La camisa de flores

La que siempre lucía antes de que los bombardeos acabasen con él era aquella camisa de flores que tanta gracia nos hacía. Por más que le insistía a su madre ésta nunca le hacía caso y acababa poniéndosela; ese día llegaba a clase cabizbajo y con el abrigo viejo heredado de su hermano abrochado hasta el cuello. En cuanto le veíamos empezábamos a hacer nuestra provisión de pelotillas esperando a que en clase se quitase aquel tabardo. El juego era ver quien acertaba más flores en el bombardeo de pelotillas al que le sometíamos. Los mayores nunca supieron por qué se ahorcó con aquella camisa, nosotros nunca podremos olvidarlo.

El jefe

Lleno de ardor y desprecio pensaba en el final, un final glorioso, con él de director. Las cosas iban a cambiar, se excitaba sólo de pensarlo. La puerta del despacho se abrió, era Pierre, su jefe, hojeando unos documentos:
—Fernando, quería comentar un punto de… —comenzó a decir. Al levantar la vista de los papeles necesitó unos segundos para reaccionar:— Quiero tu dimisión encima de mi mesa en una hora —sentenció cerrando la puerta tras de sí.
Adeline apartó la cabeza de entre las piernas de Fernando, recogió el dinero de la mesa y se marchó sin decir nada, aquello ya no lo levantaba ni un milagro.