Empezar de nuevo



El hombre dormido abrió los ojos, se encontraba confundido y hambriento, y tenía frío, sí, mucho frío. La tapa que le cobijaba se abrió con un puffff extraño acompañado de una pequeña nube de vapor que impedía ver más allá. El respaldo se incorporó poco a poco y el lateral izquierdo descendió creando un hueco a través del cual podría levantarse y salir de aquella especie de tortuga en la que se hallaba encerrado.
Sentado en el borde de aquella cápsula y con los pies colgando, las luces de alrededor se  asemejaban a las de un avión de pasajeros en un viaje nocturno, escasas y alineadas como una flecha a lo largo de lo que quiera que fuese aquello. No recordaba dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí, y la exigua iluminación no le permitía aprehender alguna referencia que lo orientase. Un poco más allá algo parecía una manta, lo que le decidió a ponerse en pie y avanzar hacia allí, estaba aterido, necesitaba calor con urgencia.
El contacto del suelo le resultó cálido, agradable, sin embargo, cuando intentó incorporarse las piernas le fallaron, “¿cuánto tiempo habré estado tumbado?” Pensó. Pero el frío interior era demasiado intenso, así que se forzó a caminar. Alcanzó con dificultad el asiento sobre el que descansaba la manta y se dejó caer en él, se arrebujo en la frazada y esperó inmóvil a que el calor fuese cosiéndose a sus huesos. Mientras trató de adivinar dónde se encontraba mirando a su alrededor. Junto a él se encontraba una mesa blanca de un material indefinido, y encima de ella había un libro y un jarrón con una hermosa flor que no llegó a reconocer, poco más.
De repente, al fondo se abrió una puerta y en el contraluz adivinó una figura (¿humana?) Que entró en la sala donde se encontraba.
­—¡Ventanas! —Ordenó una voz femenina dulce como un amanecer en el Paraíso. Y como en un amanecer las paredes fueron abriéndose a la luz del exterior, algo parecido a ventanas parecieron levantar unos enormes párpados para abrir paso a un jardín, verde y hermoso, coronado por una pequeña fuente rodeada de peces de piedra que borboteaban agua a través de sus bocas hacia un vaso central. Tras ella presidía la escena un manzano repleto de unos frutos rojos que parecían gritar cómeme.
Al girarse la mujer y descubrir al hombre allí sentado se dio un susto de muerte que por poco la hace caer. El hombre ni se movió, aún no tenía fuerzas para reaccionar. Ella poco a poco se fue recuperando y a su rostro acudió una sonrisa al tiempo que vagaba la vista entre la cápsula y él.
—¡Con que ya has despertado! Él ya me dijo que lo harías un día de estos.
—¿Él, quién es Él?
—Eso no tiene importancia ahora. Supongo que estarás hambriento —y vio como miraba con deseo aquellas manzanas del árbol—. Olvídate de esas manzanas, tengo un asado en el horno que te vas a chupar los dedos.
Aquella mujer le atraía como un imán, parecía tener un arcoíris en cada ojo que escondía tras de sí un caldero repleto de oro. No sabía por qué, pero sintió que por ella daría la vida si se lo pidiese.
—Anda, arrímate a la mesa y ahora voy con la comida —le dijo con aquella voz cantarina.
Mientras esperaba tomó en sus manos el libro que había junto a la flor, “Derechos y Obligaciones” rezaba el título; pasó la página y se encontró con un dibujo que recordaba mucho a aquel árbol del jardín, pero aquel árbol tenía superpuesto un transparente círculo rojo cruzado por una banda blanca horizontal. No le extrañó que entendiese el idioma, sin embargo sí se preguntó sobre qué tendría derechos y sobre qué obligaciones. No le dio tiempo a nada más porque enseguida apareció la mujer con una bandeja sobre la que descansaba un plato con un guiso que olía a gloria y otro repleto de fruta variada en trozos. Dio cuenta de todo aquello con un ansia de la que no había sido consciente.
Cuando terminó cayó en la cuenta de que no sabía el nombre de aquella mujer.
—¿Cómo te llamas? —Preguntó.
Por toda respuesta ella le enseñó su antebrazo derecho, en el que pudo leer la palabra Eva. Entonces miró el suyo, donde aparecía el nombre de Adán y, de repente, fue consciente de que ambos estaban desnudos. Levantó la vista hacia el manzano que reinaba en el jardín y todo aquello le resultó vagamente familiar.
Mientras, un ojo vigilaba todo lo que allí pasaba con sumo interés.

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