Una dosis de realidad

El hombre luce una inquietante sonrisa cuando sale del portal del edificio verde de este barrio de mala muerte del que hasta las ratas huyen.
En el cuarto derecha una niña —de la que no diremos su edad para no ofender a los corazones más sensibles— se lava la entrepierna en un bidé desportillado mientras, para huir de su maldita realidad, se imagina en un parque de atracciones que vio una vez en la tele.
El ascensor no funciona y un viejo desdentado llora en el suelo del rellano del tercer piso con la nariz rota por un golpe reciente con una porra. Alrededor de su cabeza hay un charco de sangre y lágrimas, huele a orina y a heces, a miedo y a impotencia.
En las escaleras del segundo piso un perro con una bala en la frente yace despanzurrado en una posición imposible. Las moscas han sido las primeras en llegar y su zumbido acompaña a los gritos que se escuchan tras las puertas desconchadas.
El yonqui del primero izquierda mira fijamente el cajón vacío donde unos minutos antes guardaba la mercancía. Una pistola en la sien y unas cuantas patadas obraron el milagro del cambio de dueño. Su mente trabaja a toda velocidad para idear algo con lo que conseguir droga en la próxima hora, antes de que la abstinencia le destroce desde dentro. No siente dolor, sólo ansiedad y miedo; los golpes no duelen tanto como el cajón vacío.
En la calle, el hombre de la inquietante sonrisa, satisfecho de sí mismo, se arregla la entrepierna, le da un último repaso a la porra con un pañuelo de papel antes de guardarla, se palpa la espalda tocando la pistola oculta, y mete la mano en el bolsillo calculando la cantidad de droga que lleva. Luego se sube al coche y enciende la sirena, desde comisaría avisan de una emergencia: él tiene que ir —piensa—, a fin de cuentas es el garante de la ley.

Aquiles, un hámster y el amor

Prisionero de su esfera transparente el hámster camina y camina hasta caer exhausto, viendo como la comida que tanto ansía permanece inalcanzable frente a él. Este Aquiles peludo no sabe que él tampoco alcanzará a su tortuga, aunque sea por distinta paradoja: caminará y caminará sin llegar nuca a su destino porque en realidad no avanzará nada, permanecerá siempre sujeto al eje a la misma distancia, a la misma que si se hubiese quedado inmóvil, quieto, sin hacer nada…
¡Cuánto me recuerda esto a nuestro amor!