El niño y el escarabajo



Sonó un móvil en el bar y Nacho dirigió hacia allí su mirada, un hombre al otro extremo del bar sacó el teléfono del bolsillo y, tras mirar la pantalla, contestó con un neutro: “Hola cariño”. Sin embargo, lo que más le llamó la atención no fue la conversación que mantenía aquel hombre acodado en la barra, sino el escarabajo que le subía por el zapato, no podía dejar de mirar cómo el animal trepaba por el pie hasta llegar al pantalón haciendo unas eses extrañas, como si fuera uno de esos novatos que llevan la “L” en el parabrisas trasero del coche.
Juno a él su padre se había quedado dormido, llevaba varios días llegando a casa después de que todos habían cenado, la crisis decían él y mamá. Nacho no tenía muy claro que era la crisis, pero sí que papá estaba muy cansado, así que decidió no molestarle y juntó sus manos como si fuera uno de esos ojos de cerradura que aparecían en los cuentos y en las películas en blanco y negro, guiñó el ojo derecho y concentró la  mirada del otro ojo en el escarabajo. Este había ascendido hasta el hombro y ahora usaba el brazo como puente para llegar hasta la barra donde descansaban las bebidas de los parroquianos.
Nacho se sentía hipnotizado por aquel bicho, se preguntaba si había algo que guiará sus pasos, ¿pensaban los escarabajos, dormían, soñaban, iban a algún sitio en concreto? Quiso suponer que sí, así que se imaginó a sí mismo como un pequeño escarabajo que entraba en su clase sin ser visto y que avanzaba esquivando con cuidado las pisadas de los niños con un objetivo: llegar hasta Sari, la pija presumida; una vez a sus pies treparía desde allí hasta la cara para darle un susto de muerte. Esta idea dibujó en su rostro una enorme sonrisa pícara.
El ruido de un avión que pasaba cerca le saco de sus ensoñaciones y despertó a su padre.
—¡Ummm! —Se desperezó— Me he quedado dormido. Anda Nachete, levántate que nos vamos a casa.
Mientras el padre hablaba con el camarero en la barra Nacho le tiraba de la chaqueta.
—­¡Estate quieto Nachete que tengo que pagar! —Le dijo el padre incómodo por los tirones
—¡Es que quiero enseñarte algo papá! —Protestó Nacho impaciente.
—Vale, vale, pero espera que termine. —Cuando por fin le dio el dinero al camarero continuó de forma automática—. A ver, dime que es.
El chaval, subido al taburete y entusiasmado por mostrar su gran descubrimiento, señaló con el dedo al pequeño animal mientras gritaba:
—¡Mira papá en el plato de las aceitunas hay un escarabajo!
Ante el grito, el padre y medio bar giraron la cabeza hacia el plato de las aceitunas para comprobar como una enorme cucaracha negra corría por la barra zigzagueando entre las bebidas y aperitivos mientras trataba de ocultarse antes de que alguien la aplastase.

1 comentario:

Alís dijo...

Guácala!! Qué tierna es la mirada de los niños, que puede convertir una cucaracha en un bar en una aventura con la que entretenerse un buen rato.
De todos modos, deberías decir el nombre del bar para no pedir ahí una tapa de aceitunas.
Muy bueno el relato

Un abrazo