En la cama

En la puerta había una gorra negra, justo en el pomo del dormitorio; esparcidos por el salón descansaban dos pares de zapatos, un pantalón y una falda dejados con prisa. Sonaban ruidos y risas en el interior de la habitación que seguramente habían cubierto los que yo hice al entrar en casa. Y allí estaba yo, en casa antes de lo previsto, cansada, con ganas de descansar y teniendo que enfrentarme a esto. Abrí la puerta y grité:
—¿Qué hacéis en la cama?
Luis y Laura me miraron con sorpresa, pero fue mi hija la que contestó primero:
—Papá nos ha dejado jugar aquí con los disfraces.