La carta

Sí, hija sí, ya sé que tu padre ha muerto. Y claro que me entristece que ya no esté aquí, a mi lado; pero tengo mis razones para no sentirme tan afligida como vosotros, para mantener esta fortaleza de ánimo que os parece casi irreal después de más de cincuenta años de casados. Yo le quería más que ninguno de vosotros, si es que el amor se puede medir de algún modo, y le voy a echar de menos cuando me vaya a la cama y note su ausencia, cuando sienta que nadie respira a mi lado y que el colchón está frío. Esta noche, y el resto de noches que me quedan por vivir, sentiré un vacío de toda una vida, un vacío y un dolor que no hallarían consuelo si no fuera por la historia que te voy a contar.

Todo empezó con una carta...

Por aquel entonces tu padre y yo teníamos sesenta y cinco años, ya sabes que nacimos el mismo año y que sólo nos llevamos algo más de un mes de diferencia. Pero no sé para qué te digo estas cosas, tú nunca te has olvidado de uno solo de nuestros cumpleaños, siempre le gastabas bromas a tu padre en el suyo con aquello de que envejecía muy rápido y de que ya era un año mayor que yo aunque habíamos nacido en el mismo año. ¡Cómo me divertía con sus respuestas medio enfadado!

Pero bueno, eso no es lo que quería contarte. Te decía que había recibido una carta y que nosotros acabábamos de cumplir sesenta y cinco, y digo los dos porque la carta llegó en abril, pocas semanas después de mi cumpleaños, y ya sabes que yo los cumplo en marzo. Me acuerdo bien porque tu padre acababa de jubilarse un par de meses atrás y andaba por la casa como un alma en pena. Estaba apagado, ya no se sentía útil, después de toda una vida ocupado, a veces incluso en más de un trabajo, para poder sacaros a ti y a tus hermanos adelante, ya no le encontraba objetivo a su vida. Ya sabes que tu padre nunca tuvo muchas aficiones, sólo le gustaba el fútbol y alguna que otra película que echaban en la tele. Ahora pasaba el tiempo sin saber que hacer, deambulaba de un lado para otro y protestaba por todo, su humor se había agriado y eso nos afectaba más de lo que estábamos dispuestos a admitir ante cualquiera, incluso ante nosotros mismos. Las mañanas se le hacían eternas, y siempre andaba por en medio mientras yo hacía las faenas de la casa. Sí, ya sé que podría haberme echado una mano, pero tu padre tenía otra mentalidad, era hijo de su época, llevaba toda su vida sin saber de la casa, ¡Si hasta la fruta se la pelaba yo! No sé si te acuerdas. Además, si trataba de ayudar acabábamos en una discusión, yo porque siempre había hecho las cosas a mi modo y él quería cambiarlas, y él porque no soportaba el que yo le dijese lo que tenía que hacer. Él era el hombre de la casa y yo no le podía dar órdenes, y yo era la dueña del hogar, y o las cosas se hacían como yo decía o no estaban bien hechas. Seguro que ninguno de los dos llevaba razón y que la mayoría de las peleas eran por tonterías, pero por primera vez en nuestras vidas teníamos los papeles cambiados y no éramos capaces de adaptarnos. La verdad es que no sé como habríamos acabado de no ser por aquella carta.

El sobre lo recogí yo del buzón una mañana al volver de la compra. Ya sabes que tengo la costumbre de mirar el correo siempre que vuelvo de comprar. Pues bien, aquel día hice lo mismo que el resto, recogí el correo, lo metí en el carrito de la compra sin mirar, tomé el ascensor y subí a casa. Me encontraba bastante cansada, hacía días que no hacía una buena compra y había ido todo el camino muy cargada, con el carrito a rebosar. Así que en cuanto llegué me bebí un vaso de agua y me senté un rato a descansar. Tu padre no estaba en casa, supongo que habría ido a dar una vuelta o a tomarse un vino con sus amigos jubilados. El caso es que estuve un buen rato allí sentada hasta que me decidí a sacar las cosas del carrito y guardarlas. Después hice lo que hacía siempre, dejé el correo junto con la propaganda encima de la mesa y me dediqué a ordenarlo todo. Fui sacando las verduras, los huevos… en fin, todo lo que había comprado, y me dediqué a ponerlo en su sitio.

