Mañana será otro día




Vuelven a dejarlos debajo de sus camas, cada noche, después de la última campanada que marca el fin del día. Las lecciones de la guardería no se olvidan: a guardar, a guardar, que mañana hay que jugar. Todo limpio y ordenado, guardan sus juguetes en cajas bajo las camas. Siempre todo limpio y ordenado, afilan los juguetes y les limpian la sangre, no dejan ni rastro, que mañana hay que jugar.

Solo silencio



Salen sigilosamente de las habitaciones de sus hijos, susurran, sisean o silban soniquetes desveladores de sensaciones sigilosas, sugerentes, descubridoras de secretos soterrados por las ondas del silencio. Secretos que son descubiertos y extraídos de sus escondites mientras las escasas luces trastean con las motas que sestean entre los rayos del satélite lechoso que señorea entre las estrellas. Hadas y duendes saltan y sonríen señalando sus posesiones entre las ensoñaciones de los durmientes, que sonríen suaves y silenciosos mientras los padres se sienten felices sabiendo que sus hijos solo soñarán imágenes extraídas de las profundas simas de los sentimientos cuidados durante años y, en estos instantes, compartidos.

El beso

Ya nada sería igual, después de aquel beso el mundo cambió para los dos.


Superpoder



A nadie se le ocurrirá que solo quiso volar, como antes del accidente que acabó con su más preciado don, ese que mantenía en secreto para no ser vista como un bicho raro, ese que le permitía volar como un pájaro, a escondidas, mientras todos dormían.
Los médicos dijeron que había salido prácticamente ilesa, pero aquel fatídico percance, por alguna razón ignota, le cortó las invisibles alas y la ancló al suelo como al resto de los mortales.
Por eso ahora su cuerpo yace aplastado en la acera, porque saltó como siempre, sin dudar, ignorante de que ya no podía hacerlo.

Libre



Le faltarán, al menos, un par de centímetros para alcanzar la barra del trapecio, por lo que caerá al vacío con el corazón latiendo acelerado… Pero aún no lo sabe.
Poco antes Matilde, su novia de toda la vida, le pedirá matrimonio, y él la rechazará esgrimiendo como excusa sus ansias de volar y vivir sin ataduras.
Si no la hubiera rechazado ella no habría acortado unos centímetros las cuerdas del trapecio, ni tampoco habría soltado el cable de seguridad.
Y todo por complacerle, por verle volar libre y sin ataduras.

Contacto



No creo que pueda pedirse mucho más para ser un lunes por la tarde, pensó el presidente de los Estados Unidos contemplando el cielo repleto de naves alienígenas.