Furtivos

Algún día se enterarían de quién era el que movía el espejito, y eso era algo que me aterraba, aquellos encuentros furtivos entre el alcalde y el cura del pueblo no eran algo para tomárselo a broma. Cada vez que se juntaban, allí estaba yo en la distancia, moviendo el espejito para que el reflejo de alguna luz les diese directo en los ojos o sobre sus cuerpos sudorosos, entonces, cuando se percataban de mi presencia, era cuestión de correr antes de que pudiesen verme ellos a mí. Y es que dejar que mis dos amantes me pusieran juntos los cuernos era más de lo que yo podía soportar sin hacer nada.