Algunos lloran

Algunos lloran en soledad y a otros les gusta llorar en grupos, delante de mucha gente, para que todos vean su dolor. Otros lloran en el cine o con una canción que les trae recuerdos; y hasta hay quien llora de felicidad. Unos lloran porque les duele el alma y otros porque le duele el cuerpo, unos porque padecen y otros porque fingen. Pero todos lloran.

Al final los más tristes son los que no lloran, los que ya no pueden llorar… porque ya no sienten.

La sonrisa

Como los ángeles al caer el sol”. Con esa expresión terminaba la mayoría de nuestras conversaciones. Nunca supe que significaba ni por qué lo hacía, pero me daba igual: “Después de comer me he quedado como…”, “Esto pinta mal, va acabar como…”, “¡Qué suerte, esto ha sido como…!”. Luego sonreía, siempre sonreía, estuviese triste o alegre, siempre sonreía. Incluso si lloraba, sonreía al tiempo que las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
Y en el ocaso de un día de primavera se difuminó con los últimos rayos del Sol. Sólo quedó flotando en el aire una sonrisa tan amplia como la del Gato de Cheshire.

Una dosis de realidad

El hombre luce una inquietante sonrisa cuando sale del portal del edificio verde de este barrio de mala muerte del que hasta las ratas huyen.
En el cuarto derecha una niña —de la que no diremos su edad para no ofender a los corazones más sensibles— se lava la entrepierna en un bidé desportillado mientras, para huir de su maldita realidad, se imagina en un parque de atracciones que vio una vez en la tele.
El ascensor no funciona y un viejo desdentado llora en el suelo del rellano del tercer piso con la nariz rota por un golpe reciente con una porra. Alrededor de su cabeza hay un charco de sangre y lágrimas, huele a orina y a heces, a miedo y a impotencia.
En las escaleras del segundo piso un perro con una bala en la frente yace despanzurrado en una posición imposible. Las moscas han sido las primeras en llegar y su zumbido acompaña a los gritos que se escuchan tras las puertas desconchadas.
El yonqui del primero izquierda mira fijamente el cajón vacío donde unos minutos antes guardaba la mercancía. Una pistola en la sien y unas cuantas patadas obraron el milagro del cambio de dueño. Su mente trabaja a toda velocidad para idear algo con lo que conseguir droga en la próxima hora, antes de que la abstinencia le destroce desde dentro. No siente dolor, sólo ansiedad y miedo; los golpes no duelen tanto como el cajón vacío.
En la calle, el hombre de la inquietante sonrisa, satisfecho de sí mismo, se arregla la entrepierna, le da un último repaso a la porra con un pañuelo de papel antes de guardarla, se palpa la espalda tocando la pistola oculta, y mete la mano en el bolsillo calculando la cantidad de droga que lleva. Luego se sube al coche y enciende la sirena, desde comisaría avisan de una emergencia: él tiene que ir —piensa—, a fin de cuentas es el garante de la ley.

Aquiles, un hámster y el amor

Prisionero de su esfera transparente el hámster camina y camina hasta caer exhausto, viendo como la comida que tanto ansía permanece inalcanzable frente a él. Este Aquiles peludo no sabe que él tampoco alcanzará a su tortuga, aunque sea por distinta paradoja: caminará y caminará sin llegar nuca a su destino porque en realidad no avanzará nada, permanecerá siempre sujeto al eje a la misma distancia, a la misma que si se hubiese quedado inmóvil, quieto, sin hacer nada…
¡Cuánto me recuerda esto a nuestro amor!

Amén


—Hace ya tiempo que aquí nadie cree en los milagros así que lo mejor que puede hacer es darse la vuelta y volver al sitio de donde ha venido.
—Pero es que… —La chica no le deja terminar, lo mira con unos ojos de hielo que ya no saben sufrir y le apoya el cañón de su pistola en la frente. Él no lo duda, sabe que una sola palabra más le haría saltar el cerebro por los aires, así que da media vuelta y se aleja cabizbajo rezando por ella, rezando por todos ellos. Ella baja el brazo sabedora de que es su fin. La bala le atraviesa el cráneo mientras una última, y quizás primera en muchos años, sonrisa se le dibuja en el rostro.
Acto seguido los Marines de Dios comienzan su evangelización lanzando toda la artillería contra aquel pueblo tercermundista e impío.

