La caída

Cerré la puerta despacio, sin hacer ruido, no quería que nadie se enterase de mi marcha. El aire frío de la calle entró en mis pulmones con dolor, pero aún así aquello resultó un alivio, di un paso trémulo hacia delante y el hielo del suelo me hizo resbalar, caí de mala manera cargada como estaba con mis pertenencias. Maltrecha en el suelo y sin poder moverme me quedé imaginando una excusa convincente para explicar que hacía allí tan de mañana y cargada de maletas. Escuché los pasos acercándose a la puerta:

—¡María corre, ven aquí, ya está otra vez tu madre fugándose!

En busca de la felicidad

Se dejó atrás la felicidad esperando encontrarla en el camino y, aunque era en parte consciente de ello, nunca pudo volver la cabeza para buscarla. En su afán de seguir adelante se asió a quimeras cada vez más absurdas y a sueños imposibles tratando de escapar de la realidad, sin darse cuenta de que era en ésta, en la realidad, donde se encontraba la llave para llegar a su ansiada meta.

La mina

Nos revolvía el pelo con cara de contento y las uñas negras por el carbón. Mi padre era así, sólo había que esperarle a la salida del puticlub del pueblo para que nos soltase unas monedas, que nunca supe si era para comprar nuestro silencio o porque salía la mar de contento. Luego invitaba a un chato de vino en el bar y jugaba una partida de cartas con sus compañeros de la mina antes de ir a casa.
Mi padre ya murió. Ahora las prostitutas son africanas o sudamericanas y la mayoría de ellas tiene el SIDA. Yo trabajo en la mina.

En la cama

En la puerta había una gorra negra, justo en el pomo del dormitorio; esparcidos por el salón descansaban dos pares de zapatos, un pantalón y una falda dejados con prisa. Sonaban ruidos y risas en el interior de la habitación que seguramente habían cubierto los que yo hice al entrar en casa. Y allí estaba yo, en casa antes de lo previsto, cansada, con ganas de descansar y teniendo que enfrentarme a esto. Abrí la puerta y grité:
—¿Qué hacéis en la cama?
Luis y Laura me miraron con sorpresa, pero fue mi hija la que contestó primero:
—Papá nos ha dejado jugar aquí con los disfraces.