogió en un sofá que tenía detrás.
–Pues eso, –respondió el chico sin mirar a su interlocutor– hemos ido a un bar que había aquí al lado para tomar un poco el aire.
En el exterior los efectos del sol se habían dejado de sentir hacía ya un rato y las temperaturas habían descendido hasta cerca de los cero grados, las nubes habían tomado el cielo ocultando la salida de la luna y aumentando la negrura de la noche: la tempestad arreciaba y a lo lejos se escuchaban los primeros truenos.
Los familiares poco a poco habían ido abandonando sus conversaciones y observaban como la discusión del padre y los chicos iba subiendo de tono.
–¿Me tomas por tonto?
El chico volvió la cabeza hacia su tío.
–No joder, no.
–Pues lo parece chaval, lo parece. No hay un puto bar en este polígono abandonado de la mano de Dios. El único bar en kilómetros a la redonda es el del tanatorio, y allí no estabais.
El padre del chico dio un paso adelante.
–Deja al muchacho en paz, esto empieza a parecerse a un interrogatorio.
–Sólo quiero saber donde han estado los chicos, ¿o es que no tienes curiosidad por saber dónde han estado la última media hora?
Mientras discutían los dos hermanos se miraban a los ojos calibrando sus fuerzas.
–Habrán estado dando una vuelta y fumándose un cigarrillo por ahí fuera ¡Qué más da, joder!
–Bueno, bueno, sólo quiero que me lo digan ellos si no te importa.
–Venga chicos, decidle donde habéis estado y dejemos la fiesta en paz.
La chica tomo la palabra temerosa de su padre.
–Dando una vuelta por ahí fuera papá.
El hombre avanzó unos pasos hacia su hija y, antes de que nadie advirtiese nada, le propinó un manotazo en la cara a su hija partiéndole el labio inferior.
–¡Te he dicho mil veces que no me mientas! ¡Puta!
La chica trastabilló y estuvo a punto de caerse del golpe, tapó la sangre y las lágrimas con las manos y se alejó hacia una esquina intentando huir de su padre. El muchacho dio un paso adelante, pero su padre le sujetó por el hombro.
–No Juan, no –dijo la madre de la chica entre sollozos en un volumen apenas audible sin moverse del sofá donde se había dejado caer.
La tormenta se acercaba, de fondo a la discusión se podían escuchar los truenos retumbando en el exterior sobre un continuo repiqueteo de gotas de agua cada vez más intenso.
–¡Pero qué te ocurre! ¿Te has vuelto loco o qué? –gritó el padre del chico sin soltarle el hombro a su hijo.
–Estos dos cabrones no han salido a la calle o es que no puedes ver que tienen la ropa seca.
–¿Y qué más da joder? ¿Tan importante es que no puede esperar a que enterremos a papá?
–Papá era un cabrón y a ti te importa tanto como a mí, así que no me jodas ahora con la memoria de papá ni gilipolleces por el estilo.
–¡Coño! Está ahí muerto, y aquí al lado hay más gente jodida porque se le ha muerto alguien –en ese momento todos fueron conscientes de que la puerta del velatorio estaba abierta–. Si no por papá, no puedes tener un poco de respeto por los otros muertos.
Un rayo cayó sobre el pararrayos del tanatorio y el estruendo hizo temblar las paredes dejando, tras el fragor, un silencio absoluto en la sala que duró unos segundos.
–Y por qué no le hablas al cabrón de tu hijo de respeto, de respeto por mi hija, de respeto por mí, de que no se folla delante de los muertos.
El padre del chico contempló a su hijo con la cabeza agachada, luego volvió la vista hacia su sobrina y no fue capaz de contestar ni de levantar la mirada del suelo.
Afuera, en la calle, los truenos habían cesado, pero la lluvia seguía mojando las calles.