La carta

Sí, hija sí, ya sé que tu padre ha muerto. Y claro que me entristece que ya no esté aquí, a mi lado; pero tengo mis razones para no sentirme tan afligida como vosotros, para mantener esta fortaleza de ánimo que os parece casi irreal después de más de cincuenta años de casados. Yo le quería más que ninguno de vosotros, si es que el amor se puede medir de algún modo, y le voy a echar de menos cuando me vaya a la cama y note su ausencia, cuando sienta que nadie respira a mi lado y que el colchón está frío. Esta noche, y el resto de noches que me quedan por vivir, sentiré un vacío de toda una vida, un vacío y un dolor que no hallarían consuelo si no fuera por la historia que te voy a contar.

Todo empezó con una carta...

Por aquel entonces tu padre y yo teníamos sesenta y cinco años, ya sabes que nacimos el mismo año y que sólo nos llevamos algo más de un mes de diferencia. Pero no sé para qué te digo estas cosas, tú nunca te has olvidado de uno solo de nuestros cumpleaños, siempre le gastabas bromas a tu padre en el suyo con aquello de que envejecía muy rápido y de que ya era un año mayor que yo aunque habíamos nacido en el mismo año. ¡Cómo me divertía con sus respuestas medio enfadado!

Pero bueno, eso no es lo que quería contarte. Te decía que había recibido una carta y que nosotros acabábamos de cumplir sesenta y cinco, y digo los dos porque la carta llegó en abril, pocas semanas después de mi cumpleaños, y ya sabes que yo los cumplo en marzo. Me acuerdo bien porque tu padre acababa de jubilarse un par de meses atrás y andaba por la casa como un alma en pena. Estaba apagado, ya no se sentía útil, después de toda una vida ocupado, a veces incluso en más de un trabajo, para poder sacaros a ti y a tus hermanos adelante, ya no le encontraba objetivo a su vida. Ya sabes que tu padre nunca tuvo muchas aficiones, sólo le gustaba el fútbol y alguna que otra película que echaban en la tele. Ahora pasaba el tiempo sin saber que hacer, deambulaba de un lado para otro y protestaba por todo, su humor se había agriado y eso nos afectaba más de lo que estábamos dispuestos a admitir ante cualquiera, incluso ante nosotros mismos. Las mañanas se le hacían eternas, y siempre andaba por en medio mientras yo hacía las faenas de la casa. Sí, ya sé que podría haberme echado una mano, pero tu padre tenía otra mentalidad, era hijo de su época, llevaba toda su vida sin saber de la casa, ¡Si hasta la fruta se la pelaba yo! No sé si te acuerdas. Además, si trataba de ayudar acabábamos en una discusión, yo porque siempre había hecho las cosas a mi modo y él quería cambiarlas, y él porque no soportaba el que yo le dijese lo que tenía que hacer. Él era el hombre de la casa y yo no le podía dar órdenes, y yo era la dueña del hogar, y o las cosas se hacían como yo decía o no estaban bien hechas. Seguro que ninguno de los dos llevaba razón y que la mayoría de las peleas eran por tonterías, pero por primera vez en nuestras vidas teníamos los papeles cambiados y no éramos capaces de adaptarnos. La verdad es que no sé como habríamos acabado de no ser por aquella carta.

El sobre lo recogí yo del buzón una mañana al volver de la compra. Ya sabes que tengo la costumbre de mirar el correo siempre que vuelvo de comprar. Pues bien, aquel día hice lo mismo que el resto, recogí el correo, lo metí en el carrito de la compra sin mirar, tomé el ascensor y subí a casa. Me encontraba bastante cansada, hacía días que no hacía una buena compra y había ido todo el camino muy cargada, con el carrito a rebosar. Así que en cuanto llegué me bebí un vaso de agua y me senté un rato a descansar. Tu padre no estaba en casa, supongo que habría ido a dar una vuelta o a tomarse un vino con sus amigos jubilados. El caso es que estuve un buen rato allí sentada hasta que me decidí a sacar las cosas del carrito y guardarlas. Después hice lo que hacía siempre, dejé el correo junto con la propaganda encima de la mesa y me dediqué a ordenarlo todo. Fui sacando las verduras, los huevos… en fin, todo lo que había comprado, y me dediqué a ponerlo en su sitio.