En cuanto terminé de colocar las cosas me senté en la mesa y me puse a mirar los folletos de publicidad un rato mientras descansaba. Nunca recibíamos correo de nadie, y las únicas cartas que nos echaban en el buzón solían ser del banco o de sorteos de esos que siempre son un timo, así que tampoco le hice demasiado caso al principio. Hasta que acabé de mirarme todas las ofertas de los folletos no le eché un vistazo a los sobres. Iba a dejarle a tu padre las cartas para que las abriese cuando entre todas vi una que no tenía el mismo formato que las del banco, supuse que era una de estas de sorteo y por poco la rompo, pero ésta traía la dirección escrita a mano, y en cuanto vi la letra supe de quien era. Era de mi hermana Tere, no sé si te acuerdas de ella, alguna vez te he enseñado fotos suyas.

Tere era dos años mayor que yo y vivía en La Coruña con su marido y su hija. Sólo había podido tener una hija, Mariju, porque después del parto tuvo varias complicaciones que la dejaron estéril. Eso la hundió bastante, pero supongo que el ocuparse de Mariju fue lo que la hizo salir adelante en aquellos años tan difíciles. Mariju es tu prima, aunque ya sé que no la conoces, alguna vez te he hablado de ella. Tere se casó muy joven, a los veinte, y enseguida se quedo encinta de tu prima, mientras que yo me casé con tu padre ya con treinta cumplidos.

Pero bueno, a lo que iba, Tere fue mi hermana mayor, no sólo por la edad, sino porque ejerció de ello siempre. Nosotras nos criamos en los turbulentos años de principios de siglo en Madrid, entre hambre y revoluciones. Fueron tiempos de revueltas, de descontentos y manifestaciones, de huelgas, de cambios políticos, todo el país andaba agitado, y al final desembocaríamos en la Guerra Civil, justo un año después de que se casase tu tía. En todo ese tiempo Tere cuido de mí, asumió la responsabilidad de unos padres que nos faltaron al poco de nacer yo. Tu abuela murió en el parto, y tu abuelo no pudo soportarlo y, según nos dijeron, murió de pena unos años más tarde. Yo no guardo ningún recuerdo de ellos salvo los que me han contado. Bueno, en estas circunstancias nos enviaron a vivir con una tía viuda que no sabía nada de niños ni quería saber. La pensión que le había dejado su difunto marido no era muy grande, pero la dejaba vivir con suficiente holgura como para mantener una criada mora, Zaira, que fue quién más se ocupó de nosotras, en tanto que nuestra tía se dedicaba a su chupito de anís como único consuelo a su viudez. Si no llega a ser por mi hermana y su sentido de la responsabilidad yo no habría aprendido nada. Fue ella, ayudada por Zaira, la que me obligó a estudiar mientras pudimos ir a la escuela, y la que me hizo aprender a cocinar y a coser y a todas las tareas que por aquel entonces estaban destinadas a las mujeres. Nuestra tía Socorro sólo se dedicaba a buscar un nuevo marido entre los hombres de la comunidad, y la carga que suponíamos nosotras se lo ponía aún más difícil, por lo que no era inusual el que nos insultase o nos pegase si se le iba la mano con el anís. Por eso, en cuanto mi hermana tuvo suficiente edad busco un pretendiente y se casó. Con eso no sólo se fue ella, sino que me llevó con ellos y me libró de aguantar por más tiempo a nuestra tía Socorro. No creo que estuviese enamorada de verdad cuando se casó, sino que buscó la mejor vía de escape que pudo para las dos.

