Ernesto y Clara. Michelle y Gerarda.

Ernesto y Clara se conocerán dentro de unos años, todavía no, aún les queda tiempo. Cuando se conozcan, se amarán, pasarán los años, vivirán juntos, y una tarde tomando un café en una terraza un día de finales de verano, uno de esos días de temperatura agradable, justo cuando el sol empieza a caer tras el horizonte, hablarán sobre su pasado. Juntos repasarán sus vidas y recordarán la casualidad que les unió, recordarán a Gerarda y a Michelle, que por aquel entonces eran sus jefas, dos mujeres tan distintas como sus nombres y a la vez tan parecidas como sus odios, dos mujeres unidas por una pasión destructiva, de ellas mismas y de los demás, una pasión que estará a punto de arruinar sus vidas.
Clara aún no lo sabe, de hecho algún que otro día duda de si lo conseguirá, pero al final acabará su carrera, se licenciará en Empresariales. Pasará muy malos ratos con los exámenes y su frustración irá en aumento, su débil carácter estará tentado de abandonar, pero su novio por aquel entonces la convencerá para que siga adelante. Al poco de terminar la licenciatura su novio la dejará y ella pasará una mala época encerrada en sí misma. Y mucho tiempo después, a principios del siglo veintiuno, sentada en la terraza de un bar del parque del Retiro y sujetando su té con las dos manos como si tuviese frío, Clara recordará que Michelle le ofreció café durante la entrevista, y que ella accedió por sujetarse a algo con las manos y que éstas dejasen de temblar. Recordará que se lo tomó sin azúcar para que la cuchara no sonase contra la taza y no causar mala impresión, y le comentará a Ernesto con una sonrisa que todavía no se había aficionado al té porque aún no lo conocía, le sonreirá, y mientras coge sus manos con ternura, le besará en los labios con un beso corto, sencillo, con un beso tan familiar que ya es más un gesto de cariño que un beso en sí.
Esa entrevista con Michelle marcará el comienzo de su relación con la insigne multinacional NesleinSA, el fabricante numero uno de piezas de plástico de alta precisión. Michelle la contemplará cuando entre: menuda y morena, como una muñeca de porcelana antigua, frágil, a punto de romperse al mínimo golpe, y la introducirá durante la entrevista en los entresijos del plástico y sus milagros con una delicadeza extrema. Ese jueves paseará su esbelta figura alrededor de Clara, teñida de rubio, con un moño recogiendo su larga melena y ataviada con un vestido rosa pálido rematado con detalles blancos de punto en el cuello, las mangas y el borde de la falda, Michelle hablará con un tono dulce y zalamero que convencerá a Clara de que empezar de secretaria no es malo en una empresa donde las oportunidades de promoción y desarrollo profesional son tan enormes. Y Clara firmará el contrato, el primer contrato de su vida laboral, llamará a sus padres a León y se irá a celebrarlo por la noche con sus amigas.
Ernesto por su parte interrumpirá varias veces a Clara para intercalar su historia, al tiempo paseará la mano derecha por entre el ensortijado cabello que cubre su cabeza y la izquierda ajustará la montura de las gafas a la nariz y las orejas por enésima vez. La historia ya habrá sido repetida cien veces antes, al igual que la de ella, pero no por repetida perderá la frescura y el interés, porque serán las historias de sus vidas, la historia de lo que les unirá. Clara escuchará a Ernesto mientras intercala miradas a las tablas de la falda con miradas a la boca de Ernesto, porque ni siquiera con él, que tendrá suficiente confianza, será capaz de mirarle a los ojos cuando habla.
Mientras Clara estudia los primeros años de Empresariales él cursará el último año de Económicas. Pero no terminará la carrera porque sufrirá un accidente de coche que lo tendrá ingresado en el hospital durante más de un año: un viernes por la noche en el coche de Juan, su mejor amigo, otro automóvil los embestirá por el lado del conductor, que morirá en el momento del impacto. El coche rebotará contra un muro de piedras y saldrá despedido hacia el otro lado de la calzada, rodará pendiente abajo por un barranco mientras que el casete reproduce “La Chica de Ayer”. Ernesto jamás olvidará esa canción, será, junto con su cojera, el único recuerdo que le dejará el accidente.
Cuando salga del hospital veinte meses más tarde su situación ya no será la misma. Acabará recuperándose, aunque cojeará un poco el resto de sus días, pero su padre nunca volverá a ser el mismo: con el hijo en el hospital y habiendo perdido el empleo a los cincuenta y tres se sumirá en una depresión de la que no saldrá nunca. Ernesto se verá forzado a abandonar los estudios y buscar trabajo para ayudar a su madre a sacar adelante a sus tres hermanos pequeños. En unas pocas semanas encontrará trabajo de ayudante de contable en una pequeña empresa familiar de comidas a domicilio, lo que años después llamarán catering. El dueño de la empresa será el padre de Gerarda.