En cuanto terminé de colocar las cosas me senté en la mesa y me puse a mirar los folletos de publicidad un rato mientras descansaba. Nunca recibíamos correo de nadie, y las únicas cartas que nos echaban en el buzón solían ser del banco o de sorteos de esos que siempre son un timo, así que tampoco le hice demasiado caso al principio. Hasta que acabé de mirarme todas las ofertas de los folletos no le eché un vistazo a los sobres. Iba a dejarle a tu padre las cartas para que las abriese cuando entre todas vi una que no tenía el mismo formato que las del banco, supuse que era una de estas de sorteo y por poco la rompo, pero ésta traía la dirección escrita a mano, y en cuanto vi la letra supe de quien era. Era de mi hermana Tere, no sé si te acuerdas de ella, alguna vez te he enseñado fotos suyas.

Tere era dos años mayor que yo y vivía en La Coruña con su marido y su hija. Sólo había podido tener una hija, Mariju, porque después del parto tuvo varias complicaciones que la dejaron estéril. Eso la hundió bastante, pero supongo que el ocuparse de Mariju fue lo que la hizo salir adelante en aquellos años tan difíciles. Mariju es tu prima, aunque ya sé que no la conoces, alguna vez te he hablado de ella. Tere se casó muy joven, a los veinte, y enseguida se quedo encinta de tu prima, mientras que yo me casé con tu padre ya con treinta cumplidos.

Pero bueno, a lo que iba, Tere fue mi hermana mayor, no sólo por la edad, sino porque ejerció de ello siempre. Nosotras nos criamos en los turbulentos años de principios de siglo en Madrid, entre hambre y revoluciones. Fueron tiempos de revueltas, de descontentos y manifestaciones, de huelgas, de cambios políticos, todo el país andaba agitado, y al final desembocaríamos en la Guerra Civil, justo un año después de que se casase tu tía. En todo ese tiempo Tere cuido de mí, asumió la responsabilidad de unos padres que nos faltaron al poco de nacer yo. Tu abuela murió en el parto, y tu abuelo no pudo soportarlo y, según nos dijeron, murió de pena unos años más tarde. Yo no guardo ningún recuerdo de ellos salvo los que me han contado. Bueno, en estas circunstancias nos enviaron a vivir con una tía viuda que no sabía nada de niños ni quería saber. La pensión que le había dejado su difunto marido no era muy grande, pero la dejaba vivir con suficiente holgura como para mantener una criada mora, Zaira, que fue quién más se ocupó de nosotras, en tanto que nuestra tía se dedicaba a su chupito de anís como único consuelo a su viudez. Si no llega a ser por mi hermana y su sentido de la responsabilidad yo no habría aprendido nada. Fue ella, ayudada por Zaira, la que me obligó a estudiar mientras pudimos ir a la escuela, y la que me hizo aprender a cocinar y a coser y a todas las tareas que por aquel entonces estaban destinadas a las mujeres. Nuestra tía Socorro sólo se dedicaba a buscar un nuevo marido entre los hombres de la comunidad, y la carga que suponíamos nosotras se lo ponía aún más difícil, por lo que no era inusual el que nos insultase o nos pegase si se le iba la mano con el anís. Por eso, en cuanto mi hermana tuvo suficiente edad busco un pretendiente y se casó. Con eso no sólo se fue ella, sino que me llevó con ellos y me libró de aguantar por más tiempo a nuestra tía Socorro. No creo que estuviese enamorada de verdad cuando se casó, sino que buscó la mejor vía de escape que pudo para las dos.

Al poco nos sorprendió la Guerra Civil y nos quedamos solas las dos ya que Paco, su marido, tuvo que huir para alistarse en el bando nacional. A nosotras nos mandó a Almázcara, un pueblo de León, donde vivían los padres de él. Desde allí casi vimos pasar de largo la guerra, no es que no se sufriesen dentro del pueblo los enfrentamientos entre un bando y el otro, sino que al menos teníamos la comida que escaseaba en casi toda España gracias a lo que producía el campo.

Pero bueno, como me enrollo, parezco una persiana. Y claro, tú no me cortas. Es que ya con la edad chocheo un poco. En fin, ten paciencia y te acabaré contando la historia. Como te decía, había recibido una carta y te decía que era de mi hermana Tere. Pues bueno, la carta me temblaba entre las manos igual que si la cogiese ahora con el pulso que tengo, y me temblaba porque llevaba más de veinte años sin saber nada de ella. La última vez que la habíamos visto había sido en casa de Mariju, en Orense. Tu prima se había casado con el director de una central lechera y estaba en buena posición social. Tere nos había llevado para que la viésemos junto con sus más preciados tesoros: sus nietos, esos dos pequeñajos encantadores que no hacían más que jugar, correr y saltar por entre el cuidado jardín de su chalé junto al pastor alemán que guardaba la vivienda. Recuerdo que era julio porque tu hermano y tú habíais suspendido algunas asignaturas y nos os dejamos venir, os mandamos a estudiar a Denia a casa de los abuelos. Fue el primer viaje que hacíamos solos tu padre y yo desde que habíais nacido. La verdad es que tampoco teníamos dinero para irnos todos, y el que suspendieseis fue la excusa perfecta para convencer a tu padre y poder hacer el viaje.

