El regalo



Había escrito cien veces te quiero en un palillo, con una letra tan minúscula que parecía imposible, sin embargo ahí estaba, legible si uno tenía buena vista. Debía de haberle llevado muchas horas de dedicación y delicado trabajo conseguir aquello, se la veía orgullosa de su obra.
Cuando él consideró aquel regalo como algo estúpido y sin valor y lo arrojó por la ventana con desprecio, tampoco nos pareció tan mala idea lanzarle a él detrás.

La lógica del amor



En realidad esto del amor no tenía ninguna lógica para los demás, sin embargo, él había analizado cientos de casos hasta encontrar la clave que regía el comportamiento amoroso. Solo había que analizar el número de aficiones en común, la apariencia física, el lugar de procedencia, la educación recibida y unas pocas variables más para pronosticar el nacimiento y éxito de cualquier relación sentimental a corto plazo, a largo plazo las cosas podían cambiar mucho. Su porcentaje de éxito era del cien por cien… hasta que apareció ella, sin nada en común con él, pero tan adorable que olvidó las matemáticas para siempre.

El juego secreto

El muñeco fue el primero en cerrar los ojos, la niña se los cerró para que no la viera jugar a su juego secreto. Luego, decidida, se levantó, dibujó una sonrisa inocente en el rostro y se dirigió hacia el hombre encadenado en la pared. Él fue el segundo en cerrar los ojos.

Cenizas

Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad, con cualquier Navidad, cualquiera que no fuese la actual le valía, como la última que pasó con su familia antes de partir, antes de que ocurriese todo aquello, antes de que el tiempo lo consumiera todo dejando solo cenizas.
Al menos las estrellas aún brillaban allá arriba como si nada hubiera pasado, testigos silenciosos del Armagedón. Mientras, en el vacío, la estación espacial giraba inútil alrededor de aquel planeta yermo que antaño fuera su hogar. Solo esperaba la hora de morir, la hora en que con él se extinguiría lo que en otro tiempo se llamó ser humano.

El pavo

Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad. Con un poco de suerte no volverían a comer pavo hasta entonces y él podría vivir un año más.


Empezar de nuevo



El hombre dormido abrió los ojos, se encontraba confundido y hambriento, y tenía frío, sí, mucho frío. La tapa que le cobijaba se abrió con un puffff extraño acompañado de una pequeña nube de vapor que impedía ver más allá. El respaldo se incorporó poco a poco y el lateral izquierdo descendió creando un hueco a través del cual podría levantarse y salir de aquella especie de tortuga en la que se hallaba encerrado.
Sentado en el borde de aquella cápsula y con los pies colgando, las luces de alrededor se  asemejaban a las de un avión de pasajeros en un viaje nocturno, escasas y alineadas como una flecha a lo largo de lo que quiera que fuese aquello. No recordaba dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí, y la exigua iluminación no le permitía aprehender alguna referencia que lo orientase. Un poco más allá algo parecía una manta, lo que le decidió a ponerse en pie y avanzar hacia allí, estaba aterido, necesitaba calor con urgencia.
El contacto del suelo le resultó cálido, agradable, sin embargo, cuando intentó incorporarse las piernas le fallaron, “¿cuánto tiempo habré estado tumbado?” Pensó. Pero el frío interior era demasiado intenso, así que se forzó a caminar. Alcanzó con dificultad el asiento sobre el que descansaba la manta y se dejó caer en él, se arrebujo en la frazada y esperó inmóvil a que el calor fuese cosiéndose a sus huesos. Mientras trató de adivinar dónde se encontraba mirando a su alrededor. Junto a él se encontraba una mesa blanca de un material indefinido, y encima de ella había un libro y un jarrón con una hermosa flor que no llegó a reconocer, poco más.
De repente, al fondo se abrió una puerta y en el contraluz adivinó una figura (¿humana?) Que entró en la sala donde se encontraba.
­—¡Ventanas! —Ordenó una voz femenina dulce como un amanecer en el Paraíso. Y como en un amanecer las paredes fueron abriéndose a la luz del exterior, algo parecido a ventanas parecieron levantar unos enormes párpados para abrir paso a un jardín, verde y hermoso, coronado por una pequeña fuente rodeada de peces de piedra que borboteaban agua a través de sus bocas hacia un vaso central. Tras ella presidía la escena un manzano repleto de unos frutos rojos que parecían gritar cómeme.
Al girarse la mujer y descubrir al hombre allí sentado se dio un susto de muerte que por poco la hace caer. El hombre ni se movió, aún no tenía fuerzas para reaccionar. Ella poco a poco se fue recuperando y a su rostro acudió una sonrisa al tiempo que vagaba la vista entre la cápsula y él.
—¡Con que ya has despertado! Él ya me dijo que lo harías un día de estos.
—¿Él, quién es Él?
—Eso no tiene importancia ahora. Supongo que estarás hambriento —y vio como miraba con deseo aquellas manzanas del árbol—. Olvídate de esas manzanas, tengo un asado en el horno que te vas a chupar los dedos.
Aquella mujer le atraía como un imán, parecía tener un arcoíris en cada ojo que escondía tras de sí un caldero repleto de oro. No sabía por qué, pero sintió que por ella daría la vida si se lo pidiese.
—Anda, arrímate a la mesa y ahora voy con la comida —le dijo con aquella voz cantarina.
Mientras esperaba tomó en sus manos el libro que había junto a la flor, “Derechos y Obligaciones” rezaba el título; pasó la página y se encontró con un dibujo que recordaba mucho a aquel árbol del jardín, pero aquel árbol tenía superpuesto un transparente círculo rojo cruzado por una banda blanca horizontal. No le extrañó que entendiese el idioma, sin embargo sí se preguntó sobre qué tendría derechos y sobre qué obligaciones. No le dio tiempo a nada más porque enseguida apareció la mujer con una bandeja sobre la que descansaba un plato con un guiso que olía a gloria y otro repleto de fruta variada en trozos. Dio cuenta de todo aquello con un ansia de la que no había sido consciente.
Cuando terminó cayó en la cuenta de que no sabía el nombre de aquella mujer.
—¿Cómo te llamas? —Preguntó.
Por toda respuesta ella le enseñó su antebrazo derecho, en el que pudo leer la palabra Eva. Entonces miró el suyo, donde aparecía el nombre de Adán y, de repente, fue consciente de que ambos estaban desnudos. Levantó la vista hacia el manzano que reinaba en el jardín y todo aquello le resultó vagamente familiar.
Mientras, un ojo vigilaba todo lo que allí pasaba con sumo interés.

