Metamorfosis

“Bicho gafoso de mierda”, le dijo al primero que dejó. Y yo me operé de la vista.
Al siguiente le llamó “enclenque enfermizo”, y me apunté a un gimnasio hasta conseguir unos músculos envidiables. A otro le dijo que odiaba a los morenos, y yo me teñí de rubio.
La lista de sus ex crecía, y con ellos la lista de los calificativos: andrajoso, guarro, obseso, enano, gordo… Uno tras otro fui adaptándome hasta que llegase mi momento.
Hoy veo que se fija en mí y me acerco.
—Lo siento, soy lesbiana —me dice.
Mañana tengo que pedir cita para el cambio de sexo.

El espacio vacío

Ni subido a una escalera conseguiría besarte, eres altiva como la luna, mientras que yo permanezco anclado a la gravedad que me ata al suelo. Sin embargo giro a tu alrededor como si fueras el sol que todo lo ilumina; soy un triste y apagado planeta que sólo espera el paso del tiempo, ese eterno paso del tiempo que hará que un día caiga en tu regazo y desaparezca fundido en tus llamas. Pero no me ves, no sabes siquiera de mi existencia, tu mirada se pierde en otras estrellas lejanas de las que no llega su calor, las que son como tú, fuego helado vanidoso y arrogante. ¡Ojalá algún día un agujero negro aparezca en el horizonte y cambie nuestro destino fundiéndonos en uno solo!

Un mundo virtual

Un despiste en la autopista hizo que me saltase el límite de velocidad, al momento apareció el policía virtual informándome de la multa correspondiente. Como tengo contratado el servicio de reclamación, en cuanto el sistema detectó al policía surgió el espectro de mi abogado poniendo en duda su jurisdicción. Entre ambos se entabló una discusión que poco a poco iba subiendo de tono, llegaron incluso a hablar de alguna que otra malversación de fondos de recaudaciones. Fue entonces cuando llamó mi amante, más bien escasa de ropa, y su fantasma se unió a la fiesta dando un toque de morbo a todo aquello. El coche avanzaba en modo automático y yo me sentía incapaz de enterarme de lo que pasaba, así que activé mi yo virtual, pasé a la parte trasera del coche y me puse a dormir mientras los cuatro seguían gritándose en el parabrisas. Espero que todo se solucione.

No habrá dudas

Mientras recojo mi destino del frío suelo de la cocina el pasado me aplasta como una losa fúnebre. María, mi María, me ha clavado un puñal helado en el corazón, se ha ido dejando sólo una nota de odio que, como una hoja arrastrada por la lluvia, se me ha caído de las manos mojada con lágrimas de dolor. Miro a mi alrededor y sólo quedan las ruinas de una mentira. Se ha ensañado destrozando todos mis recuerdos: libros, discos, fotos familiares, ropa… Hasta ha vaciado los armarios de la cocina y la nevera esmerándose en destrozar mis comidas favoritas.
Y ahora, muerto en vida, ejecuto mi venganza. Me he golpeado la cabeza con un rodillo de la cocina y contra las paredes, me he cortado las venas y me metido en la nevera esperando el final mientras escribo su nombre en las paredes del frigorífico con mi sangre. ¿Alguien dudará que fue ella quien me dejó aquí?

En el cine

“Esta vez no erraré el tiro”. Aquella frase, dicha por el malo de la película fue la excusa perfecta para agarrarme a Juan en el cine. Mis pechos se apretaron contra su brazo y pude ver como se le abultaba la bragueta al sentirlos. Más tarde, ocultos en un portal, hicimos el amor hasta que él no pudo más.
Al día siguiente, sentada de nuevo en el cine, esperaba la mágica frase que haría que me colgase del brazo de Pedro muerta de miedo. Afuera el cartel anunciaba una semana de prórroga, y yo ya tenía entradas para todas las sesiones.

