Marchitos

Los niños jugaban a atrapar la luz con sus manos, entre juego y juego se la iban guardando, nos dejaban a oscuras como quien cierra una caja sin agujeros llena de gusanos de seda. La magia se iba poco a poco igual que había venido, en silencio, casi sin que nos diéramos cuenta. Al final, como espectadores anhelantes que éramos, todos rogábamos en silencio porque que volvieran a sacar aquella luz de sus bolsillos, y nos devolviesen la vida que, ignorantes de su poder, nos estaban arrebatando.