Mejor el dragón que mamá

—Mejor el dragón que mama —aseguró la hermosa princesa de bucles dorados al tiempo que cruzaba los brazos sobre el pecho y daba la espalda a su rescatador.
—¿De verdad prefieres al dragón? —El príncipe encantador no podía abrir más los ojos por su asombro. Llevaba más de un mes pasando penurias ¡para esto!
—Sí, el dragón no te regaña.
Aquella estatua de bucles dorados estaba poniendo a prueba la paciencia del príncipe encantador, que no podía creer que entre todas las princesas del mundo le hubiese tocado a él rescatar a aquella.
—Estoy seguro que su Majestad lo hace solo por tu bien…
—Pero el dragón no te regaña —cortó en seco la princesa sin mover un músculo, con la cabeza altiva y la barbilla apuntando al cielo.
—Mamá lo hace porque te quiere… —El príncipe decidió atacar por el lado del cariño y la cercanía, a ver si así…
—El dragón no te regaña —zanjo tozuda la hermosa princesa de bucles dorados, que parecía haberse tragado aquella frase que repetía una y otra vez.
—¡Sí, sí, ya sé que el dragón no te regaña, que tiene alas, dientes muy grandes y que echa fuego por la boca! ¿No te da miedo eso?
—El dragón echa fuego pero es bueno y no te regaña.
Aquella terquedad llegaba ya al límite que el príncipe encantador estaba dispuesto a soportar.
—Ya, pero es que el dragón está muerto.