Atracción



Con esa exactitud tan característica de la ciencia se me rompió el corazón al caer al suelo; la fuerza de la gravedad de la situación provocó aquella caída. La luz, a trescientos mil kilómetros por segundo, iluminó la escena de dos polos opuestos atrayéndose: mi dulce mujer y aquel macarra barriobajero del vecino de arriba, ese que posee un campo de atracción tal que una tras otra habían ido cayendo hacia él todas la mujeres de la comunidad, como si él fuera un agujero negro del cual fuera imposible escapar. Al final yo tampoco pude resistirme y caí.
Tuve que matarle: ¡era tan guapo el condenado!

Hasta el fin



Hasta chocarse contra una pila de maderos con la cara cubierta por un casco, sentir el empujón, caer al suelo y verse golpeado una y otra vez por una maraña de manos armadas con porras, que no con razón, porque la razón nunca sirvió para cambiar gobiernos, para eso sirven las porras, las pistolas y los tanques.
Hasta escupir sangre y sentir el estómago como un dolor insufrible que se mantiene constante y anula cualquier otro sentido. La vista se nubla, pero el pensamiento sigue fijo en una sola idea, en una sola idea que dan veinte años de juventud, veinte años de ira y cansancio, veinte años de sueños de LIBERTAD.
Hasta estar harto de mangoneos y robos, de prebendas y privilegios, de abusos y desmanes. Hasta estar harto de que la señora democracia sea una palabra vacía, una mentira que utilizan unos pocos para llenar sus bolsillos con el sufrimiento ajeno.
Hasta estar tan harto, tan harto, que en la boca solo caben dos palabras en un único grito: ¡BASTA YA¡

Llegaré tarde



Se oye un rítmico puf puf de fantasmas paridos por el culo de un mono soltando pedos, o al menos es lo que se imagina Pedro escuchando de fondo la conferencia telefónica que tiene con los americanos. No soporta ese acento texano similar a la cómica entonación de Aznar. Con la cabeza apoyada en la mano izquierda y mirando por la ventana la mente le vuela por mundos imaginarios.
De fondo sigue ese rítmico puf puf indefinido.
Alguien dice su nombre, entonces reacciona como un rayo y entona un sentido: ”Sorri, cud yu repit?”. Vuelve a sentir los pies en el suelo de sintasol de la oficina mientras contesta a los americanos… y nota la humedad. Se da cuenta de que sus pies chapotean sobre un charco: el puf puf no es otra cosa que la sangre que gotea de la cabeza cortada de su jefa, situada junto a la pantalla del ordenador. Mirá un poco más allá y ve el resto del cuerpo junto a la catana que adornaba la pared de su despacho. Ahora recuerda de nuevo. Pone el mute en el teléfono, coge el móvil y selecciona un número:
­‑Cariño, no me prepares cena, hoy llegaré tarde.