Un mundo virtual

Un despiste en la autopista hizo que me saltase el límite de velocidad, al momento apareció el policía virtual informándome de la multa correspondiente. Como tengo contratado el servicio de reclamación, en cuanto el sistema detectó al policía surgió el espectro de mi abogado poniendo en duda su jurisdicción. Entre ambos se entabló una discusión que poco a poco iba subiendo de tono, llegaron incluso a hablar de alguna que otra malversación de fondos de recaudaciones. Fue entonces cuando llamó mi amante, más bien escasa de ropa, y su fantasma se unió a la fiesta dando un toque de morbo a todo aquello. El coche avanzaba en modo automático y yo me sentía incapaz de enterarme de lo que pasaba, así que activé mi yo virtual, pasé a la parte trasera del coche y me puse a dormir mientras los cuatro seguían gritándose en el parabrisas. Espero que todo se solucione.

No habrá dudas

Mientras recojo mi destino del frío suelo de la cocina el pasado me aplasta como una losa fúnebre. María, mi María, me ha clavado un puñal helado en el corazón, se ha ido dejando sólo una nota de odio que, como una hoja arrastrada por la lluvia, se me ha caído de las manos mojada con lágrimas de dolor. Miro a mi alrededor y sólo quedan las ruinas de una mentira. Se ha ensañado destrozando todos mis recuerdos: libros, discos, fotos familiares, ropa… Hasta ha vaciado los armarios de la cocina y la nevera esmerándose en destrozar mis comidas favoritas.
Y ahora, muerto en vida, ejecuto mi venganza. Me he golpeado la cabeza con un rodillo de la cocina y contra las paredes, me he cortado las venas y me metido en la nevera esperando el final mientras escribo su nombre en las paredes del frigorífico con mi sangre. ¿Alguien dudará que fue ella quien me dejó aquí?

En el cine

“Esta vez no erraré el tiro”. Aquella frase, dicha por el malo de la película fue la excusa perfecta para agarrarme a Juan en el cine. Mis pechos se apretaron contra su brazo y pude ver como se le abultaba la bragueta al sentirlos. Más tarde, ocultos en un portal, hicimos el amor hasta que él no pudo más.
Al día siguiente, sentada de nuevo en el cine, esperaba la mágica frase que haría que me colgase del brazo de Pedro muerta de miedo. Afuera el cartel anunciaba una semana de prórroga, y yo ya tenía entradas para todas las sesiones.

Ya poco importa

La Presidenta de Estados Unidos tumbada boca arriba, con las piernas abiertas y elevadas, las bragas quitadas y un hombre hurgándole las entrañas, estudiaba aquel panfleto del que saldrían los nuevos impuestos.
—Voy a tomar una muestra… —dijo él tímidamente.
—Tome lo que haga falta— interrumpió con resolución la Presidenta —, pero sin hacer daño, ahora tengo una rueda de prensa y no puedo andar escocida por ahí.
—No se preocupe, ni lo notará.
El ginecólogo tomó las pinzas mientras daba vueltas a la idea de sacar una foto y colgarla en Internet, él era conservador, y aquella republicana se lo merecía.
—Voy a poner más luz —se excusó alejándose para encender los focos y que el flash no la alertase. Apuntó el objetivo, comprobó el resultado y se guardó la cámara satisfecho.
En el plazo de una semana el cáncer acabaría con él, las consecuencias ya no importaban.