Al poco nos sorprendió la Guerra Civil y nos quedamos solas las dos ya que Paco, su marido, tuvo que huir para alistarse en el bando nacional. A nosotras nos mandó a Almázcara, un pueblo de León, donde vivían los padres de él. Desde allí casi vimos pasar de largo la guerra, no es que no se sufriesen dentro del pueblo los enfrentamientos entre un bando y el otro, sino que al menos teníamos la comida que escaseaba en casi toda España gracias a lo que producía el campo.

Pero bueno, como me enrollo, parezco una persiana. Y claro, tú no me cortas. Es que ya con la edad chocheo un poco. En fin, ten paciencia y te acabaré contando la historia. Como te decía, había recibido una carta y te decía que era de mi hermana Tere. Pues bueno, la carta me temblaba entre las manos igual que si la cogiese ahora con el pulso que tengo, y me temblaba porque llevaba más de veinte años sin saber nada de ella. La última vez que la habíamos visto había sido en casa de Mariju, en Orense. Tu prima se había casado con el director de una central lechera y estaba en buena posición social. Tere nos había llevado para que la viésemos junto con sus más preciados tesoros: sus nietos, esos dos pequeñajos encantadores que no hacían más que jugar, correr y saltar por entre el cuidado jardín de su chalé junto al pastor alemán que guardaba la vivienda. Recuerdo que era julio porque tu hermano y tú habíais suspendido algunas asignaturas y nos os dejamos venir, os mandamos a estudiar a Denia a casa de los abuelos. Fue el primer viaje que hacíamos solos tu padre y yo desde que habíais nacido. La verdad es que tampoco teníamos dinero para irnos todos, y el que suspendieseis fue la excusa perfecta para convencer a tu padre y poder hacer el viaje.

Tras pasar la guerra juntas, los encuentros con mi hermana se convirtieron con el transcurrir de los años en algo cada vez más difícil, más espaciado. Después de la guerra Tere y su marido se trasladaron a La Coruña, donde un capitán de Paco le había ofrecido trabajo para llevar la contabilidad de su empresa. Yo tuve que irme con ellos una temporada pues por aquel entonces una mujer sola no podía hacer nada. Sin embargo tu tío no me quería con ellos, así que en cuanto vio la oportunidad me encontró un trabajo en una fábrica de cerámicas en Alicante y me mandó para aquí… Pero bueno, otra vez que me voy del tema. Aunque, ya que te lo cuento, la verdad es que aquí no me ha ido tan mal, ya que conocí a tu padre y he sido feliz con él todos estos años hasta el día de hoy.

Pero bueno… No llores Carmen, no llores. Anda, ven aquí a mi lado. Lo mejor será que siga con la historia. Mira, desde que vine a Alicante perdí bastante el contacto con tu tía salvo por las cartas que nos escribíamos de tanto en tanto. Ni siquiera pudo venir a mi boda. Eran tiempos difíciles y el dinero escaseaba, así que le envié algunas fotos. Pero bueno, comprenderás que durante todos esos años apenas pudimos vernos un par de veces. Por eso aquel viaje y aquel encuentro significaron tanto para nosotras. De hecho fue la última vez que vi a tu tía.

A partir de aquel encuentro nuestra relación fue sólo por carta y poco a poco se fue muriendo hasta que desapareció del todo. Nuestros maridos se llevaban como dos perros rabiosos y no hacían más que poner pegas a un viaje por cualquiera de las partes. Al final perdimos el contacto.

Por eso me sorprendió tanto su carta. Mientras la abría me temblaban las manos. El motivo de la carta no era otro que el fallecimiento de su marido, pero eso he de reconocer que no me afectó, no le tenía el más mínimo aprecio. Lo que sí me alegraron fueron sus disculpas por no contestar a nuestras cartas y las promesas de reiniciar nuestras relaciones. No daba ninguna excusa, se limitaba a abrir una nueva puerta a la esperanza.

