Tic tac

Ese tic tac que escuchamos hace rato podríamos pensar que es una bomba, o un reloj, o incluso un metrónomo marcando el compás, sin embargo no es otra cosa que María, la maestra del pueblo, azotando a intervalos casi exactos de tiempo el culo de Juanito con un vara de avellano por no haber dicho bien la tabla del cinco. Juanito se la sabía, pero los exámenes orales le ponen muy nervioso y no acierta a dar pie con bola. A la maestra esto le importa más bien poco, su ira crece a pasos agigantados, y le grita, y le zarandea, y Juanito, mirando esos ojos como volcanes encendidos, está cada vez más nervioso, hasta que no puede más y rompe a llorar. En ese momento ella alcanza el clímax y le humilla llamándole niña y otras cosas peores delante de todos sus compañeros, y le azota exultante con la vara que tiene guardada para estas ocasiones en el cajón derecho de su mesa. Juanito, incapaz de entender su desgracia se orina en los pantalones mientras el tic tac de los golpes acompasa su dolor.

Horas más tarde, en casa, María se regodea con el recuerdo mientras friega los platos. Escucha el ruido de la puerta de la calle al abrirse y siente el irregular sonido de los pasos de Pedro, su marido, que cojea completamente borracho en un vaivén al límite del equilibrio. Ella se teme lo peor y se pone muy nerviosa. Presa del miedo que siente por él se le cae un vaso y el sonido de cristales rotos llama poderosamente la atención de Pedro, que sólo necesita esta excusa para sentirse mejor. Camina hacia la cocina al tiempo que insulta a gritos a María. Ella quiere aguantar las lágrimas, se esfuerza en ello durante algunos minutos, pero al final no puede y rompe a llorar humillada. Esa es la señal, ella lo sabe, que hace que Pedro la golpee con todas sus fuerzas durante unos segundos que parecen no tener fin. Hasta que se cansa y, excitado por la violencia, la viola. Un minuto después, hastiado, escupe en el suelo y se va a la cama a dormir la borrachera. María queda tendida en el suelo entre unos cristales tan rotos como su orgullo, despeinada, con la ropa hecha jirones, sangrando por la boca y la nariz mientras, para olvidar su desgracia, imagina que mañana Juanito se equivoca otra vez. De fondo el reloj de la cocina acompaña sus pensamientos con un tic tac eterno.