Chicles

María quería tener los dientes más blancos y brillantes del mundo.
La idea le vino con el anuncio de la tele, ese en el que a la chica le brillan los dientes después de tomar un par de chicles.
Compró unos cuantos paquetes de chicles, abrió uno y probó con dos chicles, igual que en el anuncio. Después de quince minutos mascando se fue hacia el cuarto de baño y se miró en el espejo: nada, aún no brillaban. Probó entonces con cuatro chicles y media hora. Nada, no había manera de que aquello refulgiese.
Pensó que quizás era que no tenía los dientes limpios y por eso no hacían efecto los chicles. Así pues, cogió el dentífrico y el cepillo de dientes y se los lavó a conciencia durante diez minutos. Cuando terminó fue al salón y, para no fallar esta vez, tomó ocho chicles y los masticó durante una hora...
Cuando la encontró la policía tenía la mandíbula desencajada. Calcularon que tenía en la boca el equivalente a más de cien chicles, y debió de estar más de diez horas mascando antes de que se le desencajara.
Ahora María es feliz, trabaja en un circo haciendo las pompas más grandes del mundo.

Los últimos dragones

Hoy ya no quedan dragones en la Tierra, pero hubo un tiempo en el que se les podía ver volar por el cielo. Su vuelo era majestuoso, decían los que lo vieron, que ni siquiera las mariposas eran tan hermosas cuando volaban. Sin embargo, casi sin que nadie se diese cuenta, poco a poco, fueron desapareciendo, hasta que no quedó ninguno... O eso se pensó hasta el día en que aparecieron la dragona Jimena y al dragón Guillermo.
El dragón Guillermo vivía solo en las montaña más alta de las montañas del norte. Entre las nieves tenía su castillo. Dicen que aquel castillo, hoy desparecido, lo habían construido los últimos elfos, que habían ido hasta allí escapando de los humanos. Era un castillo de hielo, tan hermoso que era imposible no pararse a contemplarlo la primera vez que uno lo veía. Guillermo no recordaba cómo se había quedado solo o si alguna vez había estado con alguien, se había acostumbrado a su vida solitaria y no echaba nada en falta.
La dragona Jimena vivía en la montaña más alta de las montañas del sur, allí donde el sol es tan abrasador que las piedras parecen fundirse. Una cueva abandonada por los enanos mineros le servía de hogar. Jimena nunca había podido recorrerla entera, y no porque no cupiese en ella, que parecía construida para dragones por su enorme tamaño, sino porque era tan profunda que temía perderse en sus recovecos. Cuando era pequeña sus papás murieron cazados por caballeros andantes en busca de gloria y ella cogió tanto miedo que nunca se atrevió a alejarse mucho de la cueva.
Tan altas eran y tan lejos estaban las montañas donde vivían Jimena y Guillermo que nunca nadie se había acercado a ellas y nunca nadie los había visto. Y ellos dos, sin saberlo, eran los dos últimos dragones vivos que quedaban en la Tierra.
Ya se sabe que no es bueno que un dragón esté solo, porque la soledad lleva al aburrimiento, el aburrimiento a la curiosidad, y la curiosidad lleva a hacer cosas. Y la dragona Jimena y el dragón Guillermo sintieron curiosidad por saber que habría más allá de sus montañas.
El primer día sólo se alejaron un poquito, lo justo para poder ver un poquito más allá de lo que veían siempre. Sintieron curiosidad por ver aquello un poco más de cerca. El segundo día fueron hasta allí, a ver de cerca lo que habían descubierto de lejos el primer día. Pero desde allí podían ver muchas más cosas, muchísimas más cosas por las que sintieron una curiosidad infinita. Cada día un poco más lejos, cada día un vuelo algo más lejano que el día anterior, cada día volviendo más tarde a casa... Hasta que un día ninguno de los dos pudo volver, porque se alejaron tanto que se les echó la noche encima y tuvieron que dormir fuera de sus casas.
