La caja china



Un escarabajo se paseaba por encima de la caja china del siglo II que, cerrada con un anacrónico candado, reposaba bajo el puente rodeada de flores silvestres semiaplastadas. Medio dormido, el detective recién encargado del caso mordisqueaba una manzana mientras miraba sin acertar a comprender como había podido llegar hasta allí aquello, hacía solo unas pocas horas la caja se guardaba en una torre a miles de kilómetros. Un golpe en el hombro derecho le sobresaltó, no había oído llegar a nadie. Al girar la cabeza el miedo se apoderó del policía: un alienígena, plantado allí de pie junto a él, reclamaba la caja para sí.

Aquelarre



Jonas

Él siempre había sido un culo de mal asiento, lo sabía, y ya llevaba demasiado tiempo en Madrid. Se había echado una novia que ahora dormitaba en la cama de la habitación de al lado, pero eso no era algo que fuese a atarlo. De pie y con los ojos cerrados daba vueltas con la mano izquierda a la bola del mundo que tenía en el salón. Usando el dedo índice de su mano derecha como una varita mágica que fuese a decidir su destino paró la bola señalando un lugar. Le gustaba este juego. Siempre que llegaba a una nueva ciudad y se instalaba lo primero que hacía era comprarse una bola del mundo, como recordándose que su tiempo allí era limitado y que un día tendría que irse. Y había llegado su hora.
Abrió los ojos y contempló el destino que su buena estrella había seleccionado para él: Brasil. No era un mal lugar, nunca había estado en Sudamérica, y si no se acordaba mal pronto se celebraría allí el Mundial de Futbol, o las Olimpiadas, o los dos, no estaba seguro. En realidad le daba lo mismo.
En la cocina, dentro del bote Nesquik había guardado el dinero en billetes de quinientos euros para que ocupasen menos. Esa misma mañana había sacado el dinero del banco, dejando casi en blanco la cuenta de la empresa que tenía a medias con su socio; hasta dentro de un par de días Manolo no se daría cuenta. Además le había sacado 1500€ a Ángela como excusa para pagar un par de mensualidades atrasadas del alquiler del piso. No lo necesitaba, pero le parecían muy divertidas ese tipo de jugarretas. Había que ser listo, en tiempos de crisis sólo los fuertes sobreviven. Y él era un superviviente nato.
Tan ensimismado estaba en sus pensamientos que no oyó a Ángela que se acercaba por detrás y, cogiéndolo de la cintura, le dio un beso en el cuello.
–Hoy te has levantado temprano.
Jonas se giró y la miró a los ojos:
–¡Pero si ya son las once de la mañana! ­–Respondió sonriente.
–Ya lo sé tonto, no ves que estoy vestida –Y rodeando su cuello le dio un largo e intenso beso en la boca–. Me tengo que ir, mañana te llamo, que ya sabes que esta noche he quedado con las chicas.
–Sí, tenéis vuestro aquelarre mensual –bromeó–. Bueno, cuídate, que con ese bolso que llevas te vas a partir un día la espalda.
Ella cogió el enorme bolso que llevaba, siempre a la moda; asió con el otro brazo la chaqueta, se ajustó la palestina al cuello, le dijo adiós con la mano y una sonrisa, y cerró la puerta tras de sí.

Ángela

Ángela se desveló cuando todavía era de noche. A su lado Jonas roncaba como un poseso. Mirándolo se imaginó toda una vida aguantando aquello y se le hizo una especie de nudo en el estómago. El chico estaba bien, se notaba que se cuidaba; en la cama tampoco era manco, era divertido… pero algo no encajaba, no sabía qué era, pero había algo. Bueno, no parecía mal tipo, y por darse unas semanas más para ver hacia donde se inclinaba la balanza tampoco se perdía nada.
Se levantó a tomar un vaso de leche caliente, eso siempre la ayudaba a relajarse y volver a conciliar el sueño. Sacó un brik del frigorífico, llenó una taza, la metió en el microondas y, mientras esperaba que se calentase, buscó un poco de Colacao, le gustaban los grumos que dejaba. Pero no encontró más que un maldito bode de Nesquik, ese asqueroso cacao que se disolvía perfectamente. Pitó el microondas y sacó la taza cogiéndola del asa para no quemarse, buscó una cucharilla en un cajón y, al abrir el tarro de Nesquik para servirse el cacao fue cuando vio todos aquellos billetes. Soltó todo y dio un paso atrás como si fuera a explotar, se puso muy nerviosa, anduvo inquieta de aquí para allá en la cocina sin poder ordenar sus pensamientos, miró hacia la habitación, Jonas aún dormía. ¿De dónde había salido todo aquello? ¿Para qué le había pedido los mil quinientos euros si tenía todo aquello allí? Instintivamente cerró el bote y lo colocó en su sitio en la alacena, se sentó en una silla y calentó sus manos alrededor de la taza de leche mientras trataba de aclararse.
¡Menudo cabrón! ¡Bien que se había reído de ella cuando le dio el dinero! Se levantó y volvió a sacar el tarro, y lo colocó abierta en la mesa junto a la taza mientras pensaba qué hacer. Todo aquel dinero dentro parecía una flor a punto de abrirse, con ese color morado haciendo círculos como los pétalos de una rosa.

No fue consciente de cuánto tiempo pasó antes de decidirse a volver a la cama, pero fue incapaz de dormir de nuevo. Lo sintió levantarse y trastear por el salón mientras ella daba vueltas en el colchón intentando encontrar las fuerzas para que no le temblasen las piernas. Cuando al fin se levantó ni se duchó, se maquilló, se cubrió de perfume, se vistió con el pulso acelerado, inspiró profundamente y, a paso de tortuga, como queriendo retrasar lo inevitable, se dirigió hacia el salón.
Allí estaba él, ligeramente de costado, jugando con la bola del mundo, señalando algún lugar de Sudamérica con su dedo. Buscando un destino para huir, pensó. Eso le dio el ánimo para seguir adelante, desplegó la mejor de sus sonrisas y avanzó unos pasos en su dirección…

En cuanto cerró la puerta del piso de Jonas tras de sí salió disparada como una flecha escaleras abajo. Paró al primer taxi que pasó por delante del portal:
–Al aeropuerto por favor. –Indicó en cuanto se hubo sentado.
–¿Terminal? –Preguntó el taxista indiferente mientras activaba el taxímetro.
Tras unos segundos de vacilación recordó a su reciente “ex” junto a la bola del mundo y una enorme sonrisa iluminó su rostro:
–¿De qué terminal salen los vuelos para Brasil? –Preguntó palpando dentro del bolso todo aquél fajo de billetes de quinientos euros.