Tras pasar la guerra juntas, los encuentros con mi hermana se convirtieron con el transcurrir de los años en algo cada vez más difícil, más espaciado. Después de la guerra Tere y su marido se trasladaron a La Coruña, donde un capitán de Paco le había ofrecido trabajo para llevar la contabilidad de su empresa. Yo tuve que irme con ellos una temporada pues por aquel entonces una mujer sola no podía hacer nada. Sin embargo tu tío no me quería con ellos, así que en cuanto vio la oportunidad me encontró un trabajo en una fábrica de cerámicas en Alicante y me mandó para aquí… Pero bueno, otra vez que me voy del tema. Aunque, ya que te lo cuento, la verdad es que aquí no me ha ido tan mal, ya que conocí a tu padre y he sido feliz con él todos estos años hasta el día de hoy.

Pero bueno… No llores Carmen, no llores. Anda, ven aquí a mi lado. Lo mejor será que siga con la historia. Mira, desde que vine a Alicante perdí bastante el contacto con tu tía salvo por las cartas que nos escribíamos de tanto en tanto. Ni siquiera pudo venir a mi boda. Eran tiempos difíciles y el dinero escaseaba, así que le envié algunas fotos. Pero bueno, comprenderás que durante todos esos años apenas pudimos vernos un par de veces. Por eso aquel viaje y aquel encuentro significaron tanto para nosotras. De hecho fue la última vez que vi a tu tía.

A partir de aquel encuentro nuestra relación fue sólo por carta y poco a poco se fue muriendo hasta que desapareció del todo. Nuestros maridos se llevaban como dos perros rabiosos y no hacían más que poner pegas a un viaje por cualquiera de las partes. Al final perdimos el contacto.

Por eso me sorprendió tanto su carta. Mientras la abría me temblaban las manos. El motivo de la carta no era otro que el fallecimiento de su marido, pero eso he de reconocer que no me afectó, no le tenía el más mínimo aprecio. Lo que sí me alegraron fueron sus disculpas por no contestar a nuestras cartas y las promesas de reiniciar nuestras relaciones. No daba ninguna excusa, se limitaba a abrir una nueva puerta a la esperanza.

En aquel momento, al leer la carta, todos aquellos recuerdos volvieron rompiendo la presa que los atoraba. La puerta que ahora se abría frente a mí hizo que se me olvidasen todas las penas, no obstante, existía un problema para nuestro reencuentro: pese a que había recibido en herencia la casa y una pequeña pensión, ésta le era insuficiente para mantener siquiera un teléfono, por lo que no podía ponerme en contacto con ella salvo por carta. De todos modos éste era un mal menor si conseguía recuperar a mi hermana.

No sé por qué pero no le dije nada a tu padre de todo aquello, supongo porque no me soltase un discurso sobre que no me hiciera ilusiones, que por qué volvía de repente, que seguro que algo quería, que... qué se yo, el caso es que no le dije nada y nunca supo que Tere y yo comenzamos a escribirnos de forma regular.

Al día siguiente ya me puse manos a la obra con la que fue la primera de una serie de cartas que escribí. En ella lamentaba la muerte de Alfonso, su marido, y le transmitía mi renovada alegría por volver a saber de su vida aunque fuese por un motivo tan triste. De igual forma dejé en sus manos la decisión de una fecha para ir a visitarla, ya que suponía que ahora querría arreglar todos los papeles y poner su vida en orden de nuevo. También me ofrecía a ayudarla en lo que necesitara, esperaba que esta vez no perdiésemos el contacto y que alguna vez me llamase por teléfono ya que yo no podía. Fue una carta breve en la que puse todo mi corazón, y con él parte de lo que ahora me sucedía con Juan, aunque contado como algo pasajero.