Animados por aquella noche se fueron haciendo cada día más valientes y se fueron a conocer mundo. Todos los días se maravillaban ante lo que veían, cualquier mariposa, árbol o nube les parecía tan especial que se les escapaba alguna que otra llamarada de entusiasmo. Se olvidaron de sus miedos y su prudencia, cada día llegaban más lejos, cada día más alto, haciendo piruetas en el cielo o encendiendo hogueras gigantescas para calentarse por la noche. Y un día se encontraron: cada uno vio al otro volando a lo lejos y volvió a sentir miedo, miedo ante lo desconocido, ante otro dragón al que no habían visto nunca. Estuvieron volando en círculos durante horas, haciendo círculos cada vez más grandes sin darse cuenta, sintiendo cada vez un poco más de curiosidad y cada vez un poco menos de miedo; hasta que estuvieron lo suficientemente cerca el uno del otro como para hablarse y escucharse. Y empezaron a hablar... Y no pararon. Hablaron durante horas, durante días, durante semanas, durante meses. Cada uno le contó al otro de donde venía, cómo era su casa, que había hecho desde que nació hasta que se conocieron... Cada uno se dio cuenta de lo solo que había estado hasta ese momento y, sin saberlo, decidieron no separarse jamás.
Juntos volaron y descubrieron bosques, valles y montañas, juntos disfrutaron de volar, de jugar y de comer en compañía, y juntos fueron descubiertos por un pastor que cuidaba a sus ovejas. El pastor al verlos corrió tan aterrado al pueblo que casi le faltó tiempo para gritarles a todos que había visto dos dragones. Nadie le creyó hasta que Jimena y Guillermo fueron vistos por casi todo el pueblo mientras volaban camino de un nuevo valle que visitar. Todos corrieron a encerrarse en sus casas aterrados ante su paso por encima de las casas. Poco tiempo después Jimena y Guillermo tenían una legión de caballeros venidos de todos los lugares del mundo dispuestos a acabar con ellos. Por más que se alejaban siempre había alguien que los encontraba, siempre había un caballero dispuesto a clavarles una lanza o a cortarles la cabeza con la espada.
No sabían que hacer, tenían mucho miedo, Guillermo recordaba la historia de sus padres y temblaba de pensar que eso mismo podía pasarle a ellos ahora. Y tuvo una idea, irían a su castillo de hielo, allí nunca les descubrirían, allí nunca había ido nadie. Pero lo que no sabían era que no había ido nunca nadie porque nadie sabía que había dragones, y ahora lo sabían, y no pararían hasta matarlos. Durante un tiempo estuvieron tranquilos en el castillo de hielo y pensaron que todo había terminado, que podrían volver a ser felices. Pero no tardaron mucho en encontrarlos, en escalar la montaña de hielo y destrozar el castillo. Huyeron volando hacia el sur, hasta las cuevas donde había vivido Jimena, quizás allí estarían a salvo. Sin embargo allí también los encontraron.
Los dos dragones, llenos de miedo, estaban acurrucados juntos en la puerta de la cueva mientras escuchaban como los caballeros escalaban la montaña. La noche estaba llena de estrellas y una hermosa luna llena dominaba el horizonte mientras Jimena y Guillermo lloraban no sabiendo donde esconderse, donde huir, donde encontrar un lugar en el que nadie les pudiese encontrar y el que los dejasen en paz. Y fue mirando a aquella luna como se le ocurrió la idea a Jimena de ir allí. Pero está muy lejos, le dijo Guillermo. No importa, llegaremos hasta allí y nunca nadie nos encontrará, le contestó Jimena zanjando la cuestión.
Aquella noche fue la última vez que nadie pudo ver a un dragón volando, y no fue uno, que fueron dos los dragones que volaron en línea recta hacia el horizonte. Jimena y Guillermo volaron incansables durante toda la noche, sin parar ni siquiera a beber agua. Y nunca nadie volvió a saber de ellos. Algunos dicen que cayeron al mar, otros dicen que en un volcán, otros que están en una montaña tan alta y tan lejana que nunca nadie ha ido a ella. Pero yo sé que no fue así, yo sé que volaron y volaron, que no pararon, y que nunca jamás nadie los volverá a ver porque los dragones no han desaparecido, los dragones ahora viven en la Luna.

No debiste hacerlo

—¿No usas ahora el presente, Mario?
Las palabras del ordenador se fueron extinguiendo con un cierto deje de tristeza mientras lo desconectaba de la red eléctrica. Con dos asesinatos premeditados a sus espaldas no podía seguir encendido.
—Tú ya eres pasado —aseguré satisfecho dando unos golpecitos sobre la carcasa.
Recogí las herramientas y me dirigí a la puerta de salida. Justo cuando iba a cruzarla volví a escuchar aquella voz que acababa de apagar:
—No debiste hacerlo Mario.