Odio

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado, se sentía incapaz siquiera de escribir, el odio la consumía. Sólo podía pensar en Tica y en cómo hacerla pagar por todo el malestar que le creaba a diario, siempre haciéndose la victima, malinterpretando comentarios, criticando a los demás y rezando a Dios que le perdonase. ¡Como si eso la exculpase de todo!
—Buenos días —saludó Tica como si nada al pasar frente a la puerta de su despacho.
Miriam no contestó, bajó la cabeza y se concentró en el papel que tenía delante. Escribió de nuevo el conjuro, hizo el ritual y pinchó el muñeco.
—¡Aaaahhhh! —Aquel grito que sonó al fondo sí que era música celestial.