En aquel momento, al leer la carta, todos aquellos recuerdos volvieron rompiendo la presa que los atoraba. La puerta que ahora se abría frente a mí hizo que se me olvidasen todas las penas, no obstante, existía un problema para nuestro reencuentro: pese a que había recibido en herencia la casa y una pequeña pensión, ésta le era insuficiente para mantener siquiera un teléfono, por lo que no podía ponerme en contacto con ella salvo por carta. De todos modos éste era un mal menor si conseguía recuperar a mi hermana.

No sé por qué pero no le dije nada a tu padre de todo aquello, supongo porque no me soltase un discurso sobre que no me hiciera ilusiones, que por qué volvía de repente, que seguro que algo quería, que... qué se yo, el caso es que no le dije nada y nunca supo que Tere y yo comenzamos a escribirnos de forma regular.

Al día siguiente ya me puse manos a la obra con la que fue la primera de una serie de cartas que escribí. En ella lamentaba la muerte de Alfonso, su marido, y le transmitía mi renovada alegría por volver a saber de su vida aunque fuese por un motivo tan triste. De igual forma dejé en sus manos la decisión de una fecha para ir a visitarla, ya que suponía que ahora querría arreglar todos los papeles y poner su vida en orden de nuevo. También me ofrecía a ayudarla en lo que necesitara, esperaba que esta vez no perdiésemos el contacto y que alguna vez me llamase por teléfono ya que yo no podía. Fue una carta breve en la que puse todo mi corazón, y con él parte de lo que ahora me sucedía con Juan, aunque contado como algo pasajero.

Dos semanas más tarde recibí su respuesta, en la que me contaba cómo se adaptaba a su nuevo estatus. Con ayuda de su hija había empezado a arreglar la casa, que estaba bastante descuidada desde hacía mucho tiempo. Parecía muy feliz ocupada en arreglar su hogar y me animaba para que nosotros hiciésemos lo mismo ahora que Juan estaba jubilado y nuestros hijos se habían ido de casa. “La casa es un fiel reflejo de sus habitantes y del ánimo de éstos” decía, “y ahora que estáis los dos solos es el momento para que la adaptéis a vosotros mismos y no a lo que fue una vez con vuestros dos hijos en casa”. Levanté la vista y miré con detalle las paredes que me rodeaban. ¿Era esa la casa en la que quería vivir, o era la casa en la que había querido vivir? Casi me pareció extraño aquello que hasta ese mismo momento había sido mi hogar. Se notaba mucho el paso del tiempo, el parqué estaba muy desgastado, las paredes llenas de agujeros que antaño habían sostenido cuadros, estanterías y adornos aparecían de diversas tonalidades de lo que había sido un uniforme color amarillo pálido; la mesa en la que comíamos era enorme para sólo dos personas, y las sillas demasiado numerosas; los sillones mostraban el deslucimiento de un uso muy continuado, y hasta las plantas parecían desgastadas. Sin lugar a dudas era la casa de dos viejos aburridos, y yo no quería ser una triste y aburrida vieja.

Al día siguiente empecé a hacer planes sobre como arreglar todo aquello. En primer lugar hablé con Juan que, como ya esperaba, me soltó aquello de “No tenemos dinero, o es que te crees que cobro la pensión de un millonario”. Pero no me amedrenté, le hice ver cómo podíamos nosotros arreglar aquel desaguisado sólo con poner un poco de nuestra parte si empleábamos el tiempo del que ahora disponíamos a raudales, y luché por convencerle de que además nos íbamos a entretener mucho si lo hacíamos. Costó un poco, pero a la semana siguiente ya estábamos manos a la obra: buscamos telas para las sillas, los sofás y las cortinas, buscamos pinturas para la casa, buscamos suelos que poner y libros que nos dijeran como hacerlo, consultamos a amigos más manitas que nosotros, miramos mesas y sillas que fueran económicas y encajasen con nuestros gustos…

