Matar es mi trabajo

Y se vistieron para la misa de 12 con sus mejores galas, en los pueblos, ya se sabe, hay que aparentar se quiera o no se quiera. Atrás quedaba un trabajo que habría que terminar a la vuelta, las manchas de sangre no podían quedar así.
Y se perfumaron para apartar el hedor de la muerte de su piel y alejar a las pesadas moscas que zumbaban pesadas en derredor. Los cadáveres, troceados para que ocupasen menos, ya habían sido puestos en el congelador, fuera de la vista de todos para evitar problemas.
Trabajar los domingos en el matadero municipal tenía sus complicaciones.