Dos semanas más tarde recibí su respuesta, en la que me contaba cómo se adaptaba a su nuevo estatus. Con ayuda de su hija había empezado a arreglar la casa, que estaba bastante descuidada desde hacía mucho tiempo. Parecía muy feliz ocupada en arreglar su hogar y me animaba para que nosotros hiciésemos lo mismo ahora que Juan estaba jubilado y nuestros hijos se habían ido de casa. “La casa es un fiel reflejo de sus habitantes y del ánimo de éstos” decía, “y ahora que estáis los dos solos es el momento para que la adaptéis a vosotros mismos y no a lo que fue una vez con vuestros dos hijos en casa”. Levanté la vista y miré con detalle las paredes que me rodeaban. ¿Era esa la casa en la que quería vivir, o era la casa en la que había querido vivir? Casi me pareció extraño aquello que hasta ese mismo momento había sido mi hogar. Se notaba mucho el paso del tiempo, el parqué estaba muy desgastado, las paredes llenas de agujeros que antaño habían sostenido cuadros, estanterías y adornos aparecían de diversas tonalidades de lo que había sido un uniforme color amarillo pálido; la mesa en la que comíamos era enorme para sólo dos personas, y las sillas demasiado numerosas; los sillones mostraban el deslucimiento de un uso muy continuado, y hasta las plantas parecían desgastadas. Sin lugar a dudas era la casa de dos viejos aburridos, y yo no quería ser una triste y aburrida vieja.

Al día siguiente empecé a hacer planes sobre como arreglar todo aquello. En primer lugar hablé con Juan que, como ya esperaba, me soltó aquello de “No tenemos dinero, o es que te crees que cobro la pensión de un millonario”. Pero no me amedrenté, le hice ver cómo podíamos nosotros arreglar aquel desaguisado sólo con poner un poco de nuestra parte si empleábamos el tiempo del que ahora disponíamos a raudales, y luché por convencerle de que además nos íbamos a entretener mucho si lo hacíamos. Costó un poco, pero a la semana siguiente ya estábamos manos a la obra: buscamos telas para las sillas, los sofás y las cortinas, buscamos pinturas para la casa, buscamos suelos que poner y libros que nos dijeran como hacerlo, consultamos a amigos más manitas que nosotros, miramos mesas y sillas que fueran económicas y encajasen con nuestros gustos…

Fue una de las épocas más felices de mi vida. Durante meses Juan y yo recorrimos tiendas, discutimos, nos peleamos y trabajamos juntos. Vivimos una segunda juventud intentando salir adelante con lo poco que teníamos. A su vez, tus hermanos y tú misma vinisteis a echarnos una mano durante los fines de semana. Aunque separada en varios hogares, la familia volvía a estar unida, y eso nos daba aún más ánimos para continuar. Nuestros huesos se quejaban del trato que los dábamos y por las noches dormir era una bendición, sin embargo, sentía uno la satisfacción de su propio trabajo. Nunca una condena bíblica me pareció más beneficiosa.

Y la casa cobró vida, una nueva vida, distinta de la anterior. Ahora nuestro hogar había cambiado como habíamos cambiado nosotros. Los tres éramos viejos, eso no era más que fruto del tiempo, pero ahora rezumábamos vitalidad por nuestros poros. Las paredes estaban llenas de luz, yo había abandonado los tonos oscuros al vestir, no era consciente, pero ahora me doy cuenta de que lo hice, y Juan, Juan olvidó su corbata y su traje y ya no había quien le sacase del chándal y las zapatillas de deporte. No es que esto último me entusiasmase, más bien siempre era un motivo de discusión, pero era un reflejo de su ánimo y nos hacía discutir y bromear como no lo hacíamos antes.

Durante estos meses de continuo ajetreo Tere y yo seguimos con las cartas, en ellas se transparentaba la alegría que las dos irradiábamos con la transformación que sentíamos en nuestras vidas. El flujo de cartas fue muy intenso, creo recordar que recibía una carta suya cada dos semanas más o menos, y yo la escribía al mismo ritmo. Eran cartas cortas, de pocos párrafos, y tenía que hacer verdaderos esfuerzos para conseguir escribirlas y no irme a dormir, pero merecía la pena para recuperar a mi hermana del alma.