Ya poco importa

La Presidenta de Estados Unidos tumbada boca arriba, con las piernas abiertas y elevadas, las bragas quitadas y un hombre hurgándole las entrañas, estudiaba aquel panfleto del que saldrían los nuevos impuestos.
—Voy a tomar una muestra… —dijo él tímidamente.
—Tome lo que haga falta— interrumpió con resolución la Presidenta —, pero sin hacer daño, ahora tengo una rueda de prensa y no puedo andar escocida por ahí.
—No se preocupe, ni lo notará.
El ginecólogo tomó las pinzas mientras daba vueltas a la idea de sacar una foto y colgarla en Internet, él era conservador, y aquella republicana se lo merecía.
—Voy a poner más luz —se excusó alejándose para encender los focos y que el flash no la alertase. Apuntó el objetivo, comprobó el resultado y se guardó la cámara satisfecho.
En el plazo de una semana el cáncer acabaría con él, las consecuencias ya no importaban.

Perros

“La sangre sobre la nieve es más roja”, pensó el inspector Azcoitia mientras miraba al perro tendido en medio de la nieve con una puñalada en el corazón. Hacía el número treinta y dos y aún no sabían que movía a aquel perturbado a cometer los crímenes. Psicólogos y prensa daban diferentes versiones, pero a Azcoitia, que le gustaba leer sobre este tipo de asesinos, la cosa no le encajaba: treinta y dos asesinatos en doce meses y ni una señal, ni una pista.
Gorka miraba la escena con los prismáticos desde un edificio no muy lejano. Estaba orgulloso de su trabajo, después de tanto tiempo aún no tenían nada sobre él. “Éste ha sido el último, se acabó para siempre eso de matar perros”, se dijo, y giró dispuesto a salir a la calle, después de un año de pruebas ahora tocaba visitar una prostituta para hacer el verdadero trabajo que Dios le había encomendado.

Fitoamor

Creen que es alergia, pero es amor, amo el polen igual que otro ama una mujer, me gusta comerlo, respirarlo, sentirlo sobre mi piel, o notar como se enreda en mi cabello. Y se me llenan los ojos de lágrimas, y estornudo, y se me irrita la piel, pero me da igual, amo el polen. Su contacto me produce orgasmos que ya quisieran para si el resto de los mortales. Me dicen que mi aspecto está empeorando, que estoy flaco y demacrado, que si soy anoréxico y que como no coma algo me voy a morir. ¡Ja! Ellos no saben mi secreto: allá en casa, en el huerto, he puesto el riego automático y me he plantado. Seguro que en un par de días ya consigo hacer la fotosíntesis.

El fin del mundo

Cuando aquel esbirro divino apareció en el cielo anunciando el fin del mundo para dos meses más tarde poca gente no creyó en él, era la hora de la vendimia de almas, El Día estaba cerca. Aún así yo me resistía a morir tan joven, tenía un futuro prometedor por delante y no pensaba tirarlo por la borda por un simple fin del mundo. Me puse manos a la obra y me dediqué día y noche a leer los textos sagrados. Comencé con el que me era más familiar, la Biblia, pero, por si acaso continué con el Corán y luego consulté la Wikipedia en busca de más religiones importantes y de más textos sagrados, no sabía en que campo se jugaría mi litigio. Durante mes y medio no hice otra cosa que leer.
Las semanas siguientes mis manos no se separaron del teclado redactando el texto final en los términos adecuados. Hace dos días imprimí la denuncia por no anunciar el fin del mundo en la forma correcta, la até a un globo y la solté desde la azotea de mi casa. Hoy ha llegado a mi balcón una paloma con la respuesta. No me atrevo a abrirla.

El zoo

Desperté de pie, aturdido, sorprendido, y preguntándome quién sería aquella mujer que me estaba anudando la corbata, o quiénes eran todos aquellos seres que me rodeaban, o cómo había llegado yo hasta allí. Cuanto más miraba a mi alrededor más convencido estaba de que me hallaba en otro planeta: aquellos seres tan extraños nos miraban y hacían ruidos incomprensibles, como si fuéramos los animales de un zoo… Quizás por eso no recordaba nada después de abrir la puerta de mi casa para ir al trabajo: ¡Me habían secuestrado y ahora era un animal en un zoo alienígena! Pero… ¿Por qué aquella mujer seguía empeñada en anudarme la corbata sin decir nada?

RECONOCER

No reconocí al hombre que tenía frente al espejo. Y tenía que haberlo hecho. Veinte años de vendedor de muebles presumiendo de mi memoria y de la importancia que daba a los detalles. Y no reconocí a aquel tipo que se paró frente al espejo estilo Imperio. Lo miré de arriba abajo: el traje gris, las gafas de sol, la corbata amarilla y los zapatos de un negro impecable. Y no lo reconocí.
Ahora, mirándome al espejo, me daba cuenta de que mi yo del pasado no sería capaz de reconocerme por mucho que lo intentara, los viajes en el tiempo aún son una quimera.

