La Tortura

Mientras me abalanzo sobre ella el día a día deja de tener sentido, forcejeamos sobre el suelo, giramos una y mil veces, le aferro ambas manos —no en vano yo soy más fuerte— y trato de inmovilizarla, ella se escurre y consigue liberar un brazo; su esfuerzo es máximo, los nervios del cuello casi parecen querer estallar, me araña la cara en un manotazo al aire y consigo volver a sujetarla, no ha sido difícil. Ahora no puede escapar. Logro bloquearle ambos brazos bajo mis piernas y empiezo a torturarla entre gritos estridentes.
—¡No papá, no me hagas mas cosquillas!