Según se acababa la obra le fui transmitiendo el temor a Tere de qué iba a pasar después. Ahora Juan era feliz y yo también lo era, pero esto sucedía porque estábamos ocupados todo el día. En cuanto terminásemos no tendríamos nada nuevo que hacer y nuestra rutina quizás volviese a ser la de antes. Y a mí me aterraba aquello, no quería perder la felicidad que poseía. De hecho, un par de veces estropeé alguna cosa para que todo durase un poco más. Pero Tere no perdía su ánimo y conseguía contagiármelo, me daba ideas y me animaba a llevarlas a la práctica.

Así fue como empezamos a hacer excursiones al campo y a la playa en nuestro viejo coche, como salimos a pasear en las tardes de verano y como nos apuntamos a clases de bailes de salón en un centro cívico del barrio. Aún recuerdo aquel verano como una época floreciente como no lo había sido ninguna estación hasta entonces en todos los años que llevaba vividos. Descubrimos parajes que, aunque estaban a pocos kilómetros de donde vivíamos, ni siquiera sabíamos de su existencia. Andamos por caminos nuevos a nuestros ojos y a nuestros pies. Y bailamos como nunca lo habíamos hecho, flotamos por la pista como dos jovenzuelos enamorados y nos amamos como dos recién casados.

Nuestros nietos descubrieron lo divertidos que eran sus abuelos e hicimos infinidad de excursiones con ellos y con sus padres. La familia recuperó el núcleo central que siempre habíamos sido y nos sentíamos afortunados por ello.

Poco a poco nos alcanzó el invierno, en el tiempo y en nuestras vidas, y con él terminaron las excursiones, las salidas y los paseos. Yo notaba como se congelaba nuestra vitalidad con el frío y mi alegría se tornó en melancolía en las cartas que escribía a mi hermana. A pesar de todo, el ritmo de escritura no bajó en ningún momento, las dos nos mantuvimos fieles a nuestra periodicidad quincenal. Empero, ella debió notar el cambió y me animó a nuevas aventuras. Me sugirió cines, teatros y otras actividades, me habló de los días con precio reducido para la tercera edad; me descubrió lo que, pese a ser obvio para la mayoría, yo desconocía: los viajes organizados a bajo precio que se organizaban para personas jubiladas como nosotros.

En seguida fui a informarme de todo aquello con la misma ilusión que una niña espera los Reyes Magos, y el mundo volvió a cambiar para mí. No sé cuántos años hacía ya que no iba al teatro o al cine, pero aquel invierno lo hice por todos ellos. Discutí cien veces sobre esta o aquella película y sobre las variopintas obras de teatro que vimos. Hasta me animé a comer palomitas de vez en cuando pese a que no me sentaban bien. Además, descubrimos un par de restaurantes baratos para ir a la salida del cine, y alguna que otra vez cenamos fuera de casa. Los fines de semana los arreglábamos siempre con alguno de nuestros hijos, comíamos en su casa o les invitábamos nosotros. E incluso conseguimos un par de esas excursiones del Imserso. La verdad es que casi sin darnos cuenta pasó aquel invierno mágico.

De todo aquello ya han pasado más de veinte años y ahora soy una venerable ancianita.


Y mi hermana… Buena me la jugó la muy ladrona.

Tras aquel año tan maravilloso, en el que las posibles crisis se disolvieron como azúcar en el agua gracias a los consejos que Tere incluía en sus cartas entre el resto de comentarios, recibí otra carta distinta. Era un día soleado de primavera y al abrir el buzón me encontré con aquel sobre cubierto con un buen número de matasellos y ya algo amarilleado por el tiempo. Era de Mariju, de la que ya sólo tenía noticias gracias a la correspondencia de Tere. Hacía tres semanas exactas que había llegado la última carta de mi hermana y mis manos temblaban porque presagiaba lo peor. La abrí allí mismo y mis temores se hicieron realidad: Tere había muerto. No pude seguir leyendo, mis ojos se inundaron de lágrimas y mi corazón se partió en dos. Tras más de un año de correspondencia mutua, justo cuando la había vuelto a recuperar, cuando me disponía a hablar con Juan y contárselo todo para que nos animásemos a hacer un viaje a Galicia, justo entonces había muerto y yo no la había visto. Me sentí impotente y rota por dentro ante un destino tan injusto.