Fue una de las épocas más felices de mi vida. Durante meses Juan y yo recorrimos tiendas, discutimos, nos peleamos y trabajamos juntos. Vivimos una segunda juventud intentando salir adelante con lo poco que teníamos. A su vez, tus hermanos y tú misma vinisteis a echarnos una mano durante los fines de semana. Aunque separada en varios hogares, la familia volvía a estar unida, y eso nos daba aún más ánimos para continuar. Nuestros huesos se quejaban del trato que los dábamos y por las noches dormir era una bendición, sin embargo, sentía uno la satisfacción de su propio trabajo. Nunca una condena bíblica me pareció más beneficiosa.

Y la casa cobró vida, una nueva vida, distinta de la anterior. Ahora nuestro hogar había cambiado como habíamos cambiado nosotros. Los tres éramos viejos, eso no era más que fruto del tiempo, pero ahora rezumábamos vitalidad por nuestros poros. Las paredes estaban llenas de luz, yo había abandonado los tonos oscuros al vestir, no era consciente, pero ahora me doy cuenta de que lo hice, y Juan, Juan olvidó su corbata y su traje y ya no había quien le sacase del chándal y las zapatillas de deporte. No es que esto último me entusiasmase, más bien siempre era un motivo de discusión, pero era un reflejo de su ánimo y nos hacía discutir y bromear como no lo hacíamos antes.

Durante estos meses de continuo ajetreo Tere y yo seguimos con las cartas, en ellas se transparentaba la alegría que las dos irradiábamos con la transformación que sentíamos en nuestras vidas. El flujo de cartas fue muy intenso, creo recordar que recibía una carta suya cada dos semanas más o menos, y yo la escribía al mismo ritmo. Eran cartas cortas, de pocos párrafos, y tenía que hacer verdaderos esfuerzos para conseguir escribirlas y no irme a dormir, pero merecía la pena para recuperar a mi hermana del alma.

Según se acababa la obra le fui transmitiendo el temor a Tere de qué iba a pasar después. Ahora Juan era feliz y yo también lo era, pero esto sucedía porque estábamos ocupados todo el día. En cuanto terminásemos no tendríamos nada nuevo que hacer y nuestra rutina quizás volviese a ser la de antes. Y a mí me aterraba aquello, no quería perder la felicidad que poseía. De hecho, un par de veces estropeé alguna cosa para que todo durase un poco más. Pero Tere no perdía su ánimo y conseguía contagiármelo, me daba ideas y me animaba a llevarlas a la práctica.

Así fue como empezamos a hacer excursiones al campo y a la playa en nuestro viejo coche, como salimos a pasear en las tardes de verano y como nos apuntamos a clases de bailes de salón en un centro cívico del barrio. Aún recuerdo aquel verano como una época floreciente como no lo había sido ninguna estación hasta entonces en todos los años que llevaba vividos. Descubrimos parajes que, aunque estaban a pocos kilómetros de donde vivíamos, ni siquiera sabíamos de su existencia. Andamos por caminos nuevos a nuestros ojos y a nuestros pies. Y bailamos como nunca lo habíamos hecho, flotamos por la pista como dos jovenzuelos enamorados y nos amamos como dos recién casados.

Nuestros nietos descubrieron lo divertidos que eran sus abuelos e hicimos infinidad de excursiones con ellos y con sus padres. La familia recuperó el núcleo central que siempre habíamos sido y nos sentíamos afortunados por ello.

