¡Y aún dicen que el pescado es caro!

Los bueyes tiraban de las barcas bajo el sol de la tarde, hacía mucho calor y las nubes parecían haber huido hacia algún lugar mejor. Los hombres gritaban a las bestias azuzándolas para acabar el trabajo que les habían obligado a comenzar, pero el esfuerzo parecía demasiado para aquellos animales, viejos ya por el paso de un tiempo tan monótono como el azul del cielo. La pesca había sido poca y el cansancio del madrugón y del esfuerzo en la mar bajo el ardiente sol había ajado sus rostros como la lluvia cuarteaba las rocas de la montaña que, lejana en el horizonte parecía invitarlos al descanso. Un buey se dejó caer agotado y ni los gritos ni los empujones consiguieron levantarlo, si en unas horas no se levantaba habría que sacrificarlo. Al final hubo que desengancharlo y obligar a los otros animales a realizar un esfuerzo extra. Cuando al fin terminaron la faena se dejaron caer en las barcas bajo la sombra de las velas a comer algo de pan con salazón y un poco de vino caliente.
Un coche casi nuevo, negro carbón en la chapa y con los cristales tintados se acercó por la orilla y se detuvo frente a ellos. En la parte de atrás se bajó una ventanilla, un hombre con el pelo engominado asomó un poco la cabeza y echó una ojeada al panorama sin saludar siquiera.
—¿Eso es todo lo que habéis pescado? —preguntó con desprecio sin dirigirse ni mirar a nadie en concreto.
—Hoy no hubo suerte —respondió resignado el pescador de más años.
—Pues no os molestéis en llevármelo, de esos —dijo señalando a los peces muertos que se apiñaban en un par de cestos— ya tengo el cupo lleno.
Todos apretaron puños y dientes conteniendo la rabia pero ninguno dijo nada.
La ventanilla del vehículo subió y el coche se alejó de allí dejando un rastro de polvo y humo. Mirando como desaparecía aquel auto negro como la muerte el más joven no pudo contenerse y se levantó con el puño en alto:
—¡Me cago en Dios!
Esas fueron las últimas palabras que el mar escucho aquella tarde en la orilla.

4 comentarios:

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

bárbaro.
Un gustazo leerlo, no sé, lo he asociado a uno de los cuadros de Sorolla

Míchel dijo...

¡Me has pillado Mª Ángeles! :)

Hacía un par de días que había estado viendo la exposición de Sorolla en el Prado y sí, todo está asociado a Sorolla: el cuadro que acompaña al relato (La vuelta de la pesca), el título (que pertenece a otro cuadro) y... la historia ya sale sola del resto.

Deprisa dijo...

Qué fácil es para el poderoso aporvecharse del débil. Qué dificil para el débil hacer algo al respecto. Ante tanta impotencia es totalmente lícito cagarse en Dios.

Marcelo Ferrando dijo...

Lamentablemente, algo que aún ocurre en nuestro mundo...muy buen relato!

Saludos,