Transmisión sexual

La mujer que había dentro de mí quiso salir por la oreja, por eso me la tapé con la mano; luego lo intentó por la nariz, pero yo ya estaba prevenido y la cerré con los dedos. Por la boca ni lo intentó porque sabía que la cerraría apretando los dientes, así que no le quedó más remedio que esperar hasta encontrar su oportunidad.
Nunca se lo conté a nadie, pero hoy tengo que hablarlo con mi mujer, la noto muy inquieta, anoche hicimos el amor y la mujer que estaba dentro de mí estoy seguro de que se escapó y ahora está dentro de ella.

Furtivos

Algún día se enterarían de quién era el que movía el espejito, y eso era algo que me aterraba, aquellos encuentros furtivos entre el alcalde y el cura del pueblo no eran algo para tomárselo a broma. Cada vez que se juntaban, allí estaba yo en la distancia, moviendo el espejito para que el reflejo de alguna luz les diese directo en los ojos o sobre sus cuerpos sudorosos, entonces, cuando se percataban de mi presencia, era cuestión de correr antes de que pudiesen verme ellos a mí. Y es que dejar que mis dos amantes me pusieran juntos los cuernos era más de lo que yo podía soportar sin hacer nada.

Ideas

Algún día se enterarían de quién era el que movía el espejito, ese trozo de metal que mi maestro pulió con tanto esmero que devolvía un reflejo más perfecto que el de las aguas de le laguna Estigia. Pero mientras tanto sigo callado, sin decirle a nadie que yo estaba en el fondo de la cueva, reflejando hacia aquella pared de roca el rayo de sol que se filtraba a través del agujero del techo, y haciendo así bailar las sombras para que mi maestro, el de las anchas espaldas, Platón, pudiese mostrarles a todos por una vez cómo es el mundo de las ideas.

Marchitos

Los niños jugaban a atrapar la luz con sus manos, entre juego y juego se la iban guardando, nos dejaban a oscuras como quien cierra una caja sin agujeros llena de gusanos de seda. La magia se iba poco a poco igual que había venido, en silencio, casi sin que nos diéramos cuenta. Al final, como espectadores anhelantes que éramos, todos rogábamos en silencio porque que volvieran a sacar aquella luz de sus bolsillos, y nos devolviesen la vida que, ignorantes de su poder, nos estaban arrebatando.