Remorir

Llevabas muerta cinco días cuando recibí tu carta.
Tras dos semanas de casados te fuiste a Afganistán con las fuerzas de la ONU en misión de paz, necesitábamos el dinero. Cuatro meses más tarde los telediarios dieron la noticia, vuestro convoy había sido alcanzado por un cohete y habíais fallecido todos. Me sentí morir, lloré tus recuerdos, deseé haber sido yo el muerto y no tú, busqué fuerzas para acompañarte al más allá; pero siempre fui un cobarde.
Ahora leo en tu carta póstuma que me dejas por el sargento de la quinta compañía. Te odio, tú sólo has muerto una vez, yo dos.

El trabajo

Verdaderamente una delicia para los sentidos, sí, había sido una comida exquisita. La lástima es que ahora había que volver al trabajo, y tal y como estaban las cosas era seguro que ya nada volvería a ser lo mismo. Pidió la cuenta y dejó una buena propina como hacía siempre, se puso el abrigo y salió a la calle con paso tranquilo. Unos alaridos le hicieron darse la vuelta cuando ya había cruzado la calle, desde la puerta del bar el camarero le llamaba a gritos porque había olvidado su maletín.
Luego todo estalló.
Él giró de nuevo y se alejó de allí.

La Castañera

Los copos de nieve caían sobre la acera arrinconando el habitual gris plomizo con una capa de pintura blanca. La castañera, de constitución frágil, se arrimaba a la lumbre, el frío ya le penetraba hasta los huesos. El caballero caminaba por la otra acera cuando llegó hasta su nariz el aroma de las castañas asadas, cruzó a la carrera y se paró frente al puesto. La anciana lo reconoció en seguida, era el juez ese que salía por la tele. En ese instante tomo la decisión: se abalanzó sobre él y le echó unas brasas por la espalda. El magistrado se sacudió y gritó como un poseso hasta que consiguió deshacerse del fuego que le quemaba.
Encerrada en la Prevención Municipal la viejecita sonreía, la gripe hacía que le doliese todo el cuerpo, pero al menos por un par de noches cambiaría los cartones por un jergón con mantas.