Perros

“La sangre sobre la nieve es más roja”, pensó el inspector Azcoitia mientras miraba al perro tendido en medio de la nieve con una puñalada en el corazón. Hacía el número treinta y dos y aún no sabían que movía a aquel perturbado a cometer los crímenes. Psicólogos y prensa daban diferentes versiones, pero a Azcoitia, que le gustaba leer sobre este tipo de asesinos, la cosa no le encajaba: treinta y dos asesinatos en doce meses y ni una señal, ni una pista.
Gorka miraba la escena con los prismáticos desde un edificio no muy lejano. Estaba orgulloso de su trabajo, después de tanto tiempo aún no tenían nada sobre él. “Éste ha sido el último, se acabó para siempre eso de matar perros”, se dijo, y giró dispuesto a salir a la calle, después de un año de pruebas ahora tocaba visitar una prostituta para hacer el verdadero trabajo que Dios le había encomendado.

Fitoamor

Creen que es alergia, pero es amor, amo el polen igual que otro ama una mujer, me gusta comerlo, respirarlo, sentirlo sobre mi piel, o notar como se enreda en mi cabello. Y se me llenan los ojos de lágrimas, y estornudo, y se me irrita la piel, pero me da igual, amo el polen. Su contacto me produce orgasmos que ya quisieran para si el resto de los mortales. Me dicen que mi aspecto está empeorando, que estoy flaco y demacrado, que si soy anoréxico y que como no coma algo me voy a morir. ¡Ja! Ellos no saben mi secreto: allá en casa, en el huerto, he puesto el riego automático y me he plantado. Seguro que en un par de días ya consigo hacer la fotosíntesis.

El fin del mundo

Cuando aquel esbirro divino apareció en el cielo anunciando el fin del mundo para dos meses más tarde poca gente no creyó en él, era la hora de la vendimia de almas, El Día estaba cerca. Aún así yo me resistía a morir tan joven, tenía un futuro prometedor por delante y no pensaba tirarlo por la borda por un simple fin del mundo. Me puse manos a la obra y me dediqué día y noche a leer los textos sagrados. Comencé con el que me era más familiar, la Biblia, pero, por si acaso continué con el Corán y luego consulté la Wikipedia en busca de más religiones importantes y de más textos sagrados, no sabía en que campo se jugaría mi litigio. Durante mes y medio no hice otra cosa que leer.
Las semanas siguientes mis manos no se separaron del teclado redactando el texto final en los términos adecuados. Hace dos días imprimí la denuncia por no anunciar el fin del mundo en la forma correcta, la até a un globo y la solté desde la azotea de mi casa. Hoy ha llegado a mi balcón una paloma con la respuesta. No me atrevo a abrirla.