Amor de madre

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado y lo lanzó con rabia a la papelera. Había pensado que llegado el momento no le temblaría el pulso, sin embargo no podía evitar esa maldita tiritona mientras aquel cretino, repanchingado en el sofá, la miraba fijamente con esa horrible mueca cínica dibujada en su boca. Respiró hondo y trató de escribirlo todo de modo que al menos se entendiera. Cuando finalizó, el diablo le dijo con sorna:
—Ahora sólo falta que lo firmes.
Miriam escribió otro garabato ilegible mientras lloraba. Gracias a aquella firma su hijo sanaría y tendría una oportunidad. A ella le esperaba una condena eterna.