Iguales



Hoy quisiera contarles la historia de un muchacho triste al que no acompaña la suerte en su deambular por estos nuevos mundos que ha descubierto y colonizado la raza humana. Su nombre es Ícaro y, aunque es originario de la Tierra, esta noche lo tenemos en el planeta Delta a punto de saltar al vacío desde la azotea del edificio del banco DHU, iluminado sólo por la luces del logo, ese ábaco gigante que todo el mundo conoce por los anuncios.  En frente, suspendida en la nada, una holoimagen de una enorme mano abierta con un cronómetro dibujado en su palma inicia una cuenta atrás. Nos quedan menos de treinta segundos. ¿Para qué? ¿Qué hace Ícaro allí arriba? Se preguntarán ustedes. Pues bien, sigan leyendo y les contaré su historia.
Ícaro es un aventurero, siente su corazón latir a un ritmo diferente de la mayoría de los mortales, no puede quedarse parado cuando las cosas van mal, necesita luchar, ir antes de que vengan, no sé si entienden lo que digo. Así marchó para Delta,”más allá de Orión” como rezaba la publicidad, desoyendo consejos y advertencias de padres y amigos: “en los otros planetas todos son ladrones y estafadores, lo sé bien porque…”, “cuando viajas por teletransporte se quedan con tu información molecular para copiarte cuando quieran. Sé de uno al que…”, “todo es publicidad engañosa, nada más poner pie allí te esclavizan, me lo dijo uno que…”.
Como decía, Ícaro se despidió de todos y marchó hacia la agencia de teletransporte Arcoíris con un interrogante sobre su futuro como único equipaje, dispuesto a comprar el primer billete que pudiera confiando en su buena fortuna, esa misma que nunca quiso saber nada de él. Y así acabó en Delta, este planeta monopolio de las grandes compañías que sólo conoce un dueño: el Sr. Dinero.
En cuanto puso pie en el nuevo planeta se prometió a sí mismo volver a la Tierra rico o muerto, pero nunca fracasado. Se sentía emocionado e ilusionado, pero con sueño eso sí, que este tipo de decisiones no le dejan dormir a uno. Así que tras varios trabajos que no le iban a sacar de pobre, acabó en las garras de las mafias de los paracaidistas, jugándose la vida en cada carrera, al margen de la ley… Pero claro, ¡qué cabeza la mía! ¡Ustedes no saben lo que son los paracaidistas! Bueno, sí, saben lo que es un paracaidista en cualquier otro lugar, pero no aquí en Delta. Se lo voy a explicar.
En Delta los areocoches son lo más habitual para el transporte urbano, así que para evitar el caos que producía que cada uno circulase por donde le viniese en gana hubo que regular el tráfico, se establecieron diferentes niveles de circulación, cada uno en un rango de altura. En ciertos lugares de la ciudad estos niveles de tráfico pueden llegar a veinte, figúrense con esto el número de aerocoches que circulan por ellos cada día. Y ahí es donde vieron el negocio de las apuestas clandestinas. Imaginen hombres equipados con trajes G antigravedad saltando desde lo alto de los edificios y cruzando estos niveles en caída libre, esquivando los coches (si pueden), tratando de ser el primero en llegar al suelo, ¿no se les pone la carne de gallina sólo de imaginarlo? Pues estos hombres son los paracaidistas.
Ya desde que era un novato destacó nuestro protagonista en hacer saltos, piruetas y esquivas a los coches. Fue ganando protagonismo y dinero, que estas cosas fuera de la ley siempre se han pagado bien, y llegó a ser el mejor a este lado del planeta. Tuvo cabeza y ahorró, guardó lo ganado. Mientras otros dilapidaban verdaderas fortunas, él sólo pensaba en la vuelta a la Tierra. De esta forma, como una hormiguita, consiguió ahorrar lo suficiente como para volver a casa con la cabeza bien alta.
A punto estaba ya de dejarlo y volver con lo ganado cuando le propusieron la carrera que ningún paracaidista puede rechazar: un duelo. ¿Quién no había oído hablar de CeroG? Ese otro paracaidista de las antípodas, casi imbatible, toda una leyenda viva. Sólo CeroG y él, la carrera que todo el mundo esperaba. La cifra que le ofrecían era astronómica… Y por supuesto aceptó.
Por eso le tenemos ahora ahí arriba a punto de saltar. A su lado, pero oculto a su vista tras una mampara, está CeroG; ambos llevan máscaras para ocultar su verdadera identidad, nadie debe saber quiénes son para evitar problemas, si la policía pilla a alguien cuanto menos sepa mejor. Las apuestas han respondido a la expectación y son las más altas que se recuerdan. La cuenta atrás está a punto de finalizar: cinco… cuatro… tres… dos… uno… ¡Cero!
Caen los dos a la vez con los brazos pegados al cuerpo para evitar la resistencia del aire. Llevan en la palma de la mano un botón para activar la antigravedad en el último momento y evitar estrellarse, y membranas en brazos y piernas para dirigir la caída. A nueve coma ocho metros por segundo el descenso dura menos de treinta eternos segundos, tiempo suficiente para evitar una decena de coches y seguir vivo.
A punto están ya de frenar cuando una paloma impacta sobre el cuerpo de CeroG. Ha tenido mala suerte, a esa velocidad la paloma es como una piedra lanzada por un gigante, aun así le da tiempo a pulsar el botón y caer vivo al suelo.
Ícaro ha llegado antes, ¡Ícaro ha ganado! Ahora solo tiene que esperar a que le recojan y podrá volver a casa con todo el dinero que ha acumulado en estos años de jugarse la vida. Esta vez le ha acompañado la suerte… Pero Ícaro ve a CeroG malherido unos metros más allá y no duda en acercarse por si le puede ayudar. Respira con dificultad, la máscara ayuda a ello, así que Ícaro la levanta y… ¡Se ve a sí mismo agonizando, a punto de morir! ¡Es su rostro el que respira con dificultad, el que le suplica ayuda! Como en un flash pasan por su la cabeza las advertencias de sus amigos sobre el teletransporte y las copias que hacen de los viajeros. ¡Cómo ha podido ser tan iluso, tan inocente! Se levanta aterrorizado y no le da tiempo a nada más. Desde las sombras un fogonazo hace caer a Ícaro al suelo como una marioneta a la que han cortado los hilos, parece decir adiós a la esquiva suerte que simulaba haberle sonreído hasta entonces. Un agujero limpio en su cráneo por el que gotea la sangre da fe del acierto del disparo. El vigilante tiene orden de eliminar a todo aquel que quite la máscara a otro. Sospecha el porqué, pero prefiere no decir nada por si alguien vigila a los vigilantes.

(Publicado en el nº 12 de la revista Token)