Con la carta en el bolsillo subí a casa y Juan se acercó en cuanto me vio, me abrazó y se interesó por lo que me pasaba. No pude ni hablar, le tendí la carta y me deje caer en el sofá. Juan la leyó en silencio y me abrazó para consolarme sin mediar palabra. Pasado un buen rato nos separamos y entonces habló: “Siento mucho lo de tu hermana y tu cuñado, pero a estos de correos había que denunciarlos, mira que perder una carta como ésta durante más de un año”. Levante la vista de mis manos y de un tirón le quité la carta sin mediar palabra, mire la fecha y la leí completa varias veces. Tere y Alfonso habían muerto un año atrás en un accidente de tráfico al salir del notario tras arreglar su testamento. No dije nada y me abracé a mi marido triste y feliz a la vez. Tere, la muy ladrona, había continuado con el papel de hermana mayor y me había ayudado justo cuando más la necesitaba, aún después de muerta. Supongo que hay cosas que ni la muerte puede cambiar.

Todavía conservo aquellas cartas y de vez en vez las releo, es un consuelo saber que alguien que te quiere y cuida de ti como lo había hecho ella te espera al otro lado.

Seguro que tu padre también está allí y que sonríe cada vez que me ve leer de nuevo la correspondencia de mi hermana.

Ahora Carmen deja ya de llorar que seguro que no le gusta verte así.

Satánico


Arrastrado a aquella sesión de espiritismo satánico por Irene, mi novia de aquel entonces, nunca imaginé lo que iba a pasar…

Estábamos todos alrededor de una estrella de cinco puntas inscrita en una circunferencia llena de velas encendidas, una salmodia repetitiva sonaba de fondo… De repente, en medio del círculo, apareció un rasta tatuado fumando un porro sentado en el suelo. Aquella broma fue para mí causa de un ataque de risa, mientras que todos miraban aterrorizados. El demonio aquel arrojó toda su ira sobre mí y, entre gritos y maldiciones, me aseguró un sufrimiento eterno. Activando mis reflejos de abogado solicité un sobreseimiento pues era nuevo en tales experiencias paranormales. Mi argumento no lo convenció, pero insistí y conseguí cambiar mi castigo por el de algún ser querido. Sin pensarlo dos veces arrojé una foto como ofrenda al interior del círculo. La fotografía e Irene desaparecieron al momento.

Tic tac

Ese tic tac que escuchamos hace rato podríamos pensar que es una bomba, o un reloj, o incluso un metrónomo marcando el compás, sin embargo no es otra cosa que María, la maestra del pueblo, azotando a intervalos casi exactos de tiempo el culo de Juanito con un vara de avellano por no haber dicho bien la tabla del cinco. Juanito se la sabía, pero los exámenes orales le ponen muy nervioso y no acierta a dar pie con bola. A la maestra esto le importa más bien poco, su ira crece a pasos agigantados, y le grita, y le zarandea, y Juanito, mirando esos ojos como volcanes encendidos, está cada vez más nervioso, hasta que no puede más y rompe a llorar. En ese momento ella alcanza el clímax y le humilla llamándole niña y otras cosas peores delante de todos sus compañeros, y le azota exultante con la vara que tiene guardada para estas ocasiones en el cajón derecho de su mesa. Juanito, incapaz de entender su desgracia se orina en los pantalones mientras el tic tac de los golpes acompasa su dolor.

Horas más tarde, en casa, María se regodea con el recuerdo mientras friega los platos. Escucha el ruido de la puerta de la calle al abrirse y siente el irregular sonido de los pasos de Pedro, su marido, que cojea completamente borracho en un vaivén al límite del equilibrio. Ella se teme lo peor y se pone muy nerviosa. Presa del miedo que siente por él se le cae un vaso y el sonido de cristales rotos llama poderosamente la atención de Pedro, que sólo necesita esta excusa para sentirse mejor. Camina hacia la cocina al tiempo que insulta a gritos a María. Ella quiere aguantar las lágrimas, se esfuerza en ello durante algunos minutos, pero al final no puede y rompe a llorar humillada. Esa es la señal, ella lo sabe, que hace que Pedro la golpee con todas sus fuerzas durante unos segundos que parecen no tener fin. Hasta que se cansa y, excitado por la violencia, la viola. Un minuto después, hastiado, escupe en el suelo y se va a la cama a dormir la borrachera. María queda tendida en el suelo entre unos cristales tan rotos como su orgullo, despeinada, con la ropa hecha jirones, sangrando por la boca y la nariz mientras, para olvidar su desgracia, imagina que mañana Juanito se equivoca otra vez. De fondo el reloj de la cocina acompaña sus pensamientos con un tic tac eterno.