Serán los años ochenta una época en la que todos descubriremos la libertad, en la que el exceso estará al alcance de casi todos, en la que la tolerancia será menor de la que aparentemos y en la que Michelle y Gerarda romperán sus tabúes y mantendrán una relación lésbica, esquizofrénica y sádica que las conducirá hacia su propia destrucción.
Nunca recordarán bien como empezó todo, quizás por el exceso de alcohol, quizás por las drogas, o quizás por mantener esa especie de misterio que gravitará sobre ellas como aquella nube que perseguía incansable al Espantomóvil de la serie de dibujos animados de Los Autos Locos. El caso es que una mañana de sábado Gerarda y Michelle amanecerán juntas en el apartamento de la primera, rodeadas de vasos de alcohol medio llenos, pastillas de colores, colillas con filtro de billete de metro que desbordarán el cenicero, ropa desperdigada por el suelo marcando el camino de la puerta del apartamento hasta la cama y juguetes sexuales de muy diversa índole sacados de su escondite en el doble techo de la cocina, allí donde nunca buscaría el padre de Gerarda.
Y será Gerarda la que despierte primero, preguntándose mientras contempla a su compañera de cama qué secretos esconderá. Recordará como la vio entrar en el bar de Chueca con un traje pantalón de corte excesivamente varonil para una mujer, eso llamará su atención y hará que se acerque a charlar con ella. Sin embargo, más tarde, en los primeros escarceos será dulce como una gatita, y al final, cuando amanezca, poco antes de que el cansancio las rinda, dictatorial hasta el sadismo. No, no se podrá quejar, el placer alcanzará cotas muy altas, no obstante también lo hará el desconcierto ante lo voluble del carácter de su nueva amante. Será una dominación que querrá rechazar, pero que no podrá.
Clara también quedará desconcertada el mismo viernes en que Gerarda y Michelle se conozcan. Esa mañana se presentará en la oficina y observará perpleja como la dulce Michelle del día anterior se transforma ante sus ojos en la réplica femenina de un chulo de playa. Con un traje de chaqueta y pantalón estilo años veinte, un cigarrillo en los labios y voz grave irá explicándole las obligaciones del puesto como secretaria suya. La hablará en susurros, cerca del oído, más promoviendo que evitando el roce, tendrá que soportar los chistes machistas de su jefa y, por momentos, pensará que se ha librado de la palmadita en el trasero por ser su primer día. Michelle notará la turbación de Clara y se excitará; ira adoptando una actitud más insidiosa y más cercana a medida que avance el día, y al llegar la noche se irá a un bar en busca de pareja incapaz ya de soportar el calentón que la invade. Allí se rendirá a la primera que se le presenta, a pesar de su aspecto sucio y desaliñado, o quizás será por eso, quizás será por ser un blanco perfecto para humillar a la vista de los defectos que es capaz de detectar en el primer vistazo.
Ernesto no empezará en su nuevo empleo hasta el lunes. Para él será un comienzo más amigable y normal. Gerarda estará feliz tras el agotador fin de semana junto a su nueva conquista, feliz y satisfecha hasta límites a los que no ha llegado antes. Las relaciones hasta ahora se habían limitado a ejercicios más o menos normales y comunes entre parejas de cualquier sexo. Pero Michelle es otra cosa, Michelle es un volcán y un cuento de hadas, es tu padre y tu hijo a la vez, un animal salvaje y un osito de peluche. Y siempre, siempre, es fuego e imaginación.
La empresa recibirá a Ernesto con los brazos abiertos, no puede existir mejor ambiente donde trabajar, todos parecerán encantados con Gerarda y ésta, satisfecha de su fin de semana, le tratará como a un hijo. El único pego quizás será el aspecto sucio y descuidado que muestra Gerarda: manchas en la ropa, uñas desiguales y sucias, halitosis, caspa sobre los hombros... Pero todo lo perdonará por el trato tan amable que recibe.
Con todo, la felicidad no dura mucho en la casa del pobre y pocos días más tarde Gerarda recibirá una llamada en su despacho. Será Michelle, vestida casi de militar, con las botas apoyadas en la mesa mientras las golpea con una fusta, sujetando el teléfono con la otra mano sonríe como el mismísimo diablo, la insultará y humillará con un desprecio absoluto sin dejarla contestar. Gerarda tardará unos segundos en reaccionar después de que Michelle cuelgue. La sacará de su asombro un mensajero sobre el que descargará toda su ira. Ernesto saldrá en defensa del muchacho y desde ese día estará condenado al odio de su jefa y del resto de sus compañeros, que no tendrán jamás el suficiente valor para enfrentarse a la hija del dueño.
