La Castañera

Los copos de nieve caían sobre la acera arrinconando el habitual gris plomizo con una capa de pintura blanca. La castañera, de constitución frágil, se arrimaba a la lumbre, el frío ya le penetraba hasta los huesos. El caballero caminaba por la otra acera cuando llegó hasta su nariz el aroma de las castañas asadas, cruzó a la carrera y se paró frente al puesto. La anciana lo reconoció en seguida, era el juez ese que salía por la tele. En ese instante tomo la decisión: se abalanzó sobre él y le echó unas brasas por la espalda. El magistrado se sacudió y gritó como un poseso hasta que consiguió deshacerse del fuego que le quemaba.
Encerrada en la Prevención Municipal la viejecita sonreía, la gripe hacía que le doliese todo el cuerpo, pero al menos por un par de noches cambiaría los cartones por un jergón con mantas.