El niño y el escarabajo



Sonó un móvil en el bar y Nacho dirigió hacia allí su mirada, un hombre al otro extremo del bar sacó el teléfono del bolsillo y, tras mirar la pantalla, contestó con un neutro: “Hola cariño”. Sin embargo, lo que más le llamó la atención no fue la conversación que mantenía aquel hombre acodado en la barra, sino el escarabajo que le subía por el zapato, no podía dejar de mirar cómo el animal trepaba por el pie hasta llegar al pantalón haciendo unas eses extrañas, como si fuera uno de esos novatos que llevan la “L” en el parabrisas trasero del coche.
Juno a él su padre se había quedado dormido, llevaba varios días llegando a casa después de que todos habían cenado, la crisis decían él y mamá. Nacho no tenía muy claro que era la crisis, pero sí que papá estaba muy cansado, así que decidió no molestarle y juntó sus manos como si fuera uno de esos ojos de cerradura que aparecían en los cuentos y en las películas en blanco y negro, guiñó el ojo derecho y concentró la  mirada del otro ojo en el escarabajo. Este había ascendido hasta el hombro y ahora usaba el brazo como puente para llegar hasta la barra donde descansaban las bebidas de los parroquianos.
Nacho se sentía hipnotizado por aquel bicho, se preguntaba si había algo que guiará sus pasos, ¿pensaban los escarabajos, dormían, soñaban, iban a algún sitio en concreto? Quiso suponer que sí, así que se imaginó a sí mismo como un pequeño escarabajo que entraba en su clase sin ser visto y que avanzaba esquivando con cuidado las pisadas de los niños con un objetivo: llegar hasta Sari, la pija presumida; una vez a sus pies treparía desde allí hasta la cara para darle un susto de muerte. Esta idea dibujó en su rostro una enorme sonrisa pícara.
El ruido de un avión que pasaba cerca le saco de sus ensoñaciones y despertó a su padre.
—¡Ummm! —Se desperezó— Me he quedado dormido. Anda Nachete, levántate que nos vamos a casa.
Mientras el padre hablaba con el camarero en la barra Nacho le tiraba de la chaqueta.
—­¡Estate quieto Nachete que tengo que pagar! —Le dijo el padre incómodo por los tirones
—¡Es que quiero enseñarte algo papá! —Protestó Nacho impaciente.
—Vale, vale, pero espera que termine. —Cuando por fin le dio el dinero al camarero continuó de forma automática—. A ver, dime que es.
El chaval, subido al taburete y entusiasmado por mostrar su gran descubrimiento, señaló con el dedo al pequeño animal mientras gritaba:
—¡Mira papá en el plato de las aceitunas hay un escarabajo!
Ante el grito, el padre y medio bar giraron la cabeza hacia el plato de las aceitunas para comprobar como una enorme cucaracha negra corría por la barra zigzagueando entre las bebidas y aperitivos mientras trataba de ocultarse antes de que alguien la aplastase.