Casi al mismo tiempo Michelle colgará el teléfono satisfecha de sí misma, se imaginará la tortura de su compañera de cama y disfrutará con el sufrimiento que ha producido. De inmediato llamará a Clara y le dirá que encargue un ramo de rosas rojas para Gerarda. De paso la insultará y rebajará inventando defectos sobre su trabajo y su aspecto hasta el punto de que Clara saldrá llorando de allí con la intención de abandonar. Al día siguiente Clara recibirá unas disculpas de un modo femenino e infantil, tan afligido que no tendrá más remedio que olvidarse del disgusto del día anterior.
Los meses pasarán y Clara verá desfilar ante ella a la Michelle más tierna y encantadora del mundo, a la varonil y machista, y a la sádica paramilitar. Las tres personalidades de su jefa quedarán definidas con la ropa que use cada día, adecuada al papel que tocará representar. Esta personalidad múltiple creará un trastorno en Clara que la llevará al consumo de ansiolíticos.
Pero si Clara sufrirá los constantes cambios de Michelle en la oficina, Gerarda los padecerá fuera de ella. Al principio parecerá sólo un juego, a veces cruel y a veces divertido. Ese punto masoquista de Gerarda la atará con cadenas de hierro a la triple personalidad de Michelle. Esa autodestrucción no deseada pero buscada encontrará consuelo en el personaje delicado como porcelana, y consumará su realización en la inflexible sádica. También disfrutará teniendo a su lado un macho, o lo más parecido a él que puede ser su compañera. Las tres personalidades serán deseadas y odiadas a la vez y poco a poco irán minando su autoestima, la irán desgastando y, cada vez más su carácter y su aspecto se irán agriando hasta parecer una caricatura de sí misma. Esta dominación tan absoluta atará de igual modo a Michelle que, al igual que un parásito, no se dará cuenta de que está matando al huésped y, cuando quiera darse cuenta de ello ya será demasiado tarde.
Gerarda, con el aspecto brujeril que irá adquiriendo con el paso del tiempo volcará todo su odio en Ernesto humillándole delante de su cohorte de pelotas y mandándole los peores trabajos, pero sin librarle de aquellos por los que le contrató. Ernesto acabará realizando los repartos de comidas en el horario de oficina y tendrá que realizar su verdadero trabajo en casa y por la noche. Pero él sólo pensará en su familia y en la necesidad que tienen, jamás actuará en contra de su conciencia ni pensará en la venganza, tal es su necesidad que las tribulaciones que haya de pasar no le importaran ni siquiera lo suficiente como para recordarlas o tenerlas en cuenta, él sólo pensará en que el dinero que gana es necesario en casa y, hasta que crezcan sus hermanos, él es el único que puede ganarlo.
Con la relación físico-sentimental entre las dos mujeres, los pedidos de comida en NesleinSA se harán a la empresa del padre de Gerarda. Este hecho creará la oportunidad para que Clara y Ernesto se conozcan. Esos escasos minutos que se sucederán entre que él entregue el pedido y ella lo confirme bastarán para que sus miradas y sus corazones se crucen y crear así una complicidad que no escapará a los ojos de Michelle, siempre ávida de victimas para su tortuoso carácter. Y si lo sabe Michelle, lo sabe Gerarda. Este conocimiento dará a ambas la posibilidad de vejar más a sus subordinados a la menor oportunidad.
También Ernesto y Clara compartirán algo: el sufrimiento producido por sus jefas, que actuará como catalizador de su amor y sellará la unión con unos lazos irrompibles. A medida que se unan los celos irracionales y la envidia encenderán la llama del odio en los corazones de sus jefas que se ensañarán cada vez más ellos y también entre ellas en su relación sadomasoquista. Hasta que un día un accidenten en un escarceo amoroso llevará a Gerarda hasta el límite y morirá. La policía acusará a Michelle de homicidio involuntario y ante su evidente personalidad múltiple será encerrada en un hospital psiquiátrico del que no saldrá jamás.
El padre de Gerarda cerrará la empresa y se jubilará ante la desaparición de su única hija. Ernesto así se verá obligado a buscar un nuevo empleo. Una empresa de construcción le contratará y con el paso de los años irá ascendiendo hasta llegar a ser el director financiero de la misma.
Clara cambiará de jefe en la misma empresa y, después de su experiencia con Michelle, no querrá más complicaciones en su vida y permanecerá de secretaria hasta que tenga su primer hijo con Ernesto.