La vida qué mala es

-Entonces es martes, seguro, por lógica.
-¿Seguro, seguro?
-¿No robamos ayer en el súper?
-Sí.
-Pues entonces es martes. El jueves robamos el coche y nos fuimos a la playa; el viernes nos colamos en la disco; el sábado estuvimos de botellón; el domingo nos pegamos en el partido del Madrid; y ayer lunes, como no teníamos un chavo, robamos en el súper. ¿Te cuadra ya?
-¡Es verdad tío! Los lunes siempre nos quedamos sin pelas después de irnos de copas al lado del Bernabeu, allí cuestan un pastón.
-Sí, tío, ¡Vaya putada de vida la nuestra!

El día de la marmota

-Por cierto, ¿hoy es domingo? ¿o es lunes? Ya no sé en que día vivo, desde que me jubilé ando muy despistada. Antes iba a comprar los viernes por la tarde cuando salía del trabajo pero ahora…
*****
La pantalla funde en negro y las luces del control se encienden.
-¿Cuánto crees que aguantará sin darse cuenta?
-No lo sé, de momento es todo un éxito.
-Seguimos líderes de audiencia, al menos mientras continuemos pagando a sus hijos.
-Veremos lo que dura. ¿Quién crees que se cansará antes, el público de ver todos los días lo mismo o ella de repetirlo?

Procrastinación

María lo dejaba todo para mañana: limpiar, ordenar, ir al médico, dormir… cualquier cosa podía esperar, así que al final tenía que hacerlo todo a última hora, deprisa y corriendo. Los exámenes los estudiaba siempre la noche anterior, la declaración de hacienda la presentaba el último día, se le acumulaba el trabajo y tenía que hacer horas extras, y no tuvo hijos porque se hizo mayor. Ya jubilada sintió la felicidad de no tener prisa, comía fuera de casa y una chica le hacía las labores del hogar, no había nada que retrasar… excepto la muerte. Cuando la dama negra vino a visitarla la encontró sentada al sol en una terraza de la Plaza Mayor, y no sé bien cómo lo hizo, pero creo que aún sigue viva.

Para mi ego :)

Visto que con el nuevo año escribo más bien poco, al menos me voy a alimentar el ego. Hace unas semanas se puso en contacto conmigo Marcelo Ferrando Castro, de Libros Gratis, y me propuso una entrevista de la que aquí tenéis el resultado, espero que os guste. He de reconocer que me hizo mucha ilusión porque es la primera vez que me entrevistan por lo que escribo, así que quiero darle las gracias a Marcelo desde aquí por su amabilidad, y aprovecho para dároslas también a vosotros que me leeis de vez en cuando.Y para que sigáis viniendo de vez en cuando a saludarme (que me hace mucha ilusión también), me hago el firme propósito de recuperar el ritmo perdido.
¡Hasta muy pronto! :)

La carrera

La carrera ilegal de trenes de época se celebró con salida en la estación abandonada de Príncipe Pío y fin en las antiguas vías de la estación de Atocha. No sé cómo pretendían que algo así pasara desapercibido, quizás más de un alto cargo de la policía estaba en “nómina”; el caso es que no contaron con la Fiscalía del Estado, que fue al final quien presentó la querella no atendiendo a las súplicas de arbitraje de la Comunidad de Madrid. Yo llevé la defensa de aquel despropósito y al final la cosa acabó bastante bien. Como no hubo heridos ni destrozos, de lo único de lo que pudieron acusar a los organizadores —de las apuestas tampoco quedó prueba alguna— fue de uso ilegal de una propiedad pública. Pero que unas maquetas de tren vayan por unas viejas vías en desuso no parece tan grave, vamos, digo yo.

Depués del final

Me acerco y anoto sus nombres mirándolos en las chapas que cuelgan de los cuellos carbonizados. Eso es lo que me han dicho que haga y yo lo hago. Estoy solo. No recuerdo cómo vine aquí ni quiénes me mandan, tampoco me importa porque no me pegan. Los otros, los que ahora están muertos, me pegaban. Es lo que me han dicho, por eso tengo las heridas. Me han dicho que cuando termine me llevarán con ellos, y yo quiero irme, cada día se me cae más pelo. Tengo miedo a los hongos gigantes de ruido y polvo que poco a poco se acercan.

P.D.: Aunque el relato no parece prestarse a ello, a todos los que alguna vez pasáis por aquí os quiero desear lo mejor para este año que empieza: que se cumplan vuestros sueños, que la felicidad os coja de la mano y no os suelte ningún día. ¡Feliz año nuevo!