¡Y aún dicen que el pescado es caro!

Los bueyes tiraban de las barcas bajo el sol de la tarde, hacía mucho calor y las nubes parecían haber huido hacia algún lugar mejor. Los hombres gritaban a las bestias azuzándolas para acabar el trabajo que les habían obligado a comenzar, pero el esfuerzo parecía demasiado para aquellos animales, viejos ya por el paso de un tiempo tan monótono como el azul del cielo. La pesca había sido poca y el cansancio del madrugón y del esfuerzo en la mar bajo el ardiente sol había ajado sus rostros como la lluvia cuarteaba las rocas de la montaña que, lejana en el horizonte parecía invitarlos al descanso. Un buey se dejó caer agotado y ni los gritos ni los empujones consiguieron levantarlo, si en unas horas no se levantaba habría que sacrificarlo. Al final hubo que desengancharlo y obligar a los otros animales a realizar un esfuerzo extra. Cuando al fin terminaron la faena se dejaron caer en las barcas bajo la sombra de las velas a comer algo de pan con salazón y un poco de vino caliente.
Un coche casi nuevo, negro carbón en la chapa y con los cristales tintados se acercó por la orilla y se detuvo frente a ellos. En la parte de atrás se bajó una ventanilla, un hombre con el pelo engominado asomó un poco la cabeza y echó una ojeada al panorama sin saludar siquiera.
—¿Eso es todo lo que habéis pescado? —preguntó con desprecio sin dirigirse ni mirar a nadie en concreto.
—Hoy no hubo suerte —respondió resignado el pescador de más años.
—Pues no os molestéis en llevármelo, de esos —dijo señalando a los peces muertos que se apiñaban en un par de cestos— ya tengo el cupo lleno.
Todos apretaron puños y dientes conteniendo la rabia pero ninguno dijo nada.
La ventanilla del vehículo subió y el coche se alejó de allí dejando un rastro de polvo y humo. Mirando como desaparecía aquel auto negro como la muerte el más joven no pudo contenerse y se levantó con el puño en alto:
—¡Me cago en Dios!
Esas fueron las últimas palabras que el mar escucho aquella tarde en la orilla.

El Efecto Lucifer

Este libro lo compré gracias a la lectura del artículo que os adjunto, en el que además encontraréis enlaces a diversas páginas muy interesantes relacionadas con el libro y el autor.


http://latormentaenunvaso.blogspot.com/2008/09/el-efecto-lucifer-philip-zimbardo.html

Y como no puedo decir nada mejor de lo que ya dicen, sólo me queda recomendaros encarecidamente su lectura.

Prepárate a morir

“Me llamo Ricardo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir”. ¡Qué gran frase! Siempre había sido la máxima que más me había gustado de todas las películas que había visto, siempre había querido decirla… Hasta que aquel día un estúpido genio apareció y me concedió el deseo. Ahora mi padre está muerto y yo tengo que enfrentarme en un duelo de espadas con un tipo que me odia y que seguro que la maneja mucho mejor que yo, de hecho, ¡No recuerdo haber cogido una espada en mi vida!

El reflejo

“¿Te acuerdas de mí?” Ahí estaban otra vez esas sucias letras escritas en rojo con la sangre del muerto, y ahí estaba yo otra vez frente a ellas leyéndolas y tratando de encontrarles un significado. Esta era la trigésima víctima de ese cerdo y aún no teníamos ninguna pista. Ya no podía hacer nada allí, así que, a regañadientes, me fui a casa y dejé a los chicos con el trabajo.
Cuando me desperté en el sofá ya era casi de madrugada, últimamente siempre andaba agotado, como si no descansase y, sin embargo, no era capaz de aguantar toda la noche sin mear, iba a tener que ir al médico. Al llegar al baño me miré en el espejo y mi rostro me devolvió una sonrisa que yo no tenía:
—¿Te acuerdas de mí? —me dijo mi reflejo—, no te preocupes, mañana me habrás olvidado.

El juguete roto

Lo mejor sería ir a por el destornillador, era lo que papá siempre hacía cuando mis juguetes no funcionaban. Seguro que apretando un par de tornillos... Fui por la herramienta procurando no hacer ruido para que nadie me descubriese y para poder arreglarlo antes de que se dieran cuenta de que lo había roto y me castigasen. Volví con él oculto en la manga, sigiloso y pegándome a las paredes hasta que entré en el despacho. Me acerqué a la mesa y atornillé la tapa tal y como estaba antes, luego apreté el botón y... ¡Funcionó! Se encendieron miles de luces rojas y sonaron sirenas por todas partes.
Asustado me escondí debajo de la mesa cuando todos aquellos hombres y mujeres entraron corriendo y gritando: “¡Señor Presidente nuestros misiles han despegado y los rusos ya están contraatacando!”

Mirando

—Luego se fue corriendo, ¿no?
—Sí, salió disparado como alma que lleva el diablo.
—Pobre chico.
—Sí, pobre chico.

—¿Por qué lo harían?
—No lo sé, la gente odia sin motivo y esta noche el pobre muchacho estaba donde no debía y en el momento equivocado.
—Nadie entiende estas cosas.

—La policía siempre llega tarde.
—Sí, no sé para que sirven, nunca están donde se les necesita.
—¡Y todos los vecinos mirando sin mover un dedo!
—¡Una vergüenza!
—¡Menos mal que nosotros lo vimos todo y pudimos contárselo a la policía!
—Sí, ¡Menos mal!

El collar

—¿No le regalarías también el collar?
—Sí, joder, sí se lo regalé, y diez más que regalaría con tal de librarme de él.
—Pero era un recuerdo de mamá…
—El collar era un recuerdo, pero mi ex era una realidad.
—¿Y no hubiera bastado con darle más dinero?
—No hubo manera, se encaprichó del collar.
—Bueno, al menos serviría para algo ¿no?
—Sí, sí que sirvió, ahora mi ex yace a mil metros bajo el agua en medio del océano y mis hijos y yo disfrutamos de una paz que no recordábamos.
—¿Y el collar?
—Creo que el matón que hizo el trabajo se lo mandó a la madre de mi ex. En el fondo, pese a su trabajo, quizás sea un sentimental después de todo.

El hongo

¿Dónde está el perro? No puede haber desaparecido así como así, es grande y de color canela, con el rabo cortado, y cuando viene hacia mi mueve ese muñón como si fuese un joystick. Nuca he sabido de qué raza es, aunque, la verdad, es que no entiendo nada de razas, así que lo mismo es de una y yo sin saberlo.
—¡A comer!
El grito de mamá me devolvió a la vida y fui corriendo a casa atraído por el olor del guiso. Desde que aquel hongo gigante había aparecido en el horizonte, hacía semanas, era la primera vez que comíamos carne.

La caída

Cerré la puerta despacio, sin hacer ruido, no quería que nadie se enterase de mi marcha. El aire frío de la calle entró en mis pulmones con dolor, pero aún así aquello resultó un alivio, di un paso trémulo hacia delante y el hielo del suelo me hizo resbalar, caí de mala manera cargada como estaba con mis pertenencias. Maltrecha en el suelo y sin poder moverme me quedé imaginando una excusa convincente para explicar que hacía allí tan de mañana y cargada de maletas. Escuché los pasos acercándose a la puerta:

—¡María corre, ven aquí, ya está otra vez tu madre fugándose!

En busca de la felicidad

Se dejó atrás la felicidad esperando encontrarla en el camino y, aunque era en parte consciente de ello, nunca pudo volver la cabeza para buscarla. En su afán de seguir adelante se asió a quimeras cada vez más absurdas y a sueños imposibles tratando de escapar de la realidad, sin darse cuenta de que era en ésta, en la realidad, donde se encontraba la llave para llegar a su ansiada meta.

La mina

Nos revolvía el pelo con cara de contento y las uñas negras por el carbón. Mi padre era así, sólo había que esperarle a la salida del puticlub del pueblo para que nos soltase unas monedas, que nunca supe si era para comprar nuestro silencio o porque salía la mar de contento. Luego invitaba a un chato de vino en el bar y jugaba una partida de cartas con sus compañeros de la mina antes de ir a casa.
Mi padre ya murió. Ahora las prostitutas son africanas o sudamericanas y la mayoría de ellas tiene el SIDA. Yo trabajo en la mina.

En la cama

En la puerta había una gorra negra, justo en el pomo del dormitorio; esparcidos por el salón descansaban dos pares de zapatos, un pantalón y una falda dejados con prisa. Sonaban ruidos y risas en el interior de la habitación que seguramente habían cubierto los que yo hice al entrar en casa. Y allí estaba yo, en casa antes de lo previsto, cansada, con ganas de descansar y teniendo que enfrentarme a esto. Abrí la puerta y grité:
—¿Qué hacéis en la cama?
Luis y Laura me miraron con sorpresa, pero fue mi hija la que contestó primero:
—Papá nos ha dejado jugar aquí con los disfraces.

La camisa de flores

La que siempre lucía antes de que los bombardeos acabasen con él era aquella camisa de flores que tanta gracia nos hacía. Por más que le insistía a su madre ésta nunca le hacía caso y acababa poniéndosela; ese día llegaba a clase cabizbajo y con el abrigo viejo heredado de su hermano abrochado hasta el cuello. En cuanto le veíamos empezábamos a hacer nuestra provisión de pelotillas esperando a que en clase se quitase aquel tabardo. El juego era ver quien acertaba más flores en el bombardeo de pelotillas al que le sometíamos. Los mayores nunca supieron por qué se ahorcó con aquella camisa, nosotros nunca podremos olvidarlo.

El jefe

Lleno de ardor y desprecio pensaba en el final, un final glorioso, con él de director. Las cosas iban a cambiar, se excitaba sólo de pensarlo. La puerta del despacho se abrió, era Pierre, su jefe, hojeando unos documentos:
—Fernando, quería comentar un punto de… —comenzó a decir. Al levantar la vista de los papeles necesitó unos segundos para reaccionar:— Quiero tu dimisión encima de mi mesa en una hora —sentenció cerrando la puerta tras de sí.
Adeline apartó la cabeza de entre las piernas de Fernando, recogió el dinero de la mesa y se marchó sin decir nada, aquello ya no lo levantaba ni un milagro.

Remorir

Llevabas muerta cinco días cuando recibí tu carta.
Tras dos semanas de casados te fuiste a Afganistán con las fuerzas de la ONU en misión de paz, necesitábamos el dinero. Cuatro meses más tarde los telediarios dieron la noticia, vuestro convoy había sido alcanzado por un cohete y habíais fallecido todos. Me sentí morir, lloré tus recuerdos, deseé haber sido yo el muerto y no tú, busqué fuerzas para acompañarte al más allá; pero siempre fui un cobarde.
Ahora leo en tu carta póstuma que me dejas por el sargento de la quinta compañía. Te odio, tú sólo has muerto una vez, yo dos.

El trabajo

Verdaderamente una delicia para los sentidos, sí, había sido una comida exquisita. La lástima es que ahora había que volver al trabajo, y tal y como estaban las cosas era seguro que ya nada volvería a ser lo mismo. Pidió la cuenta y dejó una buena propina como hacía siempre, se puso el abrigo y salió a la calle con paso tranquilo. Unos alaridos le hicieron darse la vuelta cuando ya había cruzado la calle, desde la puerta del bar el camarero le llamaba a gritos porque había olvidado su maletín.
Luego todo estalló.
Él giró de nuevo y se alejó de allí.

La Castañera

Los copos de nieve caían sobre la acera arrinconando el habitual gris plomizo con una capa de pintura blanca. La castañera, de constitución frágil, se arrimaba a la lumbre, el frío ya le penetraba hasta los huesos. El caballero caminaba por la otra acera cuando llegó hasta su nariz el aroma de las castañas asadas, cruzó a la carrera y se paró frente al puesto. La anciana lo reconoció en seguida, era el juez ese que salía por la tele. En ese instante tomo la decisión: se abalanzó sobre él y le echó unas brasas por la espalda. El magistrado se sacudió y gritó como un poseso hasta que consiguió deshacerse del fuego que le quemaba.
Encerrada en la Prevención Municipal la viejecita sonreía, la gripe hacía que le doliese todo el cuerpo, pero al menos por un par de noches cambiaría los cartones por un jergón con mantas.