Poco a poco nos alcanzó el invierno, en el tiempo y en nuestras vidas, y con él terminaron las excursiones, las salidas y los paseos. Yo notaba como se congelaba nuestra vitalidad con el frío y mi alegría se tornó en melancolía en las cartas que escribía a mi hermana. A pesar de todo, el ritmo de escritura no bajó en ningún momento, las dos nos mantuvimos fieles a nuestra periodicidad quincenal. Empero, ella debió notar el cambió y me animó a nuevas aventuras. Me sugirió cines, teatros y otras actividades, me habló de los días con precio reducido para la tercera edad; me descubrió lo que, pese a ser obvio para la mayoría, yo desconocía: los viajes organizados a bajo precio que se organizaban para personas jubiladas como nosotros.

En seguida fui a informarme de todo aquello con la misma ilusión que una niña espera los Reyes Magos, y el mundo volvió a cambiar para mí. No sé cuántos años hacía ya que no iba al teatro o al cine, pero aquel invierno lo hice por todos ellos. Discutí cien veces sobre esta o aquella película y sobre las variopintas obras de teatro que vimos. Hasta me animé a comer palomitas de vez en cuando pese a que no me sentaban bien. Además, descubrimos un par de restaurantes baratos para ir a la salida del cine, y alguna que otra vez cenamos fuera de casa. Los fines de semana los arreglábamos siempre con alguno de nuestros hijos, comíamos en su casa o les invitábamos nosotros. E incluso conseguimos un par de esas excursiones del Imserso. La verdad es que casi sin darnos cuenta pasó aquel invierno mágico.

De todo aquello ya han pasado más de veinte años y ahora soy una venerable ancianita.


Y mi hermana… Buena me la jugó la muy ladrona.

Tras aquel año tan maravilloso, en el que las posibles crisis se disolvieron como azúcar en el agua gracias a los consejos que Tere incluía en sus cartas entre el resto de comentarios, recibí otra carta distinta. Era un día soleado de primavera y al abrir el buzón me encontré con aquel sobre cubierto con un buen número de matasellos y ya algo amarilleado por el tiempo. Era de Mariju, de la que ya sólo tenía noticias gracias a la correspondencia de Tere. Hacía tres semanas exactas que había llegado la última carta de mi hermana y mis manos temblaban porque presagiaba lo peor. La abrí allí mismo y mis temores se hicieron realidad: Tere había muerto. No pude seguir leyendo, mis ojos se inundaron de lágrimas y mi corazón se partió en dos. Tras más de un año de correspondencia mutua, justo cuando la había vuelto a recuperar, cuando me disponía a hablar con Juan y contárselo todo para que nos animásemos a hacer un viaje a Galicia, justo entonces había muerto y yo no la había visto. Me sentí impotente y rota por dentro ante un destino tan injusto.

Con la carta en el bolsillo subí a casa y Juan se acercó en cuanto me vio, me abrazó y se interesó por lo que me pasaba. No pude ni hablar, le tendí la carta y me deje caer en el sofá. Juan la leyó en silencio y me abrazó para consolarme sin mediar palabra. Pasado un buen rato nos separamos y entonces habló: “Siento mucho lo de tu hermana y tu cuñado, pero a estos de correos había que denunciarlos, mira que perder una carta como ésta durante más de un año”. Levante la vista de mis manos y de un tirón le quité la carta sin mediar palabra, mire la fecha y la leí completa varias veces. Tere y Alfonso habían muerto un año atrás en un accidente de tráfico al salir del notario tras arreglar su testamento. No dije nada y me abracé a mi marido triste y feliz a la vez. Tere, la muy ladrona, había continuado con el papel de hermana mayor y me había ayudado justo cuando más la necesitaba, aún después de muerta. Supongo que hay cosas que ni la muerte puede cambiar.

Todavía conservo aquellas cartas y de vez en vez las releo, es un consuelo saber que alguien que te quiere y cuida de ti como lo había hecho ella te espera al otro lado.

Seguro que tu padre también está allí y que sonríe cada vez que me ve leer de nuevo la correspondencia de mi hermana.

Ahora Carmen deja ya de llorar que seguro que no le gusta verte así.