La Tortura

Mientras me abalanzo sobre ella el día a día deja de tener sentido, forcejeamos sobre el suelo, giramos una y mil veces, le aferro ambas manos —no en vano yo soy más fuerte— y trato de inmovilizarla, ella se escurre y consigue liberar un brazo; su esfuerzo es máximo, los nervios del cuello casi parecen querer estallar, me araña la cara en un manotazo al aire y consigo volver a sujetarla, no ha sido difícil. Ahora no puede escapar. Logro bloquearle ambos brazos bajo mis piernas y empiezo a torturarla entre gritos estridentes.
—¡No papá, no me hagas mas cosquillas!

Esperando al sol

Ahora sólo se alimenta de ricachones, la muy víbora, se abalanza sobre su cuello y les chupa la sangre hasta la última gota. Los espera a la salida de los restaurantes más importantes, de noche, después de que se hallan dado una opípara cena, dice que la comida y el vino le cambian el sabor a la sangre. Luego se deleita, saborea el placer de la comida, paladea el regusto final de la última gota esperando el éxtasis, el paroxismo final que nunca llega. Pero hoy, después de la cena a la salida de El Bulli, se ha sentado a esperar el sol.

¡Qué difícil!

La serpiente me quedó más gorda de lo previsto, los elefantes pequeños, los camellos desproporcionados, los ratones demasiado grandes, sólo por nombrar a algunos de los animales; la verdad es que no estaba nada contento con el resultado, y mira que llevaba tiempo practicando. Así que cuando me puse con el hombre lo hice despacito. Pero al final me quedó raro ese pelo tan largo en la cabeza y tuve que ponerle barba en la cara para disimular, y con la mujer se me fue la mano en el pecho, pero la cara me salio mejor y no puse barba. ¡Hay que ver qué difícil es ser Dios!

Detrás de ti

Antes de leer esto… ¿Has mirado a tu espalda? Entre todos esos que ves indiferentes en el vagón estoy yo esperando la oportunidad. ¿De qué? Te preguntas. Pero callo y me hago el distraído: leo un libro o giro la cabeza hacia otro lado para que no me descubras.
Mira otra vez, más despacio, escucha el traqueteo del tren, ese que ya te resulta familiar de oírlo repetido, igual de monótono que todos los días, pero ¿Y yo, me recuerdas de otros días? Tal vez mañana te fijes, pero quizás, sólo quizás, mañana